Como lo mencionamos en la introducción, Tiziano imaginó como un todo los temas de los lienzos eróticos que le encargara el príncipe Felipe –que sería el rey Felipe II–, por lo cual los bautizó poesie, en base a la obra Las Metamorfosis de Ovidio y se puede asegurar que este catálogo de mujeres desnudas, recreadas en las poses y circunstancias más sensuales para una época públicamente timorata como la de aquellos tiempos, constituyen posiblemente las siete de las más grandes creaciones de la historia.
Dánae, la primera de las obras entregadas al príncipe, fue pintada entre 1551 y 1553 y lo recibió un año después de su terminación. ¿Por qué Dánae? Porque su padre Acrisio, rey de Argos, había sido maldecido: sería muerto a manos de su nieto, el hijo de su hermosa hija. Por eso la encerró en una torre teniendo por sola compañía a una celadora, a fin de que permaneciera virgen por el resto de su vida.
Por cierto Júpiter –que ya sabemos cómo se las gastaba y lo desenfrenado que solía ser en cuestiones de sexo–, no se conformó con la decisión paterna y la visitó dentro de su encierro en forma de lluvia de oro, y así que la tuvo a tiro ¡Zas! La dejó ligeramente preñadita.
Esa ligera preñez, al cabo, tuvo nombre: Perseo, que acabaría matando a su abuelo por accidente, con lo que Ovidio y Tiziano Vecellio demuestran que cuando en los tiempos mitológicos se maldecía a alguien, no había quien lo salvara.

Aunque Ovidio en Las Metamorfosis menciona como a la pasada la enardecida visita de Júpiter, el maestro incluyó en la escena al personaje de la celadora, con sus llaves en la cintura. Fea, codiciosa, vil, Tiziano la representa en su bajeza moral con la bolsa abierta tratando de juntar las monedas de oro que tiran en forma de lluvia, mientras el perro dormido representa la posesión de Dánae por Júpiter, aunque hay quien considera que el perro, animal, simboliza la lujuria de la joven doncella.
Lujuria que también se insinúa en el pubis que no está cubierto por lienzo alguno, en la posición de las manos –una asiendo las sábanas, la otra en el muslo, muy cerca del sexo–, y lo más llamativo, la insinuación de la sensación de lujuria y deseo en los labios entreabiertos, anhelantes, como si estuviera jadeando o respirando agitadamente por la excitación, que no el amor, puesto que curiosamente Cupido –el amor–, no aparece en este lienzo.
Quizás el gran Tiziano quiso representar precisamente eso: voluptuosidad, deseo, apasionamiento, deleite y la agitada ansiedad de la más pura y genuina lujuria. Esta obra puede admirarse en el Museo del Prado, en Madrid.