Necesitada de sexo después de divorcio,
inicié una relación muy intensa, pero que
me hace sentir una perfecta depravada
A mis cuarenta y cuatro años, hago todo lo que sea necesario para seguir manteniéndome en forma. Estoy acostumbrada a las dietas y al gimnasio. Aunque mi cabello rubio ya necesita tintura, me considero atractiva. Mantengo firmes los pechos y duro mi trasero. Pues bien, la cuestión es que después de divorciarme de mi marido, pasé casi un año reponiéndome. Durante todo ese tiempo no estuve con ningún hombre, y la verdad que más pasa el tiempo, más me doy cuenta que necesito del sexo tanto como comer y dormir. Hasta hace poco, cuando ocurrió algo que me cambió la vida.
Un sábado María y Fernando, un matrimonio amigo de edad algo mayor, me invitaron a cenar. Ya sabéis cómo va la cosa con el tema del divorcio y el reparto de bienes. Los amigos mutuos también entran en el reparto. En este caso, María y Fernando siguieron la amistad conmigo y se distanciaron de mi ex marido.
Ambos pasan la cincuentena y llevan casi treinta años juntos y mantenemos una amistad que ya pasa los quince años.
Pues bueno, María me había llamado por teléfono para interesarse por mí y debió haber considerado que era tiempo que terminara con mi aislamiento, así que me conminó –más que invitarme– a que saliera con ellos esa noche.
Fernando eligió un restaurante muy elegante, de esos en los que para cada momento hay un lugar adecuado. Barra para los tragos, el salón comedor, una salita para el café y los cigarros y hasta una disco que se había puesto de moda entre los jóvenes.
Así que después de la cena, decidieron que quizás una forma apropiada de cerrar la noche del sábado era tomarnos una copa en la disco.
–Hasta puede ser posible que liguen algo, señoras –había bromeado Fernando, mientras íbamos riéndonos por la ocurrencia. Un matrimonio en la cincuentena, con una amiga que pasa los cuarenta en una disco para chavales. ¡Menuda juerga!
Hacía tiempo que no entraba a una disco. Adentro, después de un rato de acostumbrar los ojos a la penumbra y al centelleo de las luces giratorias, nos encontramos con Tomás, el hijo de María y Fernando.
Tomás tiene saludables veinticinco años, practica todo tipo de deportes y artes marciales, de modo que tiene un cuerpo de fábula.
Me llamó la atención el hecho que estuviera serio y taciturno.
–Apuesto que debe haber reñido con la novia de esta semana –me susurró María al oído.
Efectivamente, no estaba de humor y no creo que estuviese entre sus planes pasarse una noche de juerga conversando con tres adultos. Pero de todos modos se acomodó en nuestra mesa, y al poco rato entre los tres conseguimos que empezara a sonreír. Entre el vino de la cena, el cavas que sirvieron sobre el final y el escocés que había pedido Fernando, yo estaba un poco achispada. Y cuando me da la vena, suelo ser divertida, así que después de algunas bromas y comentarios ingeniosos, conseguí que soltara una carcajada.
–¡Vaya! Resultó que eres divertida –me dijo.
–Es mi primera noche de juerga. Espera ver cuando me acostumbre –contesté, con mi mejor despliegue de seducción y sin ser muy consciente de lo que estaba haciendo con el hijo de mis amigos.
Acto seguido acercó su boca a mi oído y lo primero que percibí fue su aliento cálido. Me estremecí. Me corrió un escalofrío por todo el cuerpo.
–¿Quieres que bailemos? –con sus labios casi en mi oreja, para hacerse oír. En algún momento de la historia se decidió que en las disco la música debía alcanzar suficientes decibeles como para provocar sordera.
–¡Hace mucho tiempo que no bailo! –casi grité para hacerme escuchar.
O no escuchó mi respuesta o le importó un bledo, porque me tomó de la mano y me obligó a incorporarme.
Lo seguí, divertida y feliz como hacía mucho que no me sentía.
Esa noche me había puesto un vestido negro escotado y con la espalda muy cavada, sostenido por dos finas tiras, y bastante corto. Me gustan las minis y sé que tengo buenas piernas como para usarlas. Sentía que me veía muy bien y poco me importó lo que pensaran todos aquellos que me mirasen bailando con alguien mucho más joven que yo.
