“Mamá, quiero ser artista”. Eso fue lo primero que pensé cuando, tras cinco años de relación formalísima (por lo menos en apariencia), me encontré encarando la etapa de mi vida que mayor felicidad y también más sinsabores me ha dado: la soltería. Nada de pena, ni de nostalgia, ni de arrepentimientos. Sólo la perspectiva de andar libre por el mundo, ese océano lleno de chicas guapas y máquinas de preservativos. Yo quería ser un artista del ligue y del adiós muy buenas.
Sin embargo, para mi sorpresa, las mujeres no estaban esperando a que mi relación se fuera a pique para lanzarse a mi cuello. Es una de las grandes equivocaciones de todos los hombres que tienen pareja. Escribiré algo sobre el tema, porque tengo muchos amigos casados o en camino de estarlo y a veces me descojono escuchando las batallitas que cuentan. Pero eso será otro día, ahora a lo que vamos.
Y vamos a que tardé mis buenos tres meses en adaptarme a mi nueva situación de pájaro libre, más bien pajarraco. Durante ese tiempo me sentí marcado por mi relación anterior, como si todas siguieran pensando que yo todavía tenía novia. Cosa normal, teniendo en cuenta que habíamos preferido que nuestra ruptura no fuera noticia de portada en las revistas. Así no hay manera. En realidad, no estuve preparado para relacionarme hasta que no asumí que las chicas no se morían por mí y que tendría que ser yo el que se currara el asunto. Parece algo lógico, pero cuando durante tanto tiempo nos hemos sentido tan queridos por alguien nuestra propia vanidad nos hace creer que somos el ombligo del universo y que el sentimiento de nuestra pareja es fácilmente extensible hacia el resto de la humanidad, qué suerte tienen de que yo exista, y en ese plan. El amor nos hace sentirnos tan especiales que nos vuelve gilipollas. Y claro, luego el amor pasa y el proceso de “desgilipollización” es muy duro. A mí me costó tres meses, como digo.
Todo cambió una tarde, en una de las muchas ferias primaverales que abundan por Andalucía. Yo estaba en uno de esos días en los que sólo te falta sangrar por el pito para poder decir que tienes la regla. Ciertos problemillas familiares me tenían con el ánimo por los suelos y por más que rascaba no encontraba las ganas para pasármelo bien. Así que decidí ocupar la tarde en ayudar a mi amiga Cristina a buscarse un ligue, que ella sí que estaba animada. A unos metros de nosotros había un grupo de tipos encorbatados con pinta de estar pasando la juerga de sus vidas. Eran trabajadores de alguna empresa que habían ido a la feria directamente desde el curro, con sus hechuras de ejecutivos dispuestos a perder los papeles. Había de todo en ese grupo: Chicos jóvenes dándose aires, los típicos JASP (ya sabéis, Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados); ejemplares auténticos de PASE (Puretas Aunque Sobradamente Empalmados); creídos en plan EBATLCPPP (Estoy Bueno Aunque Tenga La Cara Para Partir Piñones); maridos del tipo TCQHVS (Tranquilas Chicas Que Hoy Vengo Solo); despistados al más puro estilo ESDCEQMMCUPC (El Servicio Dónde Coño Está Que Me Meo Como Un Perrito Chico), etcétera, etcétera. Andaba yo distraído pensando cuál de aquellos tunantes podría interesarle a Cristina cuando ocurrió:
Por los altavoces sonó con estruendo aquello de “booOOOOOMBAAAAAaa....chen-chual, un movimiento chen-chi...” Y la vi delante, apenas a cuatro o cinco metros, dándome la espalda y concentrada en el movimiento chen-chi. Melena castaña, blusa blanca, mini-minifalda vaquera, botas marrones. Tenía unas piernas de impresión, con la debilidad que tengo yo por las piernas bonitas... Se movía como a cámara lenta, o al menos así la veía yo, sin gesticular excesivamente, sin que cayera al suelo ni una sola gota del cubata que sostenía en una mano, con la debilidad que tengo yo por los cubatas... Y no me lo pensé. Se mostró receptiva y agradable, pero no lo aproveché aquel día porque de reojo estaba viendo que Cristina se quedaba sola y no le interesaban mucho las siglas, y uno es así de tonto, qué queréis, así que al final volví con Cristina para que me dijera que era el mejor amigo que había tenido nunca y que no se esperaba que yo hiciera algo semejante por ella, aunque en el fondo seguro que pensaba “éste todavía anda en pleno gilipollismo”. Con razón.
Pero la prueba de que me estaba curando es que me llevé el teléfono de la mini-minifaldera. El número, no el teléfono en sí. Al día siguiente quedé con ella y la cosa fue viento en popa, hasta el punto de que cuando se hizo tarde me invitó a ir a su casa, que sus padres estaban fuera aprovechando las fiestas y la tenía para ella solita. Bueno, para ella y para Penélope. Me preguntó si me gustaban los animales, le dije que sí, y me aseguró que entonces me encantaría Penélope. Ocupados durante todo el camino con achuchones varios, no le pregunté por la tal Penélope. Supuse que sería una perrita Yorkshire con lacitos en la cabeza y medio neurótica. A ella le pegaba mucho tener una perrita así. Y le había puesto Penélope, jajaja, qué tía. Cuando entramos en su casa no vi a Penélope por ningún lado, así que imaginé que no era una perrita sino una gata persa, qué monas son, que parecen acabadas de salir de la lavadora (es bien sabido que los gatos van más a su aire y así quedaba explicado que Penélope no hubiera salido a recibirnos). Me llevó a su habitación, nos echamos en la cama y estábamos besándonos y metiéndonos mano cuando de reojo, junto a mi pierna, vi a Penélope: una iguana de esas horripilantes, con cara de haber pasado el día con su primo el Anticristo. Sé que debí callarme, que habría causado mejor impresión, pero no pude reprimir un comentario que me vino a la boca:

–¡aaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAaaargggggggg....!
–Ay, hombre, que asustas a Penélope, ¿no ves que es muy sensible?
–Y yo también soy muy sensible, no te
jode...
El caso es
que aquella situación, con el tiempo, se me figura una metáfora perfecta de lo
que es la soltería: uno tumbado en una cama con una chica preciosa mientras es
observado por un monstruo espantoso. Espero que a lo largo de la existencia de
este blog todos vosotros, mis queridos seres del espacio exterior, entiendan el
significado de esa metáfora.
–Coño, yo creía que te gustaban los animales...
–También a la Reina de Inglaterra le dicen "Su Graciosa
Majestad" y mira el malaje que tiene...
¿Qué mejor manera de presentarlo que contando que me tuvo dos días atado a su blog, sin dejar de leer? Se llama Pablo así, a secas. Algunos lo llaman Pablito . Desde hoy, todos los jueves, éste es su rincón. Créanme, disfrutarán leer lo que escribe, con esa manera suya de pasar de las situaciones más hilarantes, a las reflexiones más profundas. ¿Qué más puedo agregar? Pues, muchacho, en nombre de todo el Team, te doy la bienvenida.
El Director
Foto: “Woman and Pet Iguana” Cortesía & © by Phil G