a Max
siempre…
Max insistió en llevarme en su auto hasta la ciudad donde vivo, y en verdad me complace que lo hiciera y que yo haya aceptado, porque como está abstraído en el manejo puedo dedicarme a contemplarlo a mi antojo. Además el interior de la cabina, la música que ha puesto en el estéreo y la lluvia que cae rítmica y tranquila crean una atmósfera de intimidad especial. Puedo percibir ese olor tan varonil que emana siempre de su cuerpo y acercarme a él buscando su calor; como hago ahora, con la excusa de que siento frío.
Observo con detenimiento sus manos sobre el volante –hermosas son las manos de hombre, cuando son hermosas– o la palanca de cambios e inevitablemente me hacen evocar los momentos que hemos vivido juntos en los últimos días. Vivencias tan intensas como el deseo que vuelvo a sentir ahora mismo por él. Es una reacción que no puedo –ni quiero– evitar. Estar cerca de él significa que mi piel se eriza y pareciera que miles de pequeñas descargas eléctricas me recorrieran de pies a cabeza. Es algo que va más allá de la simple atracción sexual y no soy capaz de explicar con palabras, sólo sentir y disfrutar.
Durante varios minutos me quedo muy quieta, apoyada en su costado y con la nariz hundida en su suéter. Cierro los ojos, porque quiero concentrarme en cómo van aumentando dentro de mí las ganas de él, la creciente humedad de mi sexo y la urgencia con la cual mis labios claman por los suyos. Me pego un poco más a él y noto su mano rozando mi cuello. Lo alargo, exponiéndolo a su caricia y lanzando un suspiro suave. Me siento tan a gusto que fácilmente podría ronronear. Por lo visto me leyó el pensamiento, ya que en tono divertido me pregunta:
–¿Estás cómoda, gatita?
Sólo acierto a dejar escapar otro suspiro, más fuerte que el anterior, y él suelta una carcajada antes de hacer una nueva pregunta:
–¿Qué te traes entre manos suspirando de esa manera?
Entonces me deshago de su abrazo, girando en el asiento y quedando de frente a él. Recuesto la espalda contra el tablero y le sonrío con picardía. Me devuelve la sonrisa y entre risas dice:
–¡Ah, tienes ganas de jugar, traviesa!
–¡Sí, unas ganas inmensas! –le contesto, clavando mis ojos en los suyos, mientras mis manos se dirigen sin demora a mi sexo. Me levanto la falda, aparto las panties a un lado y coloco las piernas de modo que él pueda ver lo que hago. Busco ese pequeño pedazo de carne rosada que tanto placer me provoca y empiezo a presionarlo hasta que toma la consistencia de una perla, dura y latiendo al contacto con mis dedos.

No se lo piensa dos veces. Max estaciona el auto a un costado de la carretera, echa el asiento hacia atrás y desabotona sus pantalones, dejando su sexo erecto al descubierto. Me tiende la mano, invitándome a subirme a horcajadas sobre él. Así lo hago y comienzo a cabalgarlo con lentitud. Él me ayuda, tomándome por las caderas y haciéndome subir y bajar al ritmo que va dictando nuestro deseo. De vez en cuando me pide que disminuya la velocidad, acompasando mi respiración con la suya y retrasando así el momento de su orgasmo.
Los vidrios están empañados y el ambiente dentro del auto se ha caldeado por el calor que emana de nuestros cuerpos. Mi sudor cae a goterones sobre él y se mezcla con el suyo. Lo veo a los ojos y adivino el esfuerzo que está haciendo por contenerse, para que yo pueda seguir gozando. Entonces le pido que acabemos juntos. Me sonríe y cuando dice “Sí” ya voy al galope sobre él. Siento la fuerza con que aferra mis caderas, la tensión de su cuerpo, el cosquilleo a lo largo de mi columna vertebral, los humores que se mezclan en mi interior y en ese instante tengo la sensación de que somos uno.
Exhausta, me acomodo sobre su pecho, dejando mis piernas a ambos lados de su cuerpo y rodeándolo con mis brazos hasta donde puedo. Acaricio su cabello y sus mejillas con dulzura. Oigo su corazón todavía agitado e intento grabar cada pequeño detalle de este momento en mi memoria: olores, sabores, sonidos, texturas, sentimientos, sensaciones. Cualquier cosa que me haga olvidar los días que estaremos separados.
Para que se acorte tanto el tiempo como la distancia.
Foto: Cortesía & © by Elen