Colección Voyeur

Sábado 30 de Diciembre de 2006
Mi primera vez
Nicole

Mi primera vez la recuerdo con un sentimiento profundo. Para una jovencita, la iniciación es fundamental. Puede hacerte feliz o estropearte la vida. Desde mi desarrollo, yo tenía muchas ganas de sexo, pero hasta ese verano que no se borrará de mi mente, tenía que conformarme con mis fantasías y después con los deditos.
Por esa época, mi padre y mi madre solían decirme, que ya era toda una mujercita, y que iba por el camino de ser una bellísima mujer.
A mis trece años me había venido la primera regla, y a los quince –ese año que recuerdo con tanto cariño–, vivía obsesionada con el sexo. Claro que mis padres ni siquiera sospechaban por lo que estaba pasando.
–¿Qué le ocurre a esta niña, eh? –preguntaba mi padre, enfadado, cada vez que yo me encaprichaba.
–Olvídalo... Nicole tiene un ataque de adolescencia, hombre –respondía mamá, que era paciente y me comprendía más.
En ese inolvidable año cuando cumplí mis quince, tenía un rostro bonito (yo me sentía muy fea), cabello castaño claro, con hebras trigueñas naturales, y lo llevaba bien largo y lacio. Los chicos elogiaban mis piernas (yo las consideraba realmente horribles) y en las primeras experiencias en las disco, hubo quien llegó a acariciar y hasta besarme los senos, aún no muy desarrollados (para mi juicio demasiado pequeños), pero muy, muy... muy sensibles.
Vivíamos con mis padres y mis dos hermanas, Brooke, y Jessica, que por ese entonces tenían catorce y once años (¡Pobre papá! A veces lo entiendo, viviendo con cuatro mujeres, más nuestra gata Afrodita), en un edificio elegante en una de las zonas de más categoría de la ciudad.
Un año antes, cuando yo empezaba a transitar por mi “ataque de adolescencia” (en opinión de mamá) y de indiscutible cachondez (según como lo estaba pasando yo), se había mudado una familia nueva al piso de abajo del nuestro. Una familia normal. Un matrimonio con sus dos hijos, ambos pequeños, una niña de la edad de Jessica, llamada Heidi y un chaval de diez años, que no tardó mucho tiempo en revelarse como totalmente insufrible. Una semana después, Jessica y nuestra nueva vecina eran íntimas.
A los pocos meses, mis padres y el matrimonio –ligeramente más jóvenes–, trabaron cierta amistad. La señora –Elizabeth– era una mujer muy hermosa y atenta. Jessica contaba que siempre le estaba ofreciendo jugos y a menudo la invitaba a merendar. El esposo era el tío más atractivo que yo había conocido hasta entonces. Con algo más de cuarenta años, era sorprendentemente apuesto, aunque más bien reservado, con quien había cruzado no más de diez palabras al encontrarnos en el elevador o al entrar al edificio. Por lo que había