Augusto me agradaba. Algo misterioso emanaba de su persona. ¿Sería casado? Sus ojos oscuros reían más que su boca cuando lo negó. Sus manos finas, de artista, me exhibieron el documento de identidad con la seguridad y la suficiencia de quien sabe que no está mintiendo.
Cuando me invitó a conocer su departamento acepté con agrado. Nos sentamos un rato y charlamos. En realidad, conversamos muy poco. Cruzadas las primeras palabras, nos abrazamos y nos besamos por primera vez.
Esa noche lo noté diferente. Sus manos estaban calientes. Acariciaron mi cuello produciéndome cosquillas. Bajaron con suavidad hasta mi blusa. Desprendió los botones uno a uno, sin prisas, con delicadeza. Me acarició un seno mientras seguía besándome. De pronto, me miró a los ojos y susurró:
–Te quiero.
–Yo también –respondí.
Y eso fue todo.
Me dejó con la blusa desprendida y un seno fuera de la taza del corpiño.
Me llevó a conocer sus pinturas. Estaban en una habitación contigua a la salita. Era pequeña y olía a aguarrás, a óleos y a trementina. Había varios cuadros a medio terminar en atriles y caballetes. La mayoría, de colores brillantes y estilo surrealista. Sobre la pared del fondo, más de diez desnudos que parecían haber sido pintados a partir de una misma mujer como modelo; ciertos rasgos se repetían: el cabello encaracolado, el cutis de la tonalidad de la canela; grandes ojos, labios carnosos y plenos y una nariz muy pequeña para el contexto general del rostro.
Se la veía –y la imaginé– sensual. Muy sensual.
Sentí la punzada artera de los celos y no pude evitar preguntar:
–¿Quién es?
–¿Ella? –preguntó, como si pudiera leer en mi cabeza como en un libro abierto y adivinar que los celos me corroían–. No es de carne y hueso. No existe.
–¿Cuándo harás mi retrato? –primer aguijonazo. Así reaccionamos las mujeres ante ciertos estímulos.
–Cuando quieras, ya te lo dije –dijo, tan tranquilo.
–¿Qué te parece el sábado? –segundo dardo. La mayor parte de las veces no podemos detenernos.
–Me parece bien. Ven aquí –me atrajo hacía sí, me besó con dulzura y, con la paciencia y el cuidado de quien comprende la esencia de las situaciones y el amasijo de sentimientos que a veces nos ganan, dijo:
–De veras te amo. Créeme –leí en sus ojos oscuros que no mentía. –No quiero perderte –me abrazó sin reparos, con el cuerpo temblando de emoción y entonces, por primera vez, la mencionó.
–Si aceptas a Canela, sé que seremos felices.
–¿Canela? –nuevamente los celos aguijoneándome–. ¿Quién es Canela?
Carraspeó. Me abrazó con fuerza, tanta que me pareció sentir que crujían mis huesos.
–Más tarde lo sabrás –dijo. Sus ojos escrutadores me taladraron. –No estás lista aún para comprenderlo.
Haber conocido a Luisa fue lo mejor que me ocurrió en estos años. Era bella, inteligente, culta, independiente. Sé que me deseaba y que anhelaba hacer el amor conmigo, franquearme su cuerpo y estaba seguro de que se estaría preguntaba por qué yo no tomaba la iniciativa. Pero no podía hablarle de Canela. Por lo menos no así, sin aviso previo. Todo a su tiempo. Y es que sin ella, sin Canela, me sentía un fracasado. Necesitaba que Luisa la aceptara.
Y es que con Canela teníamos una historia. Fueron siete años con ella. Intenté con otras mujeres ¡Vaya si lo intenté! Sólo conseguí fracaso tras fracaso y cada vez, mayor decepción.
Claro que Canela no podría darme muchas cosas que yo anhelaba para mi vida. Quería una familia, hijos, una mujer que fuera mi esposa, mi compañera.
La semana pasada le confesé mi amor a Luisa. La vi tan hermosa, tan tierna y deseable, que la besé, la acaricié y hasta le desprendí la blusa, mirando esos senos plenos, erguidos, desafiantes rematados en esas fresas que tiene por pezones. Ella quería que yo siguiera –claro está–, se dejó hacer y había tomado la decisión de seguir hasta el final. Pero yo no pude continuar.
¿Cómo decirle que, para poseerla, también necesitaba a Canela? Con la comprensión llega la aceptación, se dice. Pero ¿comprendería y aceptaría que Canela estuviera siempre con nosotros?
