Colección Voyeur

Lunes 13 de Noviembre de 2006
Un perfecto extraño II

a Max,
que me desea cada día más,
a quien cada día doy un poco más de mí

Mientras espero que aparezca, merodeo por el amplio y ordenado atelier. Las níveas cortinas filtran el sol de la mañana que entra a raudales por los amplios ventanales e iluminan toda la estancia con una claridad particular. A pesar de la buena ventilación, el aire está impregnado del olor a óleos, acrílicos y trementina. Un atril con un enorme lienzo en blanco, flanqueado por una mesilla alta con botes de pintura y pinceles y un jarrón con unos hermosos tulipanes, ocupa el centro de la habitación.
Recostado contra la pared del lado izquierdo hay un mueble con equipo de sonido de alta fidelidad y en el rincón de enfrente una cama, cubierta por una sábana blanca y apoyada contra el muro color ladrillo.

Me entretengo contemplando la vasta colección de autorretratos que cuelga de las paredes. En muchos de ellos aparece él vestido de esmoquin, luce elegante, listo para ir a una fiesta. En otro lo adivino al fondo, observando con absoluta impudicia a una mujer que hace la siesta. En éste está con las manos cubiertas por unos guantes de hule. En uno más lleva la cara tapada por un antifaz, haciendo resaltar aún más su mirada. ¡Qué impresionante! Es como ver mil hombres en uno.
Aunque es siempre Max, el hombre de ojos verdes, curiosos e intensos, penetrantes y vitales. Los ojos que me recorrieron centímetro a centímetro y se me clavaron en la mente. Los ojos en los que no puedo dejar de pensar desde ayer por la tarde.
Sigo curioseando y me acerco al mesón de trabajo. Allí yace la libreta que él tenía ayer en las manos, en la cual dibujaba los bocetos de mí. Sólo que ahora esos bocetos están reproducidos en láminas de papel Fabbriani, suaves al tacto y de un delicado color marfil. Me pregunto por qué todos los trazos estarán hechos en color añil. Noto que hay otros dibujos, que muestran mi rostro y mi torso mientras estábamos en el sanitario del bar. Ha logrado captar toda la sensualidad del momento, plasmando mi transformación durante el clímax. Tomo uno y comienzo a detallarlo con detenimiento, cuando oigo que comienza a sonar la música y escucho su voz a mis espaldas:
–¿Analizas mis dibujos o admiras tu belleza?  –me pregunta, mientras pone el control remoto del estéreo sobre el mesón.
–Disculpa. No quise meter la nariz en tus cosas, pero… –comienzo a decir, pero él silencia mi explicación colocando sus dedos sobre mis labios.
–No hay problema. Puedes ver cuanto quieras y si encuentras algo que te guste, te lo puedes llevar.
Mi vista se dirige, sin que pueda controlarlo, hacia ese autorretrato en el cual lleva la cara cubierta por un antifaz. Sin siquiera girarse, me dice:
–Sí, incluso ese que te atrae tanto. Es tuyo.–¡Gracias! Es muy amable de tu parte, pero… –una vez más me calla posando sus dedos sobre mi boca. Les doy un beso delicado, apenas un roce, entrecerrando los ojos. Escucho su comentario:
–Siempre con los ojos cerrados –comenta. Me toma de la mano y me hace dar una vuelta frente a él–. ¡Luces espléndida en falda y sandalias! Veo que atendiste dos de mis peticiones, ¿la tercera también?
Me sonrojo pensando en mi pubis depilado como el de una impúber y en la agitación que sentí mientras me rasuraba, imaginando el momento en que él lo viera, lo tocara, lo besara…
Al notar mi turbación se acerca a mí y me toma entre sus brazos, abrazándome con ternura. Busco sus labios porque quiero probar el sabor de su boca, para ver si es cómo lo he soñado durante toda la noche. Lo beso con pasión y curiosidad. El responde a mis besos con generosidad. Abre su boca y se deja explorar, al tiempo que sus manos descienden hasta mi pubis para comprobar si he atendido su tercera petición.
–¡Hum! –lo oigo murmurar, en un tono tan gracioso que dejo de besarlo y me echo a reír.
–Más que una petición parecía una orden y no pude dejar de cumplirla, Max –le digo, transparentando un cierto dejo de ironía.
