Sé lo que te ocurre después, cuando te tiendes de lado, esperando que te rodee la cintura con el brazo y descanse mi mano en tu vientre todavía palpitante y pones una de las tuyas encima de la mía.
Tu otra mano, busca y encuentra mi sexo y lo envuelves entre tus dedos, porque según me dices con gesto travieso, eres como un niño que necesita su juguete. De la misma manera tú necesitas tenerlo en la mano para dormir.
Es en ese momento, después del torbellino, cuando entrelazas tus piernas con las mías y rodeada por mi brazo, mi aliento en tu cuello y pegada a mi cuerpo, te entregas al sueño, ha llegado la hora del descanso.

Después de arquear el cuerpo, tensar los muslos, estirar las piernas y empujar con tu pelvis hacia delante, para engullirme todo con tu vulva hambrienta; con la piel del pecho inflamada en sangre, la respiración agitada, y las mejillas sonrosadas y las piernas sacudidas por el temblor del orgasmo que te ha recorrido el cuerpo.
Después de las últimas contracciones en tu vientre, y cuando ya tus dedos han intentado rasgar las sábanas y se te agotaron los jadeos y ahogaste el último grito; luego que tus manos se apoderaron de mis nalgas para que te penetrara más fuerte y más profundo y tus uñas dejaron huellas en mi espalda.
Después que tu piel erizada recupera su tersura y los latidos de tu corazón vuelven a su ritmo habitual y tu pulso recupera la normalidad.
Después que llegas a la cúspide, cuando relajas el cuerpo y distiendes todos los músculos y logras salirte del vórtice de ese torbellino que es cada uno de tus orgasmos; luego de entregarte a las caricias con las que te ausentas en ese mundo de alucinaciones voluptuosas de tu placer desplegado.
Después de la tormenta de lujuria que te atrapa cuando te entregas... entonces es cuando tus ojos recuperan su verde original; tus manos se despliegan por mi cuerpo, devolviendo caricia por caricia. La cascada que es tu cabello, esparcida por el almohadón, huele a bosque, a menta y a flores silvestres aunque tu cuerpo perpetúe los aromas del sexo. Esa boca de labios generosos, ahora más mullida y blanda, busca la mía y tus pies –que se habituaron a ser objeto de adoración–, buscan mis manos para que me los lleve a la boca y los bese.
Después de ese frenesí del que fuiste prisionera, durante el cual te transformaste en una fiera, vuelves a ser el cachorrito manso y juguetón; después de ser hembra y meretriz, después del último bramido, y del jadeo final.
Después se suaviza el tono de tu voz, recobras la mirada mansa, la caricia tierna y el beso dulce.
Después del sexo y de las caricias de la noche, invariablemente, te da sueño.