Luisa fue la primera mujer que me hizo pensar en dejar a Canela, pero ¿qué sería de mí sin ella, después de todo lo que había vivido a su lado?
Pensé que Augusto amaba a otra mujer. ¿Sería la bella modelo que vi en las pinturas al óleo? Parecía sensual, provocativa y lujuriosa. Una rival difícil de vencer. Claro que como seguía dudando acerca de su virilidad, y me las quería sacar, lo cité para que pudiéramos estar a solas, para salir de dudas.
Llegó a la hora indicada. Me entregó la botella de vino blanco y un enorme ramo de rosas rojas con una sonrisa.
–¿Qué cenaremos? –preguntó.
–¿Qué te parece si te ceno a ti? –fui directo al grano.
Lo llevé a la sala. Luz amortiguada e indirecta; una vela roja encendida sobre la mesita ratona: lo que me había propuesto que le diera al ambiente un toque íntimo. La música que había elegido fluctuó, perezosa, en las penumbras de la habitación.
Decidida a tomar la iniciativa, le desprendí la camisa y lo besé en el pecho, en el cuello y en el torso desnudo. Tenía buen físico, mi pintor. Músculos fuertes, bien formados.
Cuando llegué a sus pantalones se removió inquieto.
–No, por favor, no sigas –su voz sonó trémula.
–¿Eres gay? –dispuesta a sacarme las dudas, no vacilé en hacer la pregunta.
–No, no lo soy.
–¿Entonces?
–Luisa, te amo. Te lo explicaré todo. Pero no será hoy.
–¿Se trata de la mujer que retrataste, verdad?
Vaciló. Era evidente que había dado en el punto. Caviló uno instante, dio un respingo y me miró a los ojos. Los ojos de un ser humano son el espejo del alma, y en esos ojos no había nada oculto ni velado.
–Sí, se trata de ella –dijo.
–¿La amas?
–No. Sólo te amo a ti.
–¿Es tu esposa? –pregunté–. ¿Tu amante?
–Ella no es nadie pero no puedo dejarla –me contestó. Curioso es que le creí.
No obstante le dije que se fuera –literalmente lo eché–, para que no me viera llorar.
Pero sé que las vio.
Odiaba a Canela, pero no podía dejar de hacerle el amor. Ella era inocente. Sólo podía darme placer... una y otra vez.
Pero Luisa estaba en mi vida y la había perdido. Como a todas las demás. Besé con rabia la boca de Canela, le cerré los ojos, le arañé el rostro. Ella, como siempre, se dejaba hacer sin decir ni una palabra.
No podía destruirla. Lo había intentado muchas veces pero siempre ella había vencido. Sonreía, fría, y seguía allí, con su actitud lujuriosa, recostada en mi cama.
Sin fuerzas me levanté de su lado. Debía convencer a Luisa a que me compartiera con Canela.
Luisa me había invitado a cenar y sería una excelente oportunidad para decirle la verdad. Decidí llevarle las rosas rojas que le gustaban y una botella de vino.
Estaba hermosa. Su mirada era tan sensual como la de Canela. Me besó con pasión y tomó la iniciativa. Yo la dejé. Me entregué a su deseo. Me arrepentí por breves instantes de las dos veces que gocé con Canela antes de que llegara..Por eso es que Luisa no logró conmoverme. Detuve todo antes que descubriera mi fracaso. Leí la desilusión en sus ojos y me sentí muy mal.
Quiso saber la verdad pero me faltó el valor para contarle todo. Quizás lo haga mañana. Quién sabe... podría aceptar vivir conmigo y con Canela. Tenía que correr el riesgo. Quien no arriesga no gana.
¿Valdría la pena oír de nuevo a Augusto? Cuando me llamó por teléfono para pedirme que fuera a su departamento, percibí la ansiedad en su voz. Acepté porque en ese momento la curiosidad fue más fuerte que los sentimientos. Le contesté que sí, que iría a su casa. Pero dejé bien en claro que sería la última vez que hablaría con él.
Esa noche acudí a la cita sin siquiera maquillarme. Estaba casi segura que era gay o impotente. ¿Lo estaba? ¿O en verdad era esa Canela? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué no podría dejarla? ¿,Qué misterio escondía esa joven que yo sólo conocía por sus retratos?
Así que cuando toqué el timbre de la puerta, casi no podía controlar la curiosidad y la excitación que me provocaba. Me temblaban las manos.

Tomé la decisión. Hoy Luisa conocerá a Canela.
