Colección Voyeur

Jueves 26 de Octubre de 2006
Mil veces ella II: La doctora

La doctora Taylor miró sobre sus lentes al paciente que había entrado. Era agradable, joven, de unos veinticinco a treinta años, apariencia latina y mirada franca.
–¿Es la primera vez que consulta conmigo, verdad?
–Así es, doctora
–Ajá –dijo ella mientras leía una ficha que había aparecido de la nada.
–Bueno, señor Michael, tendré que revisarlo. Espero que no tenga problemas con eso –dijo, sonrió y él hizo un esfuerzo para perder algo de la timidez que lo embargaba. Se quitó la ropa detrás de un biombo y sólo se dejó puesto el slip.
La doctora preguntó si ya estaba listo y él respondió con voz algo tímida que sí. Entonces ella lo miró de arriba abajo con una sonrisa que él no supo descifrar.
–No se ha sacado todo –dijo con una voz que de pronto había tomado una entonación más grave, casi ronca–. ¿Qué le pasa señor Michael, no me diga que tiene verguenza de mí? Soy una profesional.
Michael se sacó el slip y quedó desnudo frente a la doctora Taylor. Su excitación la hizo sonreír.
–Señor Michael, no se preocupe, estas cosas pasan constantemente.
Con dedos diestros lo tocó ahí y allá, lo que hizo aumentar considerablemente el tamaño de su turbación y todo lo que pudiera crecer en su cuerpo.
–Creo que tendrá que seguir mis indicaciones para mejorar esto. Vea, es un tratamiento nuevo, casi en etapa experimental. Esa hinchazón se debe a exceso de actividad sexual. Así que le prescribo desde hoy, bueno, mejor desde mañana, abstinencia total por una semana. Estas pastillas las tomará todos los días y pronto estará usted muy bien.

Michael quería tocarla y ella parecía gozar con los esfuerzos que él hacía por dominarse. La vio desprenderse uno o dos botones de la bata por donde asomaba la tersa piel de sus senos, desprovista de sostén. Ella tenia bonitos ojos detrás de los lentes y parecía incitarlo con su mirada a que la besara. Michael pensó que estaba equivocado. Ella era una profesional, no haría eso con un paciente. ¿O sí? Ella dijo que estaba bien dotado y lo tocó.
La timidez y el embarazo de Michael se trocaron en instantes en fuerte excitación.
La doctora Taylor tenía una sonrisa burlona que danzaba en sus labios rojos y tentadores, más que los de Jennifer. Le sostuvo la mirada, ella se acercó.
–Está muy, pero muy bien, señor Michael –dijo, casi rozándole la boca con sus labios.
Dijo algo más pero no pudo oírlo porque las últimas palabras se perdieron en un beso sin fin.
Su lengua sabía a miel y menta y eso acabó por desatar toda su pasión. La tomó de los hombros y la puso sobre la camilla, le sacó la bata y le besó los pechos. Ella suspiró.
–Va muy bien, señor Michael –murmuró, como si hablara consigo misma.
Después ella tomó la iniciativa. Lo besó en el cuello, el estómago, las ingles y fue bajando hasta hacerlo delirar.
Se trenzaron en abrazos estrechos y el concierto de susurros y gemidos llenó el consultorio.
–Tengo que atender a otros pacientes, señor Michael. Pero con este tratamiento podrá curarse. Puede venir mañana a esta hora y cuidaré que lo siga en la forma adecuada –hizo una pausa–. A propósito –agregó–, necesito un ayudante por las tardes para trabajos en la computadora. Si conoce a alguien a quien recomendarme, se le agradeceré.
Michael la miró y se dejó llevar por el impulso. No podía detenerse.
–Sé todo sobre informática –dijo–. Si quiere, puedo trabajar para usted.
–Me parece perfecto, así al mismo tiempo podré controlar ese tratamiento –dijo con un pícaro guiño de ojo.
El se despidió y salió del consultorio con una sensación extraña, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

© by Lucía Scosceria

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

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