A continuación de “Diana y Acteón” y aprovechando que en Las Metamorfosis el dios Júpiter queda expuesto como un libidinoso incorregible, Tiziano debe haberse permitido el gusto de incentivar las fantasías de su principesco cliente con un jueguito con un cierto exótico touch de lesbianismo. Entonces recreó en el lienzo el pasaje del beso de “Diana y Calisto”. Es cierto que el texto se lo permitía, porque como Júpiter siempre estaba urdiendo tramas para propasarse con diosas, ninfas o humanas indistintamente, esta vez se dispuso a saciar su hambre amatoria usando a la ninfa Calisto, miembro del cortejo de Diana.
Como se sabe –y si no lo sabían, entérense–, las ninfas tenían que permanecer tan puras castas e inmaculadas como la diosa misma, que no es lo mismo que decir que no podían hacer algunas travesuras entre ellas. Por eso el calentorro de Júpiter ideó una treta: tomó la apariencia de Diana, se aproximó a la ninfa Calisto y la besó “de manera en que una dama no besa, o no debería besar a otra”, que es lo mismo que decir que le pegó un morreo de esos que te dejan con las piernas como de goma, la entrepierna toda mojada y el corazón latiendo como caballo desbocado.
Jamás debió haber hecho eso, el muy impúdico: el beso dejó ligeramente preñadita a la pobre ninfa en el acto, acarreándole consecuencias mucho más graves, puesto que cuando Diana se enteró de tal circunstancia, montó en cólera y sin pensárselo dos veces la convirtió en oso y, literalmente, le echó los perros encima.
Claro que al fin de cuentas Júpiter, desenfrenado, desvergonzado y lascivo como era, también tenía su corazoncito, de manera que antes que los perros alcanzaran a Calisto convertida en oso y corriese sangre, se la llevó a los cielos porque, al fin y al cabo, la pobre no tenía la culpa.

Me da que pensar que Tiziano, a esa altura del trabajo que hacía para su cliente, debía estar en ánimo como para hacer algunas travesuras. En este lienzo –en mi humilde opinión–, lo pone de manifiesto, porque la composición aprovecha el momento del relato en el cual las ninfas han despojado Calisto de sus ropas y dejan su vientre –al que no representa más abultado por su ya seguro embarazo–, al descubierto.
Diana, que a esa altura debía estar que trinaba –a medio camino entre calenturas e indignación–, que se puede reconocer como en los otros lienzos por su diadema y la corona de la media luna en la frente, señala con un brazo admonitorio a la ninfa, simbolizando la fatídica condena.
Acompañada por sus ninfas que le llevan su arco y sus flechas y sus omnipresentes perros, Diana no vacila en el momento de decidir el futuro de la que la ha injuriado, hecho que marca el profundo dramatismo entre las dos mujeres que caracteriza a este cuadro del maestro, quizás porque el espectador sabe de antemano que en verdad Calisto es inocente y que todo el desaguisado lo ha armado Júpiter, que ese día andaría en plan gozador.
La fertilidad de la condenada, que yace en el suelo entre las otras ninfas de su grupo, está representada con la fuente con el putto detrás de ella. El enfrentamiento entre la Diosa colérica y su dama, está marcado con admirable virtuosismo por el maestro, que ha separado a los dos conjuntos con una separación bien delimitada: el arroyo que los ubica en orillas distintas.
Como toque de máxima creatividad, en unos bajorrelieves en los que se ve su firma, el gran Tiziano se permitió unir ese lienzo con el anterior incluyendo la historia de Acteón, continuando la secuencia del relato de Ovidio. De hecho, ambos cuadros se pueden contemplar en la National Gallery , de Edimburgo.