Le he dado algunas vueltas a lo que me decía Inés Perada acerca de los estereotipos y la verdad es que tiene toda la razón del mundo. Sin embargo, voy a hacer algunos matices: Todo tópico que se precie tiene que tener una base real, si no fuera así no estaríamos hablando de un tópico, sino de una simple mentira. Y creo que todos, en algún aspecto, intentamos a veces responder a algún tópico preestablecido.
Un ejemplo muy claro, como señalaba ella, estaría en mis amigos o en mí mismo. Cuando hemos salido todos juntos, sin novias o esposas, en alguna despedida de soltero, es curioso cómo tratamos de responder a lo que sería previsible: comportamiento más o menos disparatado, tonteo absurdo con las chicas, comentarios bordes ante una minifalda o un pantalón bien ceñido... Es lo que yo llamo el “efecto andamio”: nos vemos un grupo de tíos solos y automáticamente nos sentimos obligados a comportarnos como albañiles. Con las características de cada cual, porque no a todos nos sale eso de bufar como un victorino o decir barbaridades. Pero a nuestro estilo, con mayor o menor finura, todos acabamos por acomodarnos al tópico.
Y no creo que haya nada malo en ello. En ciertas ocasiones, incluso me da la sensación que los tópicos son una vía de escape contra los malos ratos. Porque de todo aquello que hace que cada persona sea especial provienen tanto la felicidad como el sufrimiento, y éste no es tan fácil de llevar como aquélla. He leído que algunas de mis marcianitas, cuando se encuentran deprimidas, se consuelan comprándose ropas o cremitas, otro tópico como una casa. Pero, ¿no es comprensible que cuando las cosas no van bien tengamos tendencia hacia los estereotipos? A fin de cuentas, en ellos encontramos puntos que nos conectan con los demás, rasgos que nos hacen a todos parecidos y que, por lo tanto, nos alejan de esas circunstancias particulares que en ese momento hacen que nos sintamos desgraciados.
Sí, es cierto, todos mis amigos parecen estereotipos con patas. Pero no lo parecerían si yo, en vez de plantearlos como personajes secundarios e inofensivos en mis historias, los hiciera protagonistas y contara qué hacen cuando están en la intimidad con sus parejas, cómo se comportan en los momentos duros, qué aspiraciones tienen en la vida...
Cuando me quedé soltero yo también quise refugiarme en un estereotipo. Ya lo dije en otro post: quería ser el clásico picha-brava que tras una larga relación se entrega desaforadamente al disfrute de la vida sin miramientos. Y se disfruta mucho, desde luego, pero no tardé en darme cuenta de que el goce es mayor si se toma en cuenta a la otra persona, sean cuales fueren los lazos que nos unan. El blog de Amanda es muy instructivo en ese sentido: no es cuestión de lo que ponga en el libro de familia o de los anillos que se lleven, ni de los compromisos que se quieran asumir de boquilla, sino de lo que cada persona le entrega a la otra. Y tal vez haya quien piense que soy un blando y que como soltero vicioso soy una mierda, pero la verdad es que siempre he echado de menos eso, un poco más de gracia en el asunto, por decirlo de alguna manera. No todo va a ser apareamiento en plan National Geographic. Una cosa es no querer una relación seria y otra estar con chicas como quien tiene una muñeca hinchable parlante (ignoro si existen esas muñecas, supongo que serían difíciles de vender...). Cuando me di cuenta ya llevaba una buena temporada viviendo la soltería y, desde entonces, he intentado compartir las cuitas de alcoba con gente que me resulte especial. Y no siempre he tenido suerte.
