Déjala, vamos, déjala. ¿No es lo que querías?. No lo niegues, porque tú sabes cuál es la verdad. Siente la piel desnuda transpirada y los relieves de ese cuerpo de mujer en tu espalda. Es lo que deseaste y aguardaste y bosquejaste en tu imaginación; aquello que quizás anhelabas en las noches de tu pubertad, cuando el viento azotaba las paredes de la cabaña y la tempestad parecía haber tomado tu cuerpo por asalto, trastornando tus ideas y alborotando tus sentidos. ¿Recuerdas, verdad? Era cuando estrenabas turgencias y vello en el pubis y te abrías a la sexualidad como una flor en primavera.
Siente sus brazos rodeando tu cintura y concéntrate durante un instante en los pechos de ella, erguidos, duros, plenos, exuberantes y sensibles como los tuyos, palpitando al ritmo de su respiración agitada por la excitación, sus pezones duros rozando esa sensible espalda tuya.
¿Qué creías? ¿Qué ella no sentía lo mismo que tú? Claro que sentía y lo sabías, con esa certeza que dan las sensaciones cuando son apasionadas. Ella lo ansiaba tanto como tú. Ahora que por fin se atrevió y con una excusa se metió bajo la ducha contigo ¿piensas negarte?
Te jabonó la espalda y, simulando jugar, siguió con los brazos, las axilas y el cuello y empezó a bajar con sus manos, reconociendo tu cuerpo. No era una chiquillada, lo sabes bien. Percibías la oleada de excitación de ella uniéndose en un punto indeterminado con la tuya, entrelazándose, generando esa inexplicable energía que termina arrastrándote a hacer lo que un momento antes parecía una insensatez.
Admite que te gustó que te enjuagara el cabello y luego, aún húmedo, lo hiciera a un lado para besarte la nuca. ¿Crees que no se dio cuenta que se te erizó toda la piel? ¿Qué supones que le ocurría a ella? Anda, anímate, desliza tus dedos entre sus muslos y comprobarás que está tan húmeda y palpitante como tú. Entrégate, no temas, lo disfrutarás...

Relájate, así, muy bien. Si hace un instante, cuando apoyó sus dedos en tu vientre y su mano derecha se adueñó de uno de tus pechos, la dejaste hacer y no opusiste resistencia. Tampoco te negaste cuando jugueteó con tu pezón entre sus dedos índice y pulgar. Quizás apaciguaste a tu conciencia diciéndote que como ese primer beso en la comisura de los labios, no era más que un juego, pero la dejaste continuar sabiendo que no. Que iba en serio. Ese era el momento de detenerla y si no lo hiciste es porque hace mucho tiempo que la deseabas, sólo que te detenía la culpa. ¡Ah, la culpa! Recuerda el aforismo: las ganas mueven al mundo, las culpas lo detienen. No sientas culpa. Disfruta del instante.
Menea tus caderas, muévete con cadencia, roza su pubis que presiona contra tus nalgas, acaríciale el muslo con tu grupa y abandónate al placer. Eso hermosa niña mía, voltea la cabeza hacia atrás y mírala a los ojos y podrás leer la intensidad de su deseo. Baja una mano y apóyala sobre las de ella, acaríciala. Levanta el otro brazo y tómala por la nuca.
¡Ah, si pudieras verte en este momento! Tus pechos se han endurecido más y las areolas se han expandido por la excitación que te hace sentir como si te estuvieses meciéndote entre nubes. Por un instante trata de concentrarte en sentir cuánto se te han endurecido los pezones y percibir cómo fluye y se escurre por tus muslos esa miel que rezuma de tu vulva. Entrégate a la caricia, participa. Voltea el rostro y bésala en los labios. Invade su boca con tu lengua. Juguetea con sus dientes, dale mordisquitos, rózale la punta con la tuya.
Hazlo, confía en mí, no tiene nada de malo. Es natural que te hayas excitado, que se te haya cruzado por la mente y pensaras una y otra vez en ello. Que hayas fantaseado al menos un par de veces en jugar con ella, con esa amiga con la que compartiste risas, juegos, secretos y sueños.
Nada hay de reprobable en entregarse al deseo; no serás ni mejor ni peor por eso. Nadie te castigará por morder la manzana de Eva, querida mía, créeme. Serás diferente.
De sólo imaginarte disfrutando de ese fruto que crees prohibido, me desborda la pasión y es cuando me decido a sujetarte las muñecas con una mano para inmovilizarte porque sé cuánto te provoca. Te penetro, suave y lento y cuando ya estoy dentro de ti, te cautivo con mis palabras, susurrando en tu oído, para que se materialicen en tu memoria esas imágenes. Me muevo un poco más fuerte y te apremio, te arranco verdades balbuceadas entre gemidos para que te decidas y no te niegues a esa experiencia que te ha agitado el sueño más de una noche, y te socava los cimientos de los prejuicios y te hacen trastabillar la voluntad. Acéptalo. Revélate. Date el permiso. Déjate llevar por la fantasía.
Muerde la manzana y sucumbe a la tentación.
Foto: Cortesía & © by Pascal Renoux