Colección Voyeur

Miércoles 25 de Octubre de 2006
Mil veces ella I: Jennifer

Cuando tocó la puerta él abrió casi al instante, como si estuviera esperándola. Jennifer estaba bonita con sus cabellos recogidos en dos trenzas rematadas por dos pequeños nudos. La blusa cubría un busto inusual para una colegiala y el moño rojo a lunares blancos que cerraba el cuello de la blusa blanca, daba un leve rubor a su rostro de mirada pícara. La pollera azul y roja tableada era corta y dejaba ver sus torneadas piernas.
–Vine para la clase particular, Profesor.
–Pasá.
La penumbra de la habitación era excitante. Los objetos adquirían un encanto particular entre las sombras y los sonidos de la siesta caliente entraban por algún resquicio de la pequeña ventana que prohibía la entrada de los rayos del sol ardiente gracias a una cortina estampada.
El profesor Michael rozó el brazo de la chica al hacerla pasar.
Tomó el cuaderno que ella traía y lo colocó sobre la mesa que estaba cerca de la cama.
Los ojos de Jennifer brillaban como estrellas reflejadas en algún charco después de una lluvia imprevista. Él sintió que un escalofrío le recorrió el cuerpo.
–Si mamá se entera que aplacé me mata –dijo–. Necesito pasar Matemáticas, siempre me fue difícil esa materia.
–Claro que la pasarás.
–¿Me va a enseñar, verdad?
–Claro que sí.
–¿Cuánto me va a cobrar? Ya le digo que no tengo dinero.
–De alguna forma lo vamos a arreglar.
Él le tomó la mano que ella no retiró y la llevó hacia la cama desarreglada, se sentó ahí y con un ademán le indicó que ella hiciese lo mismo.
Sobre la mesa se veían muchos libros y una radio. En un costado de la habitación, un ropero desvencijado con las puertas abiertas, mostraba camisas y alguna chaqueta colgadas en las perchas.
–Decime por qué te es tan difícil Matemática –preguntó él–. Siempre fuiste muy inteligente, además de hermosa.
Ella lo miró a los ojos acariciadoramente, sin ninguna timidez. Se acercó a su cara, muy cerca de su boca.
–¿La verdad? –preguntó, y sin darle tiempo, se respondió–. Me es muy difícil concentrarme cuando el profesor es tan buen mozo, como lo es usted.
–¡Uy! Qué mal suena ese usted –dijo él–. ¿Por qué no me tuteás? Al menos acá, dónde nadie nos ve ni nos oye.
–Bueno. Profe, me gustás mucho –dijo, y con la última palabra estiró el cuello y le dio un beso suave en los labios.
–A mí también me gustás mucho. Mucho, no. Me gustás con locura. Y te digo más. A mí también me resulta difícil dar mis clases cuando te veía tan linda y con esos labios hermosos que tenés.
–Ay, Profe, la verdad, que desde que pusiste un pie en el curso, me enamoré de vos –dijo Jennifer, osada y sin bajar la mirada.
–¿En serio? Yo sentí muchas cosas también desde el primer día que te vi –le contestó. La niña lo tomaba por sorpresa. Algo tenía que hacer.
Michael inclinó la cara y la besó. Parecía tan niña e inocente. Ella le tomó la cara con las dos manos y buscó su boca y se la devoró tragándole la lengua como si fuera el manjar más sabroso del mundo. Él sintió latir el corazón debajo de la blusa blanca. Los senos desmentían la edad que debía tener. Sintió que la sangre corría con rapidez y alegría por el cuerpo y el placer que se insinuó cuando abrió la puerta para recibir a Jennifer se volvió urgencia, prisa y deseo.

Ella, con una mano algo torpe desprendió el cinto del pantalón y bajó el cierre con cuidado. La ayudó y se sacó todo lo que pudiera molestarle para sentirla mas cerca. Ella se desprendió los botones de la blusa y le mostró que debajo de la blusa blanca, no llevaba corpiño. Se los ofreció y él se los besó. Ella ahogó un quejido de placer mientras le arañaba la espalda. Él la miró y ella le borró la sonrisa con un beso voraz.
Metió la mano bajo la pollera y no encontró nada que pudiera impedirle llegar donde quisiera, ese descubrimiento aceleró todos sus sentidos.
La hizo girar sobre si misma y la tendió en la cama. Después sólo se escucharon los crujidos de la cama desvencijada y los gemidos de ambos dejando en libertad tanta ansia contenida.
El calor era agobiante, el ventilador del techo no lograba refrescar la habitación que se había convertido en un horno candente. Anhelantes y agitados, mezclaron el sudor que les corría por el cuerpo.
Minutos después, la pollera volvió a su estado normal, la blusa también. Se arregló el moño y ubicó en su lugar las trenzas. Las mejillas y labios de Jennifer eran un crepúsculo encendido.
El profesor recuperó el resuello, le acarició el rostro y dijo:
–Mejor te vas antes que venga alguien. No te preocupes por la nota, ni por el dinero, estudiaremos cuando vengas de nuevo.
Se besaron y ella se despidió con un ademán de manos en alto y una sonrisa grande como una media luna.
Michael le tiró un beso que sopló con la mano abierta y la puerta se cerró tras ella.

© by Lucía Scosceria
© Image courtesy by www.school-uniform-teens.com

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

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