Colección Voyeur

Viernes 27 de Octubre de 2006
Mil veces ella III: Jaki

–Tío, abrí de una vez –escuchó la voz y los golpes en la puerta.
–¿Qué querés? –preguntó, y fue a abrirle
–Me manda tía Eulalia.
Michael abrió la puerta con cara de pocos amigos.
–Jaki, ¿cuántas veces te dije que no quiero que vengas cuando no está tu tía? –dijo.
Jaki tenía un short blanco y una musculosa azul muy cortos. Gotitas de sudor le resbalaban por el rostro y los brazos, los largos cabellos recogidos en una cola de caballo, resaltando su hermosura. Era muy bonita, Jaki.
–A ver –dijo–: ¿qué puede necesitar tu tía tan urgente que no pueda decirme ella?
Jaki se puso en puntillas para acercar la boca a su oído.
–Que vendrá en dos horas y eso me da tiempo para estar contigo a solas –susurró.
Y antes que pudiera reaccionar le abrazó y lo besó con tanta fuerza que lo echó sobre el sofá.
Lo tomó por sorpresa.
–¡Estás loca! –gritó–. ¡Déjame! Sos mi sobrina, andáte.
Trató de alejarla pero Jaki sabía qué y cómo hacer con sus brazos, sus piernas y sus labios para que él no pudiera separarse.
Ella lo besaba con fuerza y él sintió que ella ganaba la partida.
Entonces correspondió al beso dado con toda la boca húmeda, enredado ya en su lengua, alejando de lado cualquier pensamiento o sentimiento que no fuera la pasión más salvaje.
Jaki le tomó la mano y la guió debajo del short. Cuando los dedos encontraron lo que ella quería, se estremeció. Le acarició la espalda. Él amagó un último intento de resistencia, quiso separarla, pero ella le tapó la boca en la forma más efectiva, haciendo que el beso fuera interminable.
En la cabeza de Michel una voz le decía que era una adolescente y –lo que era peor–, pariente directa. Pero por más que esa voz hablara y hablara, no pudo hacer nada.

Jaki ya se le había montado encima y había empezado a galoparlo, gimiendo de placer. Michael ni siquiera se había dado cuenta cuándo se había sacado el pantaloncito blanco
Los gemidos fueron cada vez más fuertes y rápidos, la respiración más agitada y esa transpiración que los empapaba...
Todo terminó cuando la joven contrajo los muslos, apretándole los costados del cuerpo, se arqueó hacia atrás y después, con un suspiro profundo se desplomó sobre el pecho bañado en sudor.
–No vengas más, no podemos hacerle esto a tu tía –dijo él, cuando recobró el aliento.
Jaki se incorporó, le apoyó las palmas de las manos en los hombros, acercó su carita transpirada a la de él y lo miró fijo.
–¿Estás seguro que no querés que venga? –dijo, y sin darle tiempo a contestar, agregó–: No te resistas, nadie tiene porqué saberlo. Será nuestro secreto.
Después pegó un salto, se puso en pie se alisó la musculosa, recogió los pantaloncitos blancos y se los puso.
Michael no pudo evitar mirarla cuando se arregló el flequillo. Jaki le regaló una de sus sonrisas más pícaras, se inclinó sobre él y volvió a besarlo. Esta vez en la comisura de los labios.
–Cada vez que la tía Eulalia esté en el gimnasio vengo –dijo, divertida–, que aquí también haremos gimnasia, pero más divertida, ¿eh?

 

Michael preparó los sándwich mientras miraba a Ludmila.
En ese momento se ponía perfume detrás de las orejas y en las muñecas.
Era ella, mil veces ella, la que le hacía vivir tantas historias ficticias con miles de mujeres inventadas en juegos que los divertían y excitaban.
Cuatro años de casados y cada día se querían más y más.
Nada era aburrido con ella, siempre encontraba algún juego para salir de la rutina
La toalla que la envolvía estaba húmeda después del baño que se habían dado juntos.
–A ver, Michael,  ¿cuál de las tres te gustó más?
–Mmmm –dijo, y se dio tiempo para pensar cuál de las historias lo había excitado más–. La verdad que todas me gustaron, mi amor
–No, no, no, tenés que decirme si te gustó más Jennifer, la doctora Taylor o Jaki.
–Me gustaste en todas, amor.
Por toda respuesta ella le dio un beso. La abrazó con toda la ternura que le despertaba.
–Se me ocurrió otro personaje –dijo Ludmila–, escuchá: Caperucita Roja va al bosque y...
Soltaron una carcajada al unísono y después empezaron a comerse los sandwiches.
Cuando terminaron y les dio modorra, se prepararon para dormir. Michael encendió la radio, pasó el brazo debajo del cuello de Ludmila, y ella se acomodó en ese lugar que tanto le gustaba para entregarse al sueño.
Se besaron con ternura. El sueño terminó venciéndolos. La música, romántica, era el único ruido en la habitación.

© by Lucía Scosceria

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

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