¿Qué haces mirándome desde tu silla... mientras llenas la copa de vino de Ribera del Duero? ¿Qué haces que no estás ya follándome sobre la mesa?
No importan todos esos que nos miran divertidos, mientras perciben tu gesto cariñoso bajo la mesa, deslizando tu mano entre mis piernas entreabiertas. No importa si están mirando. Yo quiero que dejes ya la palabrería, la conversación inteligente, la sonrisa dulce y la mirada transparente. Me tienes subyugada desde el minuto cero, cuando te vi de nuevo. Hay que pasar por todo esto, lo sé, y me presto.
Me presto a pedir contigo la carta, elegir con esmero tu plato y el mío, servir el vino, compartir mis anécdotas, escuchar las tuyas, las risas y la entrega, me presto, soy tuya, lo hago con cariño y con atención.

Pero basta ya. No puedo más. Te miro y pienso en cómo voy a empujarte sobre la cama, y quitarte el cinturón de un simple golpe certero, y bajarte la cremallera, y encontrarme con tu polla para metérmela en la boca, mientras con mis manos me acaricio los pechos.
Pienso en el momento en que me cogerás la cabeza y tú mandarás el ritmo de mi boca sobre tu polla y luego me impedirás huir de ella para correrte dentro sin que nada se escape, obligándome a tragármelo todo. Y tú, ¿sigues hablando todavía de tu última noche?
Paseo traviesa mi mano por mi escote, quiero que pidas la cuenta y no digas nada más, sólo me beses, me beses en el restaurante, me beses a la salida, me beses en la calle y me lleves besándome hasta la habitación.
Quiero que tus palabras cesen y empiecen tus gemidos y se fundan con los míos. Te miro otra vez, estoy perdida en tu discurso, sólo escucho las caricias que me darás, las oigo sobre mi cuerpo húmedo, sobre mi coñito complaciente y sobre mi piel entregada. Entonces miras de nuevo y dices:
–¡Qué buena que estás, cabrona!
Y siento que ya está. Ya te has dado cuenta.
Ahora paga y vámonos. Nos quedan tres minutos. Para apagar la conquista, y empezar la rendición. Sé benevolente. Esta vez me has ganado.