Colección Voyeur

Jueves 28 de Septiembre de 2006
Frutillas

Después de la última contracción de mi vientre, relajé las piernas y mi corazón recuperó su ritmo normal. El suyo seguía fuera de control. Los latidos se sentían fuertes y rítmicos en su pecho empapado por el sudor.
Abrí los ojos y se prendieron de los suyos al instante. Reímos. Siempre reíamos después de gozar.
Un estremecimiento nos sacudió el cuerpo caliente. Ese invierno se sentía más el frío en la habitación en la que nos refugiábamos para hacer el amor. Nos tapamos con una frazada vieja y quedamos abrazados. Nos besábamos y reíamos, felices, por el simple e inmenso placer de estar juntos.
Nos dio hambre. Después del sexo, por lo general nos despierta el hambre.
Las frutillas que habíamos comprado a un vendedor ambulante por la calle estaban aún dentro de la cesta en que las habíamos traído. Me atreví a desafiar el frío, me levanté desnuda y las lavé en el baño. Las dejé en la mesa de luz y me zambullí en la cama junto a él, tiritando. Sólo de levantarme desnuda, se me había enfriado el cuerpo. Pegar mi piel a la suya, cálida y envolvente, me llenó de gozo. Me estremecí y solté una carcajada.
–Estás helada–dijo y me abrazó y tocó con esas manos tibias, suaves y sabias que tiene.
Me castañeteaban los dientes. Estornudé. No quería enfermarme, de manera que estiré la mano hasta encontrar las camisetas de ambos, hechas un bollo en la cama. Él me ayudó a ponérmela y yo le puse la suya.
También encontró mis medias y me las puso despacio, acariciándome el tobillo mientras lo hacía.
Tomé la cesta con las frutillas y le pregunté si quería alguna.

–Sí –respondió y su hermosa sonrisa iluminó la habitación.
Elegí la más madura y grande y se la puse en la boca. Él la mordió sin dejar de mirarme. Leí sus pensamientos. Supe que estaba evocando todo lo que habíamos hecho al amarnos durante horas, momentos antes. De sólo mirarlo, me estremecí.
Me besó con los ojos abiertos, por única respuesta. Su lengua me pasó la frutilla que le había dado, más dulce aún con la saliva.
La tragué y él tomó otra del canastito y la acercó a mi boca .Comí la mitad y la que sobró se la llevó a la boca y me la pasó con la lengua en un beso dulce y voluptuoso. Después me tomó la mano y la besó y me dijo que me amaba.
Afuera, la noche había llegado de golpe, como suele hacerlo en invierno. Se encendieron las luces de la calle y de las casas y empezaron a apagarse las voces y los ruidos.
Adentro, el calor de nuestra piel y esa felicidad absurda de saber que todo está bien por el solo hecho de estar juntos, era lo único que interesaba.
Antes de dormir, pensé que era fácil ser feliz: alguien a quién querer y ser correspondida y –tal vez, como complemento–, un puñado de frutillas.

© by Lucía Scosceria

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

Respuestas
28 Septiembre 2006 - 15:08
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hace tiempo que tengo tu ligue en mis favoritos, pero despues de leer muchas veces tus posts, que me gustan, hoy te comento, estoy de acuerdo con tigo, el sexo es lo mas hermoso del mundo y no se debe esconder lo, compartir experiencias eróticas anima a todos, tambien a los que lo níegan. un abrazo

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