Necesitada de sexo después de divorcio,
inicié una relación muy intensa, pero que
me hace sentir una perfecta depravada
Lo dicho.
Los gemidos de Tomás, sus muslos tensos y sus manos como garfios en mis tetas eran la confirmación que yo recordaba cómo se come una hermosa polla y que él lo estaba disfrutando.
–¿Te gusta que te haga esto, eh? –susurré, mirándolo a los ojos–. Vamos, abre los ojos, mira cómo la amiga de tu madre te da la mejor mamada que recordarás en tu vida...
–¡Jo–der! –gimió, cuando le acaricié el glande con mis dedos haciendo un movimiento de tirabuzón.
–Puedo leer las fantasías que te cruzan por la cabeza, mi cielo, mi bebé, mi machito lindo... Mira cómo te la mamo... Mira cómo la amiga de tu mami te chupa.
–Mmm–mmm...
–Y ¿sabes qué?
–¿Qué?
–No sólo te voy a lamer y a chupar y a exprimir, sino que, además, me tomaré toda tu leche, mi vida.
Y volví a lo mío. Chupé con entusiasmo, con pasión, con todas las ganas reprimidas durante tanto tiempo. Después de un largo período de abstinencia, volvía a tener un pene en mi boca y eso me hacía sentir feliz... y muy caliente. Tomás dio un respingo, tensó el cuerpo y farfulló:
–Jamás una mujer me la chupó con tantas ganas, Sofía... es... es... enloquecedor.
Empezó a mover sus caderas adelante y atrás y en círculos, follando mi boca, mientras mis manos seguían aprisionando esos espléndidos cojones y rodeando la gruesa vara venosa que latía y cada vez se calentaba más.
¡Ah! ¡Qué placer me da sentir el calor de una polla bien dura en mi boca!
–¡Trágala toda! Que entre toda –ordenó.
Abrí más la boca y la fui engullendo, haciendo tope con mis dedos para que no me atragantara.
–Más, más... más... –exigió y me imaginé lo que estaba sintiendo o, por esa alquimia maravillosa del sexo, más que imaginarlo podía sentirlo.
Esa mezcla de sensaciones desatadas, impulsos difíciles de refrenar y fantasías de posesión, de endiosamiento. En ese momento era el dueño de un harén y yo, una de las hembras.
Lo único que le importaba era su goce. Yo sólo existía para procurarle placer.
Sentí que ya venía.
Siempre me maravilló esa percepción que tenemos las mujeres de saber cuándo un hombre va a derramarse. Se siente en el cambio de la textura de la piel, en las pulsaciones de las venas, en el sabor del elixir que se filtra por la hendidura superior. Tomás iba a acabar y por todos los santos que iba a acabar en mi boca para que yo bebiera de aquella fuente de placer.
Pero me contuve, reservándome ese deleite para el final. Me acomodé, sentándome sobre sus muslos y proseguí con ambas manos.
Arriba y abajo, en círculos, deslizando los dedos como si fueran plumas en el sensitivo glande, mirando a los ojos al hijo de mi amiga, a ese macho joven y potente que ahora tenía para mí.
Explotó.
Y cuando saltó el primer chorro blancuzco y espeso me incliné para que me diera en el escote.
El cuerpo de Tomás se tensó, elevó las caderas y curvó la pelvis, levantando más su verga.
Otra pulsación. Otro chorro.
Pegué mis brazos al cuerpo para que mis senos se juntasen pero no solté esa maravillosa manguera pulsátil.
Otro más.
Su leche se juntó en mi canalillo ahuecado, al juntar mis senos, formando un charquito blanquecino. Incliné la cabeza, saqué la lengua y me lamí a mí misma, mientras Tomás se sacudía y gemía, gruñía y resoplaba, sin poder reprimir los espasmos de su orgasmo.
Mis dedos siguieron exprimiendo aquel jugoso fruto y sólo lo liberé para aferrar mis senos con las manos y ofrecérselos para que bebiera de ellos.
Para mi asombro, lo hizo. Se apoyó en los codos, levantó el torso y su boca se adueñó de mi pezón derecho. Le ofrecí el izquierdo y chupó otra vez. Volví al anterior y siguió mamando mis tetas, empapadas en su propia savia, mientras una parte se deslizaba por mi piel hacia abajo.
No recuerdo que nos hayamos detenido, porque un momento después me deslicé hacia arriba, hasta quedar a horcajadas sobre él.
Me gusta esa posición. El macho tendido y yo encima, enfrentada. Con una mano entre mis piernas guié su polla y la dejé deslizarse en mi interior.
Era maravilloso sentir ese tronco duro y grueso encajarse dentro de mi raja empapada. Lo cabalgué con furia, me clavé una y otra vez su tranca en el coño hasta sentir que me ardía. Tomás me sujetaba por las nalgas, las abría y cerraba y las volvía a abrir todo lo que podía. En el frenesí que provoca la excitación extrema, mordió mis tetas mientras yo seguía mi cabalgata enloquecida.
–La mejor hembra que me he tirado en mi corta y puñetera vida –dijo Tomás.
–¡Oh, mi cachorro, mi machito! ¡Qué soberbia polla! ¡Es un delirio! –escucharlo decir guarradas me excitaba más. Me gustaban los hombres que hablan mientras te follan.
–Me imaginaba que las veteranas son más calientes, me lo imaginaba yo –contestó. De pronto había comenzado a controlar la situación. Yo había perdido el seso y Tomás me observaba y disfrutaba mirando cómo me jodía con su polla de fábula.