Otro tópico: la gente suele decirme que si sigo soltero después de tanto tiempo será porque me da la gana. Normalmente son chicas las que me lo dicen, y creo que pretenden que lo considere una especie de piropo, algo así como “Tú vales mucho, guapetón, si quisieras una relación la tendrías”. Pero siempre me he resistido a considerarlo un elogio, porque suponer que renuncio a lo bonito de implicarse con las personas, en el sentido que sea, es considerarme un completo imbécil. Ya lo decía antes, busco un tipo de relaciones con algo más de chicha de la que puede ofrecer cualquier polvo de sábado por la noche. Quiero encontrar complicidad, un poco de sinceridad y si es posible un atisbo de amistad. Y si hay que enamorarse mañana veremos, que hoy tengo agujetas. Pero algo así resulta muy difícil de encontrar, al menos para mí. Lo de los polvos de sábado noche no, eso es facilísimo. Encontrar chicas que hagan planes sobre ti antes incluso de conocerte medianamente también es muy fácil, hay personas que quieren tener novio / a antes de enamorarse. Gente así también parece cómoda dentro de los tópicos. Y de pronto te las encuentras preparadas para pasarte un lazo por el cuello, todo sonrisas, como quien va a cazar cocodrilos. Glup. Doctora Livingstone, supongo. El autobús a Villadiego sale en cinco minutos, me tengo que ir, chao...
Por eso me llevé una gran alegría cuando conocí a Marisa. Ella estaba empeñada en esconderse detrás del estereotipo de chica alegremente frívola que se ríe de sí misma, mi querida Melona sería un gran modelo de esa tipología (a alguna otra marcianita también le he alabado ya ese tonillo en su blog, parece que lo bueno abunda). Es algo que me encanta, sobre todo porque detrás suele asomarse una fina inteligencia. Las personas más inteligentes son las que no tratan de demostrar a cada instante que lo son. En fin, pues ella era así. Desde que me la presentaron me pareció divertidísima e interesante, y tuve la suerte de que ella también pareció encontrarme cómico a mí –suele pasar–, porque una semana más tarde pasamos el domingo follando como conejos y riéndonos cosa mala.

Tenía una costumbre que me encantaba: mientras estábamos charlando, tendidos en la cama después de un polvo, de repente se me montaba encima y se introducía ella misma mi polla, pero no para empezar otro polvo, sino simplemente para seguir charlando así, en esa postura un poco absurda. Pero resultaba de lo más excitante, porque eso le permitía apostillar cualquier comentario que yo hiciera, tanto para celebrarlo como para reprenderme, con un simple movimiento de pelvis que según la ocasión podía convertirse en una placentera felicitación o en un pícaro castigo. Congeniábamos extraordinariamente bien, y cualquier cosa que pasara nos hacía reírnos como locos. Por ejemplo, en un momento determinado estábamos así, charlando cómodamente enganchados por la entrepierna y picoteando avellanas de un platito que ella había puesto encima de mi pecho –qué apañado soy, que hasta de mesa sirvo–, en fin, cuando de repente dije algo que le pareció especialmente gracioso y movió todo el cuerpo hacia delante, como si perdiera el equilibrio, y fue a apoyarse justo en mi estómago. No es que me hiciera daño pero, como reacción inmediata, la presión repentina me hizo resoplar y una avellana que acababa de meterme en la boca salió disparada hacia su frente, donde hizo plop, rebotó y se perdió por el suelo. La risa se le congeló un momento, sorprendida, y también a mí, que por un instante había temido acertarle en un ojo. Y empezamos a reírnos de nuevo, auténticas carcajadas. Se inclinó sobre mí y nos estuvimos besando entre risas y más risas. Jijí jajá.
Después de varias semanas de cachondeo, no seguimos adelante. Creo que ella tenía una reconciliación pendiente con algún ex-novio del que no le gustaba hablar. Una decisión que tuvo que tomar sin esconderse en su disfraz de graciosa frivolidad. Me dio pena, porque realmente me interesaba mucho y, además, lo pasábamos estupendamente. Pero por lo menos me llevé la satisfacción de haberla conocido y de haber compartido con ella aquellos momentos. La vida es rara, no sé. Tal vez a otros les parezca poco lo que tuvimos, acostumbrados a los amores de película que siempre acaban en boda. O en asesinato, añadiría yo. Pero tengo claro que eso que tuvimos, justamente eso, es lo que yo quiero. Me presento voluntario para volver a vivir algo así. Y después, quién sabe...
Momentos así me hacen darme cuenta de que somos más de lo que a veces queremos aparentar y de que no hay tópicos que nos abarquen por completo.
Foto: Cortesía & © by Domovenok