Colección Voyeur

Miércoles 18 de Octubre de 2006
La Boda

Mi tía Lola estaba irreconocible. Su obesa figura se veía tiesa bajo el vestido negro de satén. Su sonrisa se apagaba por las molestias que le ocasionaba la faja que le apretaba como si fuera una caballa dentro de una lata muy pequeña para su tamaño. Pero sonreía al instante porque su felicidad era inmensa. Su única hija Mirtha se casaba. El futuro yerno, Aldo –a quien llamaba “El doctor” para darse ínfulas–, era muy buen mozo, provenía de familia pobre pero de bien y tenía un futuro asegurado como médico en el pueblo. Ella lo ayudaría a instalarse y lo más importante, mi prima lo adoraba.
Yo estaba en la cocina viendo como el personal se afanaba para que las mesas tuvieran todo lo necesario. Cuando oí los sones de la marcha nupcial y los aplausos, fui al salón.
Aldo estrechaba entre sus brazos a Mirtha y ella se dejaba llevar por la música. Era de baja estatura, por lo que debía alzar la cara para mirarlo a los ojos. Las manos de mi prima se perdían en las de su marido, que eran largas y finas. Las imaginaba suaves y firmes al operar a los pacientes. Y las sabía cálidas, acariciantes, apremiantes y expertas para despertar el calor de una mujer.
Cuántas veces se había despedido de mi prima para regresar en forma sigilosa a la casa para pasar la noche conmigo.
La ventana de mi dormitorio daba hacia la calle, si quería que amaneciera conmigo la dejaba abierta. Y quise muchas veces.
No sé por qué seguí con él cuando en la disyuntiva eligió a mi prima. Dijo que necesitaba dinero.
Yo no entendía eso. Suponía que con el título en las manos podríamos irnos a otro pueblo, comenzar de cero, pero juntos.
El embarazo de Mirtha precipitó las cosas y no quise ver más a Aldo. No le contesté ninguna carta y mi ventana jamás volvió a abrirse para él. Ni para nadie.
Así que hoy, cuando todos se fueran, yo también lo haría.
Muchos de los invitados miraban sin disimulo mis senos que sobresalían del escote de mi vestido. Algunos me invitaron a bailar, otros me pidieron una cita. Yo tenía otra idea en la mente. No sé si era para probar si el antiguo poder que tenía sobre Aldo seguía firme o si quería llevarme de él el último recuerdo. Cuando las muchachas bailaron con el novio, me puse en la fila. El antiguo calor bailó en mi piel y el temblor familiar reaccionó como siempre sabía hacerlo cuando estaba con él.
Trataba de disimular, pero lo sentí mío en los muslos, como siempre.
–En mi alcoba, ahora.
Me miró atónito y lo dejé para que bailara con otra señorita.
Fui a mi dormitorio y esperé. Por unos instantes pensé que no podría venir ni si quisiera. Pero siempre me decía que “querer es poder” y esperé. Dije que sólo lo haría por quince minutos. Pasaron cinco y nada. Mi valija sobresalía debajo de la cama. Unos pasos resonaron leves en el corredor. Mi corazón comenzó a latir en forma acelerada. Pero no era él. Los pezones se tornaron rígidos y lo deseé más y más a medida que las manecillas del reloj se movían con pereza. Cuando pensé que ya no vendría, apareció. Entró como una sombra rauda y después de poner llave a la puerta me abrazó y besó con violencia. Yo respondí igual.

El beso fue interminable, después siguió en los senos que sus manos liberaron de mi corpiño, mientras yo le mordía el cuello. Le alboroté los cabellos y volvió a besarme en los labios. Le mordí la lengua que introdujo en mi boca y sorprendido me miró a los ojos. Un hilillo de sangre salía de los labios mezclados con el rojo del carmín.
Me alzó en vilo y quedé a horcajadas sobre él. Rompió todo lo que le impedía llegar a mí. Ese frenesí duró unos minutos. Después, quedó respirando en forma agitada.
–Prométeme que nos veremos siempre –dijo con un susurro.
–Anda, vete a tu fiesta.
Pareció recordar que era su boda, se alisó el pelo, se miró en el espejo de la cómoda, se sacó el lápiz labial de las mejillas y labios y se fue no sin antes decirme que yo era la única mujer que lo encendía y deseaba.
Cuando quedé sola me sentí vacía. El rápido orgasmo vivido fue pronto olvidado por mis planes de futuro. Irme de ahí y comenzar una nueva vida.
Tenía una hora para despedirme de los lugares que fueron mi hogar por más de veinte años Volví a la fiesta con apetito.
La torta sobre la mesa principal estaba coronada con las clásicas figuras del novio vestido de negro y la novia de blanco. Pasé los dedos sobre la crema y con un vuelo elíptico los llené de chantilly y los lamí con deleite.
Me gustan las cosas dulces. Tuve deseos de comerme a los novios. El chef había asegurado que estaban hechos con azúcar especial y confites importados.
Salí al jardín y me senté en un banco en la oscuridad. Decidí olvidar mi pasado y sólo pensar en el futuro que comenzaría en una hora.
Entonces fue que me comí a los novios.

© by Lucía Scosceria

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

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