Después que hemos desplegado la pasión y los latidos del corazón vuelven a su ritmo normal, te estiras entrecierras los ojos, te relajas y languideces dejándote llevar por la ensoñación. Cuando esa piel tuya queda perlada de gotitas de sudor y los muslos aún te tiemblan por el esfuerzo.
Sosegada, y a continuación del momento en que finaliza el encuentro de los sexos. Cuando te apaciguas. En ese preciso instante cuando aún me quedan besos para obsequiarte y caricias para derrochar sobre tu cuerpo de mujer.
En ese momento, y no antes –hay veces en que no lo adviertes–, me quedo extasiado mirando tu pubis aún palpitante, virginal y casi inocente de tan descubierto.

Despojado de vello. Desguarnecido. Confiado en su esplendor. Admirable en su desnuda belleza. Tan terso como la piel de todo tu cuerpo.
Me viene a la memoria el título de ese libro: Pubis Angelical porque así es como te gusta que lo llame, porque sabes que es el anuncio del instante cuando no puedo vencer la tentación de acariciar ese monte de Venus que te gusta tener perfectamente depilado, como el de una impúber.
No te resistes. Me dejas merodear con mis dedos y resbalar hacia abajo y adentro. Ronroneas. Abres un poco las piernas y te entregas a la caricia porque sabes qué viene a continuación. Me conoces. Lo estás esperando.
Tienes la certeza que se me hace totalmente imposible reprimir el impulso de separar esa hendidura de piel infinitamente suave y dulce. Me franqueas la entrada ayudándome con tus propias manos y te preparas a disfrutar del placer que te provoca que hunda mi cara entre tus piernas y pierda la noción del tiempo, a partir del momento que me dedico exclusivamente al rito de adorar tu pubis inmaculado y beber de ese manantial de mieles, como un sediento.
Foto: Cortesía & © by Clovis Nascimento