Bailamos varias piezas, y en varias oportunidades rozaba mi cuerpo contra el de Tomás. Al cabo de un rato, María se acercó y me dijo que era hora de marcharnos, porque Fernando y ella estaban cansados y no toleraban más la música.
Estuve a punto de marcharme con ellos, cuando Tomás dijo:
–Oye, mamá, no seas aguafiestas ¿quieres? Si Sofía acepta, nos quedamos un rato más y después yo la acompaño hasta su casa.
–Si ella quiere, por nosotros no hay problemas –dijo mi amiga.
Por supuesto que yo acepté encantada. Necesitaba divertirme. Lo estaba pasando de maravillas, hacía mucho tiempo que no bailaba –cómo me gustaba bailar en otros tiempos–, y no veía nada de malo en quedarme.
Así fue que seguimos juntos toda la noche y cuando el local estaba a punto de cerrar, salimos y terminamos esa madrugada tomando el desayuno en un bar muy acogedor, conversando de esto y de aquello.
El sol ya asomaba entre los edificios cuando Tomás se ofreció a llevarme en su auto hasta mi departamento.
Cuando llegamos, antes de despedirnos en la puerta, Tomás me agradeció todo lo que había hecho por él, que esa noche había estado sintiéndose muy mal de ánimo, y mi compañía lo había ayudado a salir de aquella sensación de soledad y postración.
–Nada, que tú también me ayudaste a mí –le dije, y lo acaricié en el rostro.
Me miró fijo a los ojos y no pude sostenerle la mirada.
–No te sucede sólo a ti. Yo también estoy sola y tu compañía...
No me dejó terminar.
Ahora era él quien no me quitaba los ojos de encima. En el instante siguiente, me estaba besando en la boca.
Y no lo rechacé. Muy por el contrario, me abandoné y dejé que sus labios jugaran con los míos y que su lengua forzara la barrera de mis dientes. Respondí la suave caricia con la mía.
¡Vaya con el chaval! Sí que sabía besar como un hombre.

En ese momento pensé que era hijo de un matrimonio amigo, y si he de ser sincera, no me importó. No me importó eso ni la diferencia de edad, ni lo que podían pensar de mí sus padres si se enteraban de lo que estaba a punto de ocurrir. Me olvidé de todo y no me importó nada.
Sólo que él era un hombre y yo una mujer. Una mujer que hacía mucho tiempo no tenía sexo y que se moría por entregarse. Descubrí que mis ganas de hombre habían aflorado, después de mucho tiempo, y no iba a perderme la oportunidad. No abandonamos el morreo ni cuando tuve que buscar a tientas el llavero en mi bolso
Abrí la puerta de calle y en el interior del elevador empezó el jaleo. Sus manos empezaron a reconocer mis cuervas y las mías acariciaban su cabello, la nuca y el cuello.
Cuando estaba abriendo la puerta de mi apartamento, Tomás me tenía tomada por la cintura y su lengua recorría mi espalda. Sus manos empezaron a subir por mi costado y se detuvieron en mis senos. Sentí su dureza presionando en mis nalgas. Entramos así, casi acoplados, con Tomás detrás de mí besándome y acariciando mis senos, su lengua recorriendo mis puntos débiles en el cuello y los hombros y, por fin, el lóbulo de la oreja.
Creo que fue ese momento en el que me entregué.
Fuimos al dormitorio sin hacer escalas.
Tomás me enfrentó y me miró a los ojos. Yo crucé mis brazos en mi torso y bajé las finas tiras del vestido, descubriendo mis senos.
Sus manos los aprisionaron y se inclinó para besar mis pezones.
¡Dios santo! Sentía que se me habían endurecido como piedras y me ardían como brasas.
Me lamió, chupó y mordisqueó. Me cubrió de besos las tetas y con sus manos empezó a bajarme el vestido, hasta que quedó en cuclillas frente a mi cuerpo desnudo, a excepción de la tanga de encaje negro, el liguero y las medias.
El vestido se deslizó por mis piernas y quedó hecho un bollo.
Sus manos hicieron a un lado el encaje y su lengua hizo una cabriola en mi pubis. Sentí un escalofrío.
Miré hacia abajo y me excité aún más.
Allí estaba yo, en mi cuarto, casi desnuda, de pie, abriendo mis piernas para que ese estupendo ejemplar de macho me lamiera la raja. Se me erizó la piel.