–¿Temías que te castigara si no lo hacías? –pregunta en el mismo tono, separándose un poco de mí para ver mi cara mientras respondo.
–¿Temer que me castigaras? –retruco, azorada por el intenso escrutinio de aquella mirada–. ¿Por qué habría de temer algo así? Además, ¿por qué tendrías que castigarme?
Sonríe con malicia, pero no responde a ninguna de mis interrogantes. Por el contrario, se voltea y se dirige al mueble sobre el cual está el aparato de sonido, en el cual se esconde un minibar. Me pregunta si quiero beber algo.
–Agua, sólo agua fría. De ser posible con hielo, por favor –contesto, agregando–: Todavía es de mañana, pero hace mucho calor.
–Puedes desvestirte –dice, como si me estuviera retando a hacerlo–. Así estarás muy fresca.
–¿Me retratarías desnuda si lo hago?
–¡Claro! –responde, volteándose hacia mí–. No deseo hacer otra cosa desde que te vi –en su cara se dibuja otra sonrisa.
Allí mismo, frente a ti, y con deliberada lentitud, y para exasperarte, me despojo de la ropa que llevo puesta –la blusa, el sostén, la falta y la panty– mientras sostengo tu mirada insolente sin la menor pizca de pudor. Encaramada en las altas sandalias de tacones finos, me dirijo hacia la cama. Te coqueteo, meneando las caderas para provocarte y volteando la cabeza para lanzarte miradas lascivas. Me acomodo sobre ella: arrodillada y con las piernas entreabiertas, en una posición a la vez expectante e invitante.
Te acercas a mí con el vaso de agua en la mano, haciendo sonar los cubos de hielo contra el cristal. Tomas un sorbo y me lo das a beber de tu boca. Vuelvo a sentir tu mano tocando mi sexo. Está helada y el contraste con mi piel caliente me hace sobresaltar, aunque también me provoca un placer muy grato. Sigues acariciando, aventurándote cada vez más adentro, hurgando en mi interior. Busco el contacto con tu mano, moviendo la pelvis, ofreciéndome a tus caricias. Percibo todos tus dedos dentro de mí. Entran. Salen. Empujan. Ensanchan. Rozan cada pliegue. Palpan toda hendidura. Me siento plena y el orgasmo llega, conquistándome por entero.
De nuevo me abrazas con ternura y susurras palabras cariñosas en mi oído hasta que el galopar desbocado de mi respiración se apacigua. Entonces tomas el vaso de agua y lo vacías con suma delicadeza sobre mi pecho, formando un pequeño riachuelo que recorre mis valles y promontorios.
Me erizo al sentir el agua fría y los cubos de hielo que se deslizan entre mis senos. Veo tu mano izquierda agarrándolos y tu boca acercándose a mi oreja. Tu voz de terciopelo agita todos mis sentidos cuando te escucho decir:
–Ahora meteré estos cubos de hielo en tu vagina y te masturbarás con ellos, mientras yo te pinto. Quiero que me regales otra de tus fantásticas metamorfosis. Déjame ver esa cara de hembra lujuriosa. ¡Dame todo de ti!
A medida que los va introduciendo uno por uno, me pregunto quién eres, cuál poder, superchería o habilidad oculta te permite subyugarme de este modo y por qué me rindo ante ti, sin oponer la mínima resistencia o sin sentir ninguna duda. Aunque, para ser sincera, admito que no me interesa averiguarlo. Por el momento sólo quiero disfrutar de los novedosos e intensos placeres que me regalas, así que me apresto a regalarte una parte de mí.

Foto: Cortesía & © by Pascal Renoux

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
14 Noviembre 2006 - 21:16
jorge
fino erotismo.....logras exitar con exquisitas imagenes. Agradezco tanta belleza....
16 Noviembre 2006 - 16:59
Enviar un emailmax
Creo que este relato cargado de pasion y talento, engrandece la literatura erotica. Te doy las gracias por hacernos participes de tu imaginacion y solo espero que llegue el lunes para poder seguir leyendote y disfrutar de la magia de tus palabras. Gracias, por hacer que tus palabras dignifiquen las vidas de quienes te leemos.
19 Noviembre 2006 - 20:31
Enviar un emailAnamar
Jorge, y yo te agradezco por dedicar unos minutos a leer mi relato y dejarme un comentario. Max, no necesitas esperar a que llegue el lunes, todos los días tienes mucho más que mis palabras. ¡Gracias por las tuyas!

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