Colección Voyeur

Jueves 28 de Diciembre de 2006
Dormir de lejos no es dormir

Es agradable dormir con alguien. Por lo menos cuando el sueño es el epílogo de una noche agitada y el cansancio, después de tanto disfrute, nos impulsa a cerrar los ojos y a dejarnos ir. Tal vez, después de diez, veinte años durmiendo con la misma persona, esas sensaciones cambien (o no), pero mientras tanto...

Por alguna ingenua imposición de nuestras buenas intenciones, preludiamos el sueño abrazados, una cara cerca de la otra, pegados, respirándonos encima. Sin embargo, suele pasar que para dormir de verdad, cuando ya la mente empieza a perder combustible y los ojos son cada vez más pesados, alguno de los dos se da la vuelta y da la espalda al otro. Y al fin se duerme.

Cuando estamos dormidos, no somos dueños de nosotros mismos. No controlamos la babilla pegajosa que asoma por la comisura de los labios, los impulsos reflejos que nos hacen dar patadas al aire bajo las sábanas, la respiración que a veces se acelera o casi se apaga, el ronquido suave o estentóreo que agita nuestras narices, los murmullos incoherentes que se escapan de la pesadilla... Cuando estamos dormidos, todo se escapa de nuestro control, y por ello estamos desprotegidos, indefensos, sin poder componer adecuadamente el gesto y aparecer como nos gusta que nos vean. Por eso, siempre me ha parecido una lamentable falta de pudor observar el rostro de quien se ha dormido en el autobús, o en un banco de una plaza (aunque reconozco que yo también me sorprendí una vez estudiando la expresión durmiente de una chica que no resistió despierta el traqueteo de un tren). Y es también por eso que, cuando vamos a dormir con alguien, alguno de los dos da la espalda al otro.

Y no hay nada de malo en ello. Sólo es una manera de protegernos, de preservar cierta intimidad, con la satisfacción añadida de sentir a nuestra espalda el contacto de la otra persona, la mano que nos acaricia el hombro o abarca la cintura. Y nos sentimos a salvo.

A veces sucede que, cuando la otra persona me ha dado la espalda, no consigo dormirme yo también, distraído con su nuca y con la suavidad de su espalda. Y así voy oyendo el ritmo de su respiración hasta que la noto rendirse y se duerme. Y al cabo de un rato, sin control sobre sí misma, a expensas del sueño, de repente se gira y sigue durmiendo ofreciéndome la cara, desprotegida, a merced de mi observación.

Es lo que consigue el amor, en cualquiera de sus variantes y subdivisiones (que estoy harto de andar siempre discutiendo si “esto” es amor o si “esto otro” no lo es: amor es lo que a mí me salga de los cojones), ponernos a merced de otra persona sin que nos importe, sin que nos sintamos agredidos ni invadidos. Se ama (en cualquiera de sus variantes y subdivisiones) cuando nos da igual que alguien vea el hilillo de baba en nuestra comisura, o sienta nuestras pataditas incontroladas, o nos escuche gruñir en sueños.

Como iba diciendo, ella se olvida de protegerse y se vuelve hacia mí, totalmente entregada al sueño. Y sucede también que yo no me siento invasor, ni violador de intimidades, como cuando miraba a la chica del tren. Y no puedo dejar de mirarla, de estudiar cada detalle, cada parpadeo rápido, cada irregularidad en la respiración. Y acerco un poco más la cara y rozo sus labios con los míos, con cuidado de no despertarla. Es un beso que dice tantas cosas... Qué lástima que ella esté dormida y no pueda darse cuenta.

Foto: “Les amants 2” Cortesía y © Pascal Renoux

 
Publicado por Pablo a las 05:00

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