Lo ayudé, corriendo el encaje, abriéndole paso a esa lengua húmeda y hábil que, de pronto, encontró la dureza de mi clítoris.
–¡Oh, Dios–ss! –gemí.
Con exquisita suavidad me tendió en la cama. Me quitó los zapatos y fue deslizando las bragas por mis piernas hasta quitármela. Entonces su boca –¡qué boca!–, fue directo a mi raja, y fue dispuesta a quedarse.
En ese instante previo a entregarme a la lujuria, recordé cuánto me gustaba follar. Por mi cabeza pasaron como una centella todas las fantasías que tenía y que había tenido durante mi matrimonio, en mi juventud y en mi adolescencia. Le agradecí la caricia con un gemido de placer y bajando las manos hasta encontrar los labios de mi vulva, abriéndolos para él.
Hacía mucho que no sentía una lengua allí en mi intimidad, y me encendió hasta hacerme arder en un segundo.
Tomás tenía una lengua maravillosa. Larga, blanda y húmeda.... Y la sabía usar.
Lamió y mordisqueó mi clítoris, separó los labios de mi raja y la introdujo dentro de mí... me hizo perder la razón y me provocó el primer orgasmo de la noche antes que pudiera darme cuenta qué me pasaba.
Grité, gruñí y gemí, desesperada, resbalándome en esa montaña rusa de sensaciones, sintiendo que me mojaban hasta los muslos.
Abrí más las piernas.
Empujé con mi pubis hacia delante, para que me lo comiera todo.
Moví las caderas en una danza sensual, con cada nueva oleada de sensaciones.
Me entregué toda, sintiéndome otra vez activa, mujer, hembra deseable.
Estaba renaciendo de mis cenizas, como el ave mítica, y mi esencia surgía con cada contracción de mi vagina en la boca de ese muchacho maravilloso que parecía conocer por instinto todo lo que de mí se podía conseguir y poseer.
Las contracciones disminuyeron y sólo quedó el latido de mi clítoris henchido, de la sangre que fluía en mi interior y el latido acelerado de mi corazón. El orgasmo empezó a decrecer en intensidad, pero el temblequeo de mis muslos seguía tan pertinaz como mi deseo.
Había llegado mi turno.
–Quiero desnudarte –le dije.
–Soy todo tuyo –me contestó.
Me incorporé y me arrodillé en la cama, con Tomás frente a mí. Desabroché uno por uno los botones de su camisa y descubrí su torso fuerte y casi lampiño. Le besé el cuello y bajé hasta sus tetillas. Le hice probar su propia medicina.
¡Y vaya si le gustó!
Le aflojé el cinturón, le bajé los pantalones y dejé que jugara con mis pezones mientras hurgaba dentro de su boxer para ver qué nueva sorpresa me esperaba allí. Cuando mis dedos encontraron su carne, tiré del elástico hacia abajo y entonces tuve ante mis ojos una de las vergas más hermosas que he visto en mi vida: grande aunque no descomunal, pero muy gruesa, con una cabeza abultada y enrojecida que brillaba por la lubricación, dura como un garrote y surcada por venas oscuras, pletóricas de sangre joven.
–¡Mi cielo, que banquete me voy a dar! –le dije, con la voz enronquecida por la brutal calentura que tenía.
Ese miembro era para una exposición. En la base, dos huevos grandes, pesados y duros como piedras, por los que deslicé mis dedos, sintiendo cómo se arrugaba la piel al mismo tiempo que se le erizaban los pelos de los muslos.
Tiré de esa maravillosa verga y lo guié hasta que quedó tendido en la cama. No la solté. No estaba dispuesta a soltarla en toda la noche. Ahora que la tenía toda para mí me la iba a comer, para empezar, y después ya vería cuántas veces me la iba a meter bien adentro, hasta saciarme.
Sólo podía abarcarla por completo con las dos manos. La levanté, exponiendo sus cojones e incliné mi cabeza hasta que mi lengua entró en contacto con su piel y comencé a lamer con entusiasmo.
Me gustaba comerme una hermosa polla. En ese momento descubrí que me sigue gustando y sólo me quedaba por comprobar que seguía haciéndolo tan bien como la más refinada de las cortesanas.
(Continuará)