¿Sabes?
Cuando repaso la geografía de tu cuerpo me asalta una idea: es tan sano, fresco, pleno y sensual, que no sé qué región de ese mapa, es la más exquisita. Si la lozanía de tu piel, la sensibilidad del lóbulo de tus orejas, la curva erguida –casi insolente– de tus senos; tu grupa rotunda, los muslos fuertes, el declive de tus piernas debajo de la rodilla o la comba de tu vientre que mengua, como una caída de sol o como una colina tenue, hacia tu Monte de Venus.
Es en esos momentos de abstracción, cuando te anhelo, te imagino, te deseo, te añoro y te evoco. Es entonces cuando la imagen de tus pies me salta a la memoria. Dice un refrán que a las buenas hembras se las reconoce, como a las potrancas de pura sangre: por las manos y los pies.
Tus pies... ah, qué maravilloso placer. Regocijo de mis sentidos y homenaje a esa parte de tu cuerpo que no sé si imaginaste algún día, que alguien disfrutaría tanto al tocarlos, acariciarlos y besarlos. Quiero creer que no, porque he abrevado en tu alma, siguiendo el camino del brillo de tus ojos cuando por primera vez, me dediqué a besar tus pies...

Tus pequeños pies suaves, exquisitos, tiernos, juguetones y deleitables; laxos y voluptuosos. Me fascinan y me imponen que te los bese, sabiendo de antemano que no es suficiente. Quizás lo más apropiado sería decir que tus pies me inician en la adoración.
Besarte los dedos, ese preludio del amor, regocijo de mi boca, deleite de mis sentidos y anticipo cierto de mi exaltación –escribí alguna vez–, besarte los pies es elegir el camino más directo hacia tu vulva de fuego.
Ahora me doy cuenta que por cautivador y prodigioso sortilegio, lo escribía para ti.