Colección Voyeur

Sábado 11 de Noviembre de 2006
Je t´adore

Extenuada, jadeante, transpirada, te tiemblan los muslos. Mirarte así y ver cómo te estremeces, me excita más. Estoy dispuesto a seguir besándote, de modo que mejor te preparas para entregarte sin resistencia.
–No hay... quién... te detenga –dices.
Tu voz grave, entrecortada por la agitación, me exacerba los sentidos.
–No.
–¿No te cansas?
–No todavía.
Sé que cuando llego a este punto, no hay quien me frene y también percibo que eso más que gustarte, te fascina.
Je t´adore... –digo, mirándote a esos ojos verdes que tornan al dorado cuando te saltas los límites de la voluptuosidad, y ni bien acerco los labios a tu ombligo te arrebatas.
Cierras los ojos y te entregas a tus ensoñaciones. Luego me dirás que en esos momentos vives, sientes, vibras, y vuelas a otros mundos.
Pero sólo los cierras un instante, porque te gusta mirar. Has aprendido, poco a poco, a deleitarte con el sentido de la vista. Suspiras cuando mi lengua juguetea con tu ombligo, y te ríes cuando te pellizco los pezones y empiezo a bajar con mis labios por tu vientre hacia tu pubis porque sabes que no me detendré allí. Al menos no de momento.
Hoy ya he entrado una vez a tu templo. Te he poseído. Y allí quedó mi ofrenda, la que mereces, la que aceptaste embelesada, las piernas abiertas, las manos aferrando las sábanas, impulsando la pelvis hacia delante para recibir ese voto de puro placer que te alucina.
Je t´adore... –repito, te tomo ambos pies por los tobillos y los apoyo en mi pecho para besar uno por uno cada uno de esos delicados dedos perfectos tuyos. Los pruebo, los saboreo, les doy suaves mordiscos. Ni siquiera te tomas la molestia de ahogar un solo gemido. Te limitas a dejarte idolatrar, repartiendo el placer entre las caricias en tus pies y el anticipo de lo que sabes que te espera a continuación.

–Cómeme –pides.
¿Pides? No, no pides. Imploras, ruegas, suplicas. Exiges. Has aprendido a exigir lo que quieres, lo que necesitas, lo que disfrutas. ¡Vaya si has aprendido!
Cuando mi boca sube y sigue más allá de las rodillas, por los muslos, separas las piernas. Extasiada, te abres para mí.
–Ahí está... ¡Es toda tuya! –ofreces.
Y me franqueas la entrada a ese templo tuyo que venero y gozo y siento mío, separando los labios henchidos de la vulva con tus propias manos. Es el momento en que te sientes encadenada a mi cuerpo, el instante preciso en que el deseo que habita en ti se te hace insoportable.
–Mira cómo estoy... ¿Lo ves? –dices.
Veo, sí. Allí, en ese interior húmedo y cálido, están todas las respuestas del misterio. Ahí es donde oficio como fiel devoto de la diosa en que te conviertes después de haberte transformado en cortesana.
Je t´adore... –reitero, porque sé que mis palabras murmuradas tan cerca de tu carne te precipitan las fantasías, te aceleran la sangre y consiguen que te sientas más que amada, celebrada.
Lo digo un segundo antes de hundir mi cara entre tus muslos para beber las mieles de tu sexo y encender todas tus pasiones.

 
Publicado por Simon a las 05:00

Respuestas
11 Noviembre 2006 - 22:15
Enviar un emailLucia Brassi
Impresionante relato, que me recuerda, me excita y me pone... loca. Besos, siempre. Lucia
11 Noviembre 2006 - 22:33
Friné
Debo decir que a tus palabras no han de faltarle intensidad, pasión, entrega. Vuelves a plasmar como cada sábado tus sentimiento en cada letra. Y esa mujer a la cual adoras, te aseguro que se regocija de tenerte a su lado. Un beso.
18 Noviembre 2006 - 11:20
Enviar un emailANGEL...
Hummmm...cierro los ojos y aún te siento...

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