Colección Voyeur

Lunes 23 de Octubre de 2006
Cuestión de gustos

A mi ex esposo

–Vagabundo, ¿dónde tenías encerrada esa maravilla de mujer?
–Sí, rolo ‘e vivo, ¿pretendías guardártela para ti solito?
–¡Por supuesto! ¡Ni loco pensaba presentárselas a ustedes que son un par de aves de rapiña! ¡Buitres!
Las voces y risas divertidas de Aquiles, mi recién estrenado novio, y sus amigos me llegan claras desde la cocina del apartamento de él. Obviamente están intercambiando comentarios sobre mí, sin saber que me he levantado a buscar unas servilletas y estoy parada justo detrás de la puerta entreabierta. Me embarga la indecisión, no sé si entrar e interrumpirlos, regresar a la sala donde aguardan las esposas de aquellos amigos e inventar una excusa tonta para aparecerme sin lo que fui a buscar o seguir escuchando lo que comentan estos deslenguados.
Como además de ser muy curiosa quiero saber de qué manera se expresa Aquiles de mí cuando está con otros hombres y en especial con estos amigos que son tan entrañables para él, me quedo allí oyendo a hurtadillas. Entonces escucho que uno de ellos habla. Todavía no los conozco tanto como para saber de cuál de los dos se trata y además baja tanto la voz que todo lo que puedo percibir es:
–Y esos maravillosos… –dice, casi susurrando.
–¿Se los viste? –pregunta mi novio.
–Sí, tenías razón. Son rosaditos. ¡Ummm! –oigo que responde el otro.
–Yo me atrevería a decir que son perfectos. Sonrosados, carnosos, suavecitos… –agrega el que había comenzado a hablar.
Quedo algo sorprendida y muy halagada al escuchar las palabras con las cuales se están refiriendo a mí o, mejor dicho, a una parte de mí. Me toco los labios. Sí, en verdad son pulposos y suavecitos. Pero no, no pueden estar hablando de ellos. Dijeron que eran sonrosados y como los llevo maquillados, es imposible que sepan de qué color son. Así que intento adivinar algo más por su charla:
–Se los besaría durante horas hasta que me pidiera que parase­ –sigue diciendo el que parece llevar la voz cantante de la conversación.
–Yo se los lamería. ¡Ummm! Se los mordería… aunque me rogara que parase ­–añade el otro, lanzando un suspiro tan fuerte que alcanzo a escucharlo desde donde permanezco escondida.
Quizás estén hablando de mis pechos o de mis pezones. Puede ser que mi blusa sea demasiado descotada o muy transparente. ¿Será que el sostén no alcanza a tapar lo suficiente? Esta noche deseaba lucir atractiva y sexy, porque Aquiles me iba a presentar a sus amigos del alma y a sus esposas. Tal vez se me haya pasado la mano.
Me doy la vuelta e intento ver en la pared de espejos del pasillo si se transparenta algo. No, no se nota nada. No están hablando ni de mis pechos ni de mis pezones. Si antes sentía curiosidad, ahora tengo una gran confusión. ¿Acaso mi novio le ha contado algo de nuestra intimidad a sus amigos? No, no puede ser. Es un hombre serio y sé que no lo haría. Sin embargo, justo en ese momento lo oigo decir, en plena confianza con sus amigotes:
–Pues ustedes sigan soñando, porque seré yo quien se los bese, lama y muerda, sabiendo que no me pedirá que pare –se explaya, rematando con un contundente: –¡Y de esta noche no pasa!
Los tres celebran la ocurrencia con risotadas e incluso escucho que entrechocan las manos como si se tratara de unos adolescentes. ¡No puedo creer que Aquiles esté hablando de mí, que esté diciendo esas cosas, que se esté comportando así! Tratando de disimular mi creciente molestia, regreso a la sala y a medio camino escucho a las dos mujeres comentando entre risas:
–¿Ya se habrá enterado de sus gustos?
–Muy seguramente. Y si no lo ha hecho todavía, muy pronto lo sabrá.
¡Cielos, ahora sí que estoy en una situación embarazosa! Quisiera tener más familiaridad con ellas y preguntarles de qué están hablando, pero turbada decido entrar al baño. No sé cuánto tiempo permanezco allí, pero han de ser varios minutos porque siento la voz de Aquiles llamándome al otro lado de la puerta:
–Amor, ¿te sientes mal?
Percibo su tono preocupado y le respondo que ahora mismo salgo. Efectivamente lo hago así y me topo con él. Me abraza con la misma atención solícita de siempre y me dice muy quedito al oído:
–¿Algún problema, cariño?
–No, amor, ninguno –le contesto, escondiendo mi molestia con un beso cariñoso. –Regresemos a la sala.
El resto de la reunión transcurre casi como habíamos planeado, sólo que en mi mente se repiten una y otra vez las palabras de Aquiles: “De esta noche no pasa”, dichas además en ese tono tan firme que me turbó. Y cada vez que las recuerdo, siento que un escalofrío me recorre la columna vertebral. No dejo de preguntarme a qué se referían él, sus amigos y las esposas de sus amigos.
Cuando las dos parejas se marchan, quedamos solos en la sala. Nos echamos en el sofá y comenzamos a hacer comentarios sobre la velada. Me quito las sandalias y me sobo los pies cansados, por lo cual él aprovecha para preguntarme si deseo un buen masaje. Le digo que no sólo lo deseo, sino que se lo exijo. Ambos nos reímos.

