Colección Voyeur

Jueves 14 de Diciembre de 2006
Lucía

Sucede que hay personas a las que la vida les hace cruzarse en nuestro camino con frecuencia cíclica. Pasan los años, echamos la vista atrás y las encontramos protagonizando algún capítulo de nuestra existencia para luego desaparecer casi sin dejar rastro, también sin nostalgias o remordimientos, hasta que de pronto, por sorpresa, vuelven a aparecer y a esfumarse de la misma manera. Hasta la próxima.

Lucía es así. Nos conocemos desde pequeños. Éramos vecinos, casi de la misma edad y nuestros padres eran muy amigos, así que era inevitable que también nosotros acabáramos siéndolo. Pero ella fue más que mi primera amiga, podría decirse que fue mi primera novia, más bien. Tengo recuerdos bastante nítidos de esa época. Ella tenía cinco años y yo tres, y pasábamos las tardes jugando en mi casa o en la suya, jugando a ser novios y a casarnos, y nos dábamos besitos en la boca como en la tele y nos toqueteábamos con inocencia curiosa, cosas de niños. Nunca olvidaré aquel lunar en la vulva. En nuestros juegos, aparte de la investigación sexual, había sitio para todas las rutinas que imaginábamos en una pareja, y ella me preparaba la comida con sus cocinitas, o quedábamos para ir al cine y veíamos, muy juntitos y sentados en el suelo, cómo Pluto se hacía un lío con los espejos de la risa en la pequeña pantalla del Cinexin. Sólo conservo una foto de entonces: antes de la fiesta de carnaval del colegio, en su casa, delante del mueble-bar, ella disfrazada de sirena con el pelo rubio cayéndole por los hombros y flores en el pecho; yo con un simpático disfraz de bufón, todo de rojo y lleno de cascabeles. Curiosa premonición de lo que después sería mi vida: un bar, una sirena y un bufón.

Se mudaron y perdimos el contacto, éramos demasiado pequeños para escribirnos o para llamarnos. Durante mucho tiempo sólo la vi un par de veces, por casualidad. Pero un verano volvimos a encontrarnos. Yo tenía dieciséis años. Pasamos un buen rato hablando, preguntándonos cosas y contándonos nuestras vidas, pero no hicimos ni una sola mención del  tiempo en que éramos novios y nos quitábamos la ropa encerrados en una habitación, como si nos diese vergüenza recordarlo. Sin embargo, el tema parecía flotar en el ambiente, por eso cuando nos besamos no sentí ningún cosquilleo especial, como si durante todos aquellos años nunca hubiéramos dejado de hacerlo. Pero todo era muy distinto a cuando éramos niños: ahora nos dábamos besos con lengua, ella tenía tetas y lo que antes no era otra cosa que curiosidad infantil se había transformado en excitación y en deseo, y a mí se me ponía dura cuando me la tocaba. Nos vimos unas cuantas veces más. Solíamos ir a follar a la playa, bajo los muros. El lunar ya no se le veía, tapado por el vello púbico. Después del verano dejamos de vernos, ella se iba a Madrid, a la universidad. Por otra parte yo tenía novia, así que incluso pensé que era lo mejor. Con el tiempo vi muy claro que lo que había pasado no era otra cosa que una efusión hormonal adolescente, pero mentiría si dijera que no sentí su marcha.

Cuando volví a encontrarla yo acababa de cumplir veinticuatro. Entonces era ella la que tenía novio, mientras yo ya andaba enganchado a mi soltería. Y no hubo nada entre nosotros. Nada sexual, quiero decir, porque sí solíamos quedar para tomar un café y charlar, y en cierta manera los dos buscábamos en el otro alguien que nos lamiera las heridas, de modo que fue contándonos nuestros desengaños como más intimamos. Porque desengaños teníamos como para montar un vivero. Ella algunos más que yo: era más soñadora. A los catorce años había soñado con tener un novio con moto y descubrió lo que es la vida cuando se vio saliendo con un tarugo que iba a todas partes montado en una Puch Cóndor, de esas con cestas a ambos lado del sillón para transportar sandías por los carriles. Sí señorita, así de perra es la vida. Le salió un trabajo por ahí y volví a perderle la pista. Resulta curioso que nunca nos esforzamos por seguir en contacto, como si estuviéramos siempre dispuestos a desaparecer de la vida del otro.

Me contaron hace tiempo que lo que diferencia a una novia, una esposa y una amante no es otra cosa que el tipo de "ay" que sueltan cuando están follando: la novia dice “Ayyyy, que me duele...”; la amante dice “Ayyyyyyy, que me corro...” y la esposa dice “Hayyyyyyy que pintar el techo”. Es un chiste malo, pero refleja muy bien la tendencia que tenemos a crear arquetipos en los que pretendemos hacer encajar a las personas, como si no fuera posible que una mujer pudiera ser a la vez novia, esposa y amante. Cuando me preguntan qué tipo de chica es el que busco para atarme de una puta vez, siempre pienso en Lucía. No es que sea mi mujer ideal ni nada por el estilo, ni siquiera nos hemos enamorado nunca. Pero ella jugó a ser mi novia, y mi amante, y también me encargó que le arreglara algunos desperfectos que tenía en su vida, que en todo caso resultaban más difíciles que pintar un techo manchado de humedad. Y eso es lo que yo quiero encontrar: una mujer que me quiera, que me haga sudar en la cama, que se acurruque a mi lado viendo una película (aunque no salga Pluto), que me haga pintar la casa y que algunas veces no tenga ganas de follar y me dé las buenas noches con un besito suave y sin lengua, como si fuéramos niños, y así se me pase el cabreo por quedarme a dos velas.

Estas navidades, después de tres años, volvimos a vernos. Se ha instalado en Madrid, con su novio. Me dijo que se estaba planteando casarse, él insiste mucho, pero tenía algunas dudas. Tal vez el recuerdo del individuo de la Puch Cóndor la hace ser precavida, no lo sé. En eso no puedo ayudarla. Me gustó mucho este nuevo reencuentro. Cuando nos despedimos la vi algo pachucha, con un resfriado tremendo y agobiada por no saber qué decisión tomar. Me quedé mirándola mientras caminaba hacia su coche. Hasta la próxima.

Cuando llegue esa próxima vez, quién sabe, tal vez me enamore de ella.

Foto: Cortesía & © by Nancy Lynne

 

 
Publicado por Pablo a las 05:00

Respuestas
15 Diciembre 2006 - 18:35
Marta
Creo q me da envidia esa chica Un bsazo cielo

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