Entre 1556 y 1559, Tiziano se tomó su tiempo –porque ya había mostrado al cachondo príncipe Felipe que era capaz de cumplir a rajatabla con el contrato que habían celebrado–, porque quiso darle una sorpresa suplementaria a su cliente.
Había llegado a oídos del maestro que Felipe II era un fervoroso practicante de la caza, de modo que debió pensar en complacerlo y los dos lienzos que pintó en estos tres años tienen que ver con Diana, la diosa virgen de la caza, suponiendo que este tema sería del agrado del futuro monarca. “Diana y Acteón” fue el primero de esos dos cuadros, y actualmente puede verse en la National Gallery, de Edimburgo.
Supuso bien, y puso manos a la obra, siguiendo sus poesie a partir del relato de Las Metamorfosis, según el cual Acteón, un príncipe de Tebas, tan afecto a la caza como su cliente –¡Vaya sentido de la metáfora que tenía el pintor!–, y mientras andaba detrás de algunas piezas a las que flechar, se encontró por sorpresa con Diana y sus Ninfas, a las que sorprendió descalzas –todas descalzas–, tomando un baño.
Según Ovidio las ninfas, horrorizadas, empezaron a proferir grititos y trataron de cubrir a la diosa, para tapar la visión del imprevisto voyeur, que no podía dejar de mirar tan encantador y exuberante espectáculo.
Parece que Diana –que como toda virgen al fin, quería mantener su prestigio–, además de ruborizarse ante la presencia del intruso, salpicó con agua el rostro de Acteón.

Como se puede apreciar Tiziano en esta obra no representa a Acteón como un espectador que se sorprende por una escena que no esperaba encontrarse, sino que con un brazo aparta el velo y no porque le hubiera caído en la cara, sino para poder ver más y mejor.
Y he aquí la metáfora respecto de su cliente, que había pagado para contemplar las imágenes en la intimidad, y se revelaba tan voyeur como el mismísimo Acteón. Entonces, como presente especial, le regala los desnudos de las ninfas que –a diferencia del texto de Ovidio–, ni se tapan, ni se horrorizan, ni gritan ni corren a cubrir a la diosa, sino que siguen, tan campantes, haciendo lo que fuera que hacían cuando el cazador las sorprende. De hecho, dos de las ninfas lo miran y no se les nota el pánico en el gesto.
La única que reacciona y trata de mostrar algo de decoro es Diana –que lleva el símbolo de la media luna en el cabello, sobre la frente–, que aparece colocada de perfil respecto al intruso, con su rostro medio cubierto por un brazo mientras una sola de sus compañeras –una ninfa negra–, atina a taparla con un paño, aunque no lo consigue del todo.
Pero claro, mujer al fin y con esa actitud seductora del “quiero y no quiero”, Diana no parece tan disgustada después de todo, más aún puede suponerse que le ha agradado bastante ser sorprendida en medio de su baño, y el pintor lo simboliza con el hecho que su perro es de tamaño inferior al de Acteón.
Es comprensible que un mortal no pueda pillar a una diosa desnuda y en medio del baño y salir indemne: en el escrito de Ovidio Acteón pagará muy cara su osadía, tal como lo representa el cráneo descarnado del ciervo que anticipa el futuro del cazador.
Para enterarse de qué sucedería con Acteón, Felipe II debería esperar a que en 1576 Tiziano terminara otro cuadro... que es el único que el príncipe nunca recibió.