Hasta los primeros años de la década de los noventa, el único perfume que yo usaba era una colonia inglesa que, si la memoria no me falla, se llamaba English Blazer y que había
descubierto en un negocio de Londres.
En aquellos tiempos, por lo general, los hombres no éramos tan coquetos –ni en nuestras fantasías más alocadas podíamos concebir que una década y media después existiría un nuevo paradigma de varón Metrosexual–, y no le prestábamos tanta
atención al acicalamiento.
Bueno, al menos eso me ocurría a mí hasta que descubrí el Givenchy pour Homme (o for men, no lo recuerdo) y a partir de ahí comenzaron a interesarme. Deambulé por varias marcas y esencias, y al día de la fecha me he quedado con tres que me gustan. Los dos primeros son: Kenzo pour Homme y Tsar de Van Cleef & Arpels . Desde esa época los uso y sé que van con mi piel, pese a que he probado otros que francamente no me los aguantaba y por lo menos uno, me producía malestar de sólo intuirlo, porque se sabe que es característica de los buenos perfumes el que los demás lo huelan y uno vaya por la vida como si nunca se hubiera rociado con ellos después de la ducha y antes de vestirse.
Ahora bien: los primeros que nombré están en la misma línea de esencias frutales y/o florales más o menos intensas y puedo calificarlos –por lo menos así los percibo–, como ligeramente ácidos.

Pero confieso que el que más me gusta es el tercero, Obsesión for men de Kalvin Klein.
Es dulzón, pesado, denso, persistente, y alguien me ha dicho que es un perfume vehemente, sensual e incitante. De ahí su nombre. Alguna vez reflexioné acerca de este hecho tan peculiar: que pudiera gustarme este perfume tan empalagoso, si se quiere.
Buscando imágenes para ilustrar otro post, encontré esta reproducción de la pieza gráfica de publicidad de esta eau de toilette y se hizo la luz en mi memoria: creo recordar haber visto este afiche en una revista, y me llamó la atención el diseño y –¿a qué negarlo?–, también esa jovencita casi andrógina tendida sobre el sofá, en esa verdadera obra de arte gráfica de la publicidad del perfume, era Kate Moss en los orígenes de su carrera, antes de lanzarse a una caída libre de alcohol y drogas –nada tenemos contra sus preferencias sexuales–, que fue la cara y el cuerpo de Kalvin Klein, de Cocó Chanel, Burberry, Loewe, Dolce & Gabanna, Versus, Yves Saint Laurent, Cerruti, Versace y Hennes & Mauritz, que fue la primera firma en prescindir de sus servicios cuando se conoció su afición a las drogas.
Dicen que en publicidad el éxito está garantizado cuando el consumidor puede asociar imagen de empresa, con imagen de marca e imagen de producto. Se ve que por aquella lánguida y aniñada Kate Moss que por entonces tenía dieciocho años sumada a la excelencia de la idea y el diseño, consiguió que el objetivo máximo del marketing funcionara conmigo, by the books.