Subimos en el ascensor.
Intercambiamos dos frases.
Abres la habitación con la tarjeta.
Entras al cuarto de baño.
Me das cinco minutos.
Me desnudo. Dejo mi tanga encima de la cama. Quieres comprobar lo mojado que está.
Me tapo los ojos con un pañuelo.
Me coloco encima de la cama, a cuatro patas, como perrita, desnuda: Para ti.
Cuando sales del baño te sorprendes de que acate tus normas al pie de la letra.
No me permites utilizar las manos, así que me dejo hacer.

Me abandono, no veo nada, estoy mareada, me mueves, me metes, me sacas, me colocas donde quieres, he dejado la mente en blanco, siento que me llenas, que disfrutas. Y te acompaño, y te rozo, y me muevo, y... me quitas el pañuelo para que te mire a los ojos, deseas que te mire como aquella vez.
Así te miro.
Y te corres en mi boca, y juego con tu semen y mi lengua, y te gusta, y lo siento, y quiero más, y quieres más.
No pienso, sólo actúo.
Hasta que...
Hasta que le nombras a Él.