Zaragoza, unos años antes de conocer a Cristóbal.
José Antonio me cuenta que hay un Congreso al que todos deberíamos acudir. Que él pasa. Jorge dice que él también. Teresa no dice nada pero se marcha de la reunión con la excusa de tener un paciente. Mónica comenta no sentirse preparada. Todas las miradas se clavan en mí. Y yo: ?vale, entendido. Iré a Zaragoza?.
El Congreso es mortal de necesidad. A la quinta ponencia
decido irme al Hotel. Son las seis de la tarde y hace frío. Salgo con mi maleta
súper-chupi y pido en la recepción del Hospital dónde se organiza el Congreso
que me pidan un taxi.
A los cinco minutos el coche 03XXX (?Cero tres x x x a central: llegada a destino y a punto de recoger al pasajero?), se planta delante de la puerta y el amable conductor ni se digna a salir a abrirme el maletero.
Mi maleta y yo nos colocamos en el asiento trasero y digo: ?Al hotel bla bla, por favor?.
El conductor se gira para preguntarme: ?¿El bla bla del centro? ¿O el bla bla que está en la estación??
El conductor se queda boquiabierto al mirarme y yo me olvido repentinamente de a qué coño de Hotel bla bla se supone que tengo que ir.
Tengo delante de mí al conductor de taxi más sexy de toda la Confederación del Taxi y de todas las Confederaciones así en general.
?Pues no sé.
?Pues no importa, guapa. Yo te llevo a los dos y alguno de los dos será.
?Pues vale.
?¿Algún familiar enfermo?
?No, vengo de un congreso.
?Ah... ¿eres médico?
?No, psicóloga.
?Uy, que seguro me vas a analizar.
?Pues como no analice tu manera de tomar las curvas, no veo muy bien el qué.
?Ah, pues eso lo arreglamos rápido.
?¿Te vas a poner a jugar a Nico Sainz?
?No, pero si te dejas, te llevo a conocer Zaragoza por la noche.
?Oye, ¿tú ligas así habitualmente? ¿Haciéndote pasar por taxista?
?¿Verdad que es original?
Seguimos charla intrascendente del tipo ?yo sólo cojo el taxi para hacerle un favor a mi padre, pero en realidad soy Ingeniero en Electrónica Industrial? y del tipo ?pues yo sólo voy a Congresos para hacerle un favor a mi jefe, pero en realidad soy adicta a los Ingenieros Electrónicos que llevan taxis para hacer un favor a su padre?.

Me deja en el hotel que al final resulta ser el hotel bla bla de la estación.
Baja la bandera. Me dice que lo de conocer Zaragoza va en serio. Le digo que qué tipo de chica cree que soy. Me dice que una chica guapa que debería conocer Zaragoza. Pues vale.
Entro en el hotel, dejo la maleta en recepción y le digo al recepcionista que no me espere despierto. El recepcionista se parte de la risa y me da una llave con el logotipo del hotel bla bla de la estación. Salgo. El Ingeniero metido a taxista ocasional me está esperando (?Coche cero tres x x x a central: fin de servicio?). Dudo en subirme detrás o delante. Abre la puerta de delante desde dentro.
Me da dos besos.
?Me llamo Miguel.
?Y yo Amanda.
?Pues agárrate, Amanda, que nos espera una noche de lo más movidita.
Me lleva a siete bares diferentes con sus respectivos copazos en menos de dos horas. Me embolingo de lo lindo y me acabo morreando con él en la puerta del bar ocho al que no llegamos a entrar.
En el hotel descubro un cuerpo de hombre joven y curtido en gimnasios. Sabe a dulce de menta. Con esa mezcla de frescura y de picante. Follamos tres veces. Una yo encima. La otra yo debajo. La tercera de lado. Nos pimplamos medio mini bar y medio paquete de tabaco entre polvo y polvo. Le pido que me coma el coñito y me dice que mejor se deleita con él. También me lame los pezones, los dedos de los pies, y los labios... juguetea con mi boca y su lengua, lamiéndome los dientes y mordisqueándome. A las cinco de la mañana me pongo a cantar ?viva Zaragoza, viva Zaragoza? mientras él me muerde el culito.
A las seis y media despierto al servicio de habitaciones y le pido dos cafés con galletas. El servicio de habitaciones dice que no tiene galletas. Miguel me quita el teléfono y dice que entonces nos traigan un par de cubatas. Recupero el teléfono y pido que cambien las galletas por croassants.
Antes de llegar el servicio de habitaciones a la habitación (de allí su nombre) nos quedamos fritos abrazados él uno en el otro con el cenicero repleto de colillas en la mesita de noche.
A las ocho nos vuelve a despertar el servicio diciendo que eso no se hace.
A las nueve después del café, Miguel dice que se ducha y se va, que tiene que volver al taxi. Yo he de volver al congreso.
Me deja en el hospital, me da un morreo que quita el sentido, me acaricia las tetas y me dice que no me olvidará nunca.
Al día siguiente, medio recuperada, José Antonio se acerca a mi despacho a preguntarme qué tal el Congreso. Le digo que un rollazo. Me dice que si todo ha ido bien, no obstante. Le digo que en Zaragoza tienen un servicio de taxis que es la leche. Me dice que no entiende nada.
Una vez deshecha la maleta, encuentro un papel con el teléfono de Miguel bajo una falda. Había escrito: ?Llámame cuando vuelvas. Siempre estaré libre para ti?.