a Max
por la leña que echa al fuego
Todavía amodorrada abro los ojos y veo que mientras estaba dormida me has rodeado con veinte o más lienzos cuyo único motivo soy yo. Allí están mi cara y mi cuerpo repetidos una y otra vez en la misma pose: arrodillada sobre esta cama y con las piernas entreabiertas. La primera impresión es de sorpresa, pero luego ésta va cediendo paso a la curiosidad. Me incorporo para observar mejor tus pinturas, detallando las que están más cerca de mí y notando que las has dispuesto en una secuencia, evidente en los sutiles cambios de una a otra.
¡Es increíble cómo has sido capaz de captar mi metamorfosis! Retrataste cada mínimo gesto de mi rostro, la forma en que ponía la boca, el enrojecimiento de mi pecho a medida que me excitaba, la lujuria que iba invadiendo mi mirada, el endurecimiento de los pezones, el cuello estirado y expuesto, las caderas echadas hacia adelante, las manos hurgando en mi sexo…
Más que lienzos parecen fotografías y me hacen revivir el momento, logrando que vuelvan a florecer en mí las ganas de ti.
Porque te deseo. Te deseo con tanta intensidad que se me eriza la piel y me hierve la sangre. Sí, te deseo en este mismo momento. Te deseo y no puedo pensar en otra cosa que en tenerte.
Oigo un ruido muy leve y te llamo en voz alta, pero no recibo respuesta. En ese momento escucho –o creo escuchar–, las notas de una melodía interpretada en una guitarra y la voz de un cantante. Me levanto de la cama y me acerco al aparato de sonido, prestando atención a la letra, que habla precisamente de cómo todo se transforma. Imagino que la pusiste para que yo la escuchara después de mirar tus lienzos, por lo cual intuyo que debes andar por aquí cerca y haber accionado el control remoto al verme. Te vuelvo a llamar, pero tampoco me respondes esta vez.
Sé que estás por ahí, en algún lado, observándome con atención. Te gusta mirarme una y otra vez. Puedo percibir tu mirada intensa, recorriéndome despacio, encendiéndome la piel; sólo que no logro adivinar dónde estás.
Me dirijo al pequeño refrigerador buscando algo de beber y comer, porque estoy hambrienta y sedienta tras la siesta. Encuentro una jarra con agua y bebo de ella hasta calmar mi sed. Al agacharme para revisar los anaqueles te descubro en el balcón, semioculto tras las cortinas que cubren el amplio ventanal del estudio. Estás desnudo, echado en una tumbona, acariciándote el sexo. Te incorporas y apoyas una mano en tu rodilla mientras me ves y sonríes con esa sonrisa tan tuya, entre cómplice y burlona. Te preparas para lo que sabes que vendrá. Tu sexo cae, laxo, a un costado. Esperas.
“Está bien”, me digo para mí, “sólo que esta vez seré yo quien lleve las riendas del juego”.

Tomo una botella de leche, camino hasta donde estás tú, echo la cabeza hacia atrás y comienzo a derramar el líquido sobre mi cara. Dejo que corra con total libertad hasta mi cuello, llegue a mis pechos y se bifurque en pequeñas cascadas que descienden por mi abdomen. De allí bajan empapando mi sexo y continúan escurriendo a lo largo de mis piernas, terminando por hacer un charco a mis pies. Me detengo un momento para observar las diminutas gotas blancas que adornan mi piel. Todavía conservo algo de bronceado y el contraste con mi piel ligeramente morena resulta muy atractivo.
El olor de la leche fresca penetra por mis fosas nasales, dilatándolas y avivando tanto el hambre como el deseo de ti. Saco la lengua para relamerme los labios, mientras observo tu cuerpo deseándote más allá de lo racional. Tomo un poco más de leche en mis dedos y me los llevo a la boca. Chupo con fruición. Vuelvo a mojar mis dedos en leche y esta vez los meto en mi vagina. Me complace notar en tu sexo el inicio de una erección, así que me acerco a ti sin apartar mis ojos de los tuyos.
Te pido que me comas, al tiempo que me pongo en cuclillas sobre ti y planto mi vulva justo encima de tu cara. No te haces de rogar. Lames con la misma avidez de un gatito sediento, aferrándome por las caderas y atrayéndome todavía más a tu boca. Moviendo las caderas sinuosamente te facilito la entrada, abriendo además mis labios para que chupes a tu antojo y diciéndote lo mucho que me gusta lo que estás haciendo.
A cada una de tus lengüetadas y chupones reacciono con un ligero sobresalto y un quedo suspiro, que van aumentando en fuerza y volumen hasta convertirse en un estremecimiento que parece no tener fin. Gimo, gruño, grito... aúllo como una loba cuando me llevas al orgasmo.
Sin demora, me coloco entre tus piernas y tomo tu sexo entre mis manos, llevándolo a mi boca. Ahora soy yo quien chupa con avidez, deseosa de probar tu semen y conocer tu sabor más íntimo. Posas tus manos sobre mi cabeza y la presionas hacia abajo, obligándome a engullirlo por entero. Siento tu glande rozar mi paladar y escucho tus quejidos.
¿Te gusta esto, eh? ¡Claro que te gusta! Percibo el temblor de tus piernas, las sacudidas de tu sexo y esa anticipación del derrame final que es indescriptible en palabras, pero que se siente como si estuvieras pegada a un cable de alta tensión. Ahí viene.
Explotas en mi boca. Tu leche, caliente, fragante, espesa y algo dulzona, llena toda mi boca. Sé que de ahora en adelante ya no podré olvidarme de tu aroma y tu sabor.
Foto: Cortesía & © by Dominique Lefort