La idea me excita y me atemoriza al mismo tiempo. ¿Para qué negarlo?
Llegó con un retraso de veinte minutos en los que morí mil veces.
Estaba mal vestida y de malhumor. Quise besarla pero esquivó el rostro. Dijo que sólo quería oír la verdad y que fuera breve.
–Te haré una pregunta, dime la verdad y lo sabrás todo. La pregunta: ¿Me amas?
Dudó unos instantes y con voz baja respondió que sí.
–Si me amas, querrás hacer el amor conmigo, verdad?
“Sí. Pero tú no puedes” –contestó, apesadumbrada.
–Veremos –dije y la besé. Ella respondió al beso, con desgana. A medida que la acariciaba, se fue relajando. Le saqué las ropas y la tuve allí, desnuda y vulnerable, por primera vez. No era perfecta como Canela, pero tenía buenas piernas y grandes senos firmes, como a mí me gustaban.
Cuando apagué la luz, ella dijo: “Me gusta con la luz encendida”.
–Espera un momento.
Era mi oportunidad. Tardé menos de un minuto en traer a Canela a la cama.
Cuando encendí la luz quedaron frente a frente. Luisa miró a Canela con sorpresa, casi perpleja. En un instante cambió su actitud. De la perplejidad al enojo. Airada, quiso gritar. Pero se lo impedí. Con una mano sobre su boca, le dije al oído:
–¡Shhhh! Tócame. ¿Decías que era impotente? Mira, así estaré siempre para ti cuando Canela esté con nosotros –un instante después sentí sus dedos suaves, apoderarse de mi sexo henchido.
Luisa me comprendió y fue inteligente. Admito que al principio me molestaron algo sus risas, cuando lo supo todo, pero eso no impidió que la amase por quinta vez esa noche.
Augusto llegará tarde del trabajo. Después de dar el biberón al bebé se durmió con una sonrisa satisfecha. Lo dejé en su moisés y fui a mi dormitorio.
Miré con ansiedad el placard. Sabía que algún día cedería a la tentación. Y ese día me pareció perfecto. Quizás porque afuera llovía y siempre me había excitado el repiqueteo del agua sobre el tejado. Más de un año con el deseo reprimido de poseer a Canela, para mí sola. Sin que esté Augusto. El deseo de acariciarle los senos, deslizar mis dedos por aquella cintura perfecta. De modo que le puse su mejor lencería y la acosté en la cama. Unos segundos después que la electricidad recorrió sus partes se puso primero cálida y después definitivamente se volvió caliente. Muy caliente. Mucho más que yo.
Canela, la de los rulos suaves y sensuales que invitaban a tocarlos y acariciarlos. Labios gruesos y carnosos, que se adherían a la boca y la succionaban con frenesí. Piernas perfectas, senos erguidos y redondos, una obra de arte del mejor látex, la réplica de la más hermosa hembra de goma suave y perfumada.
La toqué y acaricié con el mismo ardor con que lo hacía Augusto antes de amarme.
Y con el sudor corriendo por la espalda, Canela fue mía por primera vez.
El día que nació el bebé fui el hombre más feliz de la tierra. Superé el temor que Luisa destruyera a Canela. Ese temor se acrecentó durante su embarazo. Pero desde un tiempo a esta parte, ni siquiera la nombra.
Lo malo es que después de nacer el bebé se volvió fría conmigo. Hasta pensé en otro hombre.
El detective que contraté (sí, llegué a tal punto) aseguró que no había nadie. Ni siquiera salía de casa, excepto para ir al supermercado o hacer las cosas cotidianas en la calle.
Espero que cuando el bebé crezca, todo vuelva a la normalidad.
Por fin Augusto salió para su trabajo. Dijo que extrañaba mi calor de otros tiempos. Le prometí que a la noche lo resarciría. Que confiara en mí. Lo iba a compensar por ese momentáneo dejarlo de lado. Y lo iba a compensar con creces.
Ni siquiera pude esperar que el auto diera la vuelta en la esquina y desapareciera de mi vista para sacar a Canela del placard.
Ella me esperaba sensual como siempre para darme el placer que sólo ella despertaba en mi cuerpo.
Y no la hice esperar.
© 2006 by Lucía Scosceria
Nota: Nuestra nueva amiga y colaboradora, Lucía, vuelve a enviarnos un cuento para publicar y cumplimos en rectificar su apellido, puesto que por una confusión en el anterior cuento, se deslizó un error. Rectificatum est, entonces.