–Me quema... me quema... ¡Oh, cielos! –dije, sacudiendo la cabeza a un lado y otro, para que el cosquilleo que sentía dentro no me enloqueciera.
–Ahora lo estoy comprobando. ¡Qué bien follas! –ratificó.
Fue una de esos polvazos que hacen historia. Más que intenso, bestial. Tomás me poseyó en todas las posiciones. Por momentos era tan delicado y suave como una niña y acto seguido se transfiguraba, volviéndose salvaje y brusco como un obrero de la construcción.
Ese chaval era capaz de provocarme todas y cada una de mis fantasías, para hacerlas realidad.
No sé en qué momento quedé con la mitad inferior de mi cuerpo sobre la cama y la cabeza, los brazos y las tetas apoyadas en el piso alfombrado de la habitación.
Tomás detrás de mí y me penetraba en esa posición, abriendo mis nalgas con sus manos y hundiendo un dedo en mi ano.
–¡Ah! ¡M–me duele! ¡Me duele, bruto animal bestia! ¡Due–le! –grité.
Cuando percibí que sacaba su verga de mi vagina y la afirmaba en mi ano le dije que esperara, que se detuviera, que no estaba preparada, no porque sea virgen de allí –he practicado mucho el sexo anal, a mi ex marido le apasionaba follarme así–, pero siempre con ciertas condiciones que Tomás no pensaba acatar.
Encajó la gruesa cabeza en mi agujerito y empezó a empujar.
–¡Tomás! ¡Por favor! ¡Así no! –imploré. El dolor era lacerante.
–Más despacio, nene –insistí.
Pero él estaba sacado y a mil.
–Tu culo, ¡quiero ese culo de sueño! –exigió.
–Despacio... ¡Despacio, por favor!
–Verás cómo te entra milímetro a milímetro –gruñó.
Y vaya si la sentí.
El hijo de mi amiga, de quien muy poco sabía hasta esa noche, ese muchacho que podía haber sido hijo mío, me podía.
Esa barra de carne dura, gruesa y caliente fue venciendo la resistencia de mi esfínter sin prisa pero sin pausa, y no podía hacer nada para evitarlo.
Tiré un brazo hacia atrás, para poner un tope apoyando mi mano apoyada en su vientre, para controlar la penetración. Pero en esa posición agité mi brazo en vano. No había forma que alcanzara a Tomás que estaba sobre la cama.
Los hombres no se dan cuenta –hasta que no lo prueban en carne propia–, cuánto duele que te penetren de esa manera. Pero si en otro hombre ese proceder me hubiera causado un rechazo instantáneo, en Tomás me provocaba un morbo que no había gozado hasta ese momento en toda mi vida.
Conclusión: me la hundió toda.
Empezó a bombear lento y profundo. El dolor empezó a replegarse, dejando el lugar al gozo.
Me concentré en el entrar y salir de su polla, toda a lo largo. ¿Cuánto tiempo estuvo follándome? Perdí el sentido del tiempo. Un orgasmo sucedió a otro. En ese momento debo haber metido mi mano entre las piernas para acariciarme el clítoris. Otra corrida. ¡Diablos! ¡Ese nene era incansable!
–¡Vamos! ¡Lléname! Anda, bebé... Lléname con tu lechita... –pedí.
Su movimiento se aceleró.
Gruesas gotas de su transpiración me salpicaban la espalda y lo escuchaba jadear. Su portentosa polla se había transformado en un hierro caliente en mis entrañas. Latía y me dilataba cada vez más.
Se abandonó.
Rugió como un animal cuando se vació en mis entrañas. Me sentí llena de carne palpitante e inundada.
Aquella corrida fue un absoluto delirio.
El auténtico significado del éxtasis.
Terminamos los dos abrazados en la cama, dormitando y sin poder dejar de acariciarnos.
Era casi mediodía cuando se fue, pero antes le hice mi regalo especial, algo que reservo sólo para aquellos que lo merecen: le hice la mejor mamada de que soy capaz. Se puso como loco.
Exigí que se vaciara en mi boca. Me tragué toda su leche y terminé lamiéndole la polla hasta dejársela relajada y limpia.
Ese día empezamos con una relación muy intensa. Tomás está encantado conmigo porque hago cosas que las chicas de su edad no se atreven y yo me siento satisfecha y feliz, porque tengo un macho siempre dispuesto e incansable que me deja exhausta cada vez que nos tiramos. Más aún, me he enamorado de Tomás, y él lo sabe.
–¡Por Dios, Sofía! –dijo la pelirroja.
El mozo escuchó la exclamación de la mujer, que estiró su brazo y apretó la mano de la rubia sobre el mantel. Tenía las mejillas encendidas.
–Y eso no es todo –contestó la rubia, antes de llevarse la copa de agua a los labios.
¡Qué boca la de aquella rubia!

Confidencias de señoras maduras
Si queréis saber
cómo empieza, y cómo termina, pues... a ver si se van a este vínculo , donde encontraréis mi novela completa. Este, no es más que uno de sus capítulos.
Y es que una de dos: o pasamos la gorra, o vendemos libros. Vamos que queremos seguir escribiendo el BLog y no pasando la gorra. Daos una vuelta por la estanteria. ¿Sí?
Espero que os haya gustado...
Besos
para todos, mis queridos.
© 2004 by Monserrat Borrás
© 2004 by Colección Voyeur®