Aquiles no se hace esperar. Toma mi pie izquierdo entre sus manos y comienza a masajearlo con tanta destreza que me sorprende. Me pregunta si le agradaron sus amigos y las esposas de ellos, si la pasé bien y cosas por el estilo. El clima es relajado y por fin me atrevo a preguntarle eso que me ha atormentado toda la velada:
–Esta noche…
–Esta noche…
Como nos sucede con mucha frecuencia, ambos hemos dicho la misma frase al unísono y casi en el mismo tono, entre dubitativo y sondeando el terreno. Ante la coincidencia estallamos en sendas carcajadas. Nos abrazamos. Empezamos a besarnos. Poco a poco nos vamos quitando la ropa que llevamos encima y terminamos completamente desnudos. Sin embargo, mi novio no se apresura a continuar, sino que me toma el pie de nuevo y lo besa con tanta pasión que me hace estremecer.
Continúa besándome el pie izquierdo y acariciando el derecho. Luego besa el que había estado acariciando y soba el otro. Desliza su nariz a lo largo del arco y olisquea, respirando con cierta agitación. Saca la lengua y lame mis pies como un gatito hambriento. Estoy loca de excitación y quiero que me penetre ahora mismo. Aquiles parece haber leído mi pensamiento, porque en ese momento se coloca entre mis piernas, me toma por ambos tobillos, manteniendo mis piernas alzadas y me penetra.
Las dichosas palabras casi se han borrado de mi mente cuando comienza a hablar, mientras me monta:
–Esta noche quisiera contarte que siento una especial predilección por los talones femeninos. Mis amigos y yo tenemos una especie de “Club de Admiradores de Calcañares”, por decirlo de modo poético. Ellos siempre me están tomando el pelo por lo de mi nombre y el “talón de Aquiles”. No te lo había contado antes porque no sabía si lo entenderías. Pero ahora quiero que sepas que me gusta besarlos, lamerlos y morderlos mientras tengo relaciones. Los tuyos me enloquecen. Son tan sonrosados, carnosos y suavecitos que me vuelven loco. Me pregunto si me dejarías morderlos…
Entonces comprendo todo y entregada como estoy lo invito:
–¡Muerde, muerde cuanto quieras!

© 2006 by Anamar


 

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
24 Octubre 2006 - 13:09
Enviar un emailGuillermo de Baskerville
¡Desde luego, tu inteligencia no deja de sorprenderme, Anamar! ¡Has logrado engañarme con lo de los talones! ¿Será porque sólo pienso en lo único?
29 Octubre 2006 - 11:58
Enviar un emailAnamar
¡Ah, mi querido amigo, qué bueno haberte sorprendido una vez más! Sé que de ahora en adelante dejarás de pensar en lo único... Un beso y muchas risas.

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