El rapto de Europa fue pintado entre 1559 y 1562, y es uno de los desnudos más perturbadores de todos los que pintó Tiziano en toda su vida. Quizás se deba a que está parcialmente cubierto por un velo y ese componente le agregue más erotismo a la imagen del seno desnudo y las piernas entreabiertas, en clara actitud de entrega, con una pose inestable y las carnes palpitantes, en una figura femenina mucho más rellena de lo que solía hacerlas el maestro.
El hecho que la mujer esté sometida al toro en el que se había metamorfoseado Júpiter, que solía darse todos los gustos, hacer realidad todas sus fantasías y concretar cualquier deseo que le pasara por la cabeza.
En el relato de Ovidio todo es muy preciso: Júpiter se había encaprichado con Europa, hija del rey de Tiro, por lo que decidió tomar la forma de un toro para poder acercársele mientras la doncella jugaba con sus amiguitas en la costa.
Parece ser que Europa era una jovencita cariñosa y querendona, por lo que no dudó en acercarse al animal que andaba por ahí, para juguetear un poquito aprovechando su mansedumbre y ponerle guirnaldas en los cuernos para luego montarla.
Lo que no imaginaba que el toro, una vez que la tuvo enancada, salió disparado hacia el mar y no dudó en transformarse en el primer toro anfibio, surcando raudamente las aguas del mar, llevándose raptada a la bella Europa hasta Creta. Y una vez allí, la joven cambió el lugar, en vez de jinete se transformó en monta, porque el sicalíptico Júpiter se la montó y la poseyó a discreción.

Aunque, como mencionara, el relato en Las Metamorfosis es muy preciso, Tiziano no respetó las indicaciones del texto, porque en el cuadro su mano izquierda (y no la derecha) es la que agarra el asta del cuerno del toro, mientras la derecha sujeta un flammeum rojo, que era el velo de novia que solía usarse en la antigua Grecia. Más simbólico, imposible.
Otros símbolos de que Europa y Júpiter consumaron su unión son los putti, los angelotes que vuelan sobre la escena llevando en sus manos el arco y las flechas del amor y el paño que simboliza el ceñidor nupcial, que representaba la virginidad de la novia.
Un tercer putto, a horcajadas sobre un pez, se nos aparece burlón, como si estuviera mofándose del trance por el que Europa acaba de pasar, que se refleja en la expresión de su rostro –en sombras a excepción de los puntos luminosos que son sus ojos, que miran a los angelotes–, en una composición inconfundible por su dramatismo, acentuado por las lejanas compañeras de la doncella raptada, que desde la costa lejana levantan sus brazos y dejan flamear sus telas, como expresión del desconsuelo que sienten por lo sucedido.
Personalmente, me hubiera gustado ver la cara del príncipe al recibir este lienzo y haberme quedado a solas en la recámara sin que él lo advirtiera para observar su reacción. Para quienes puedan, esta obra se puede ver en la Isabella Stewart Gardner Collection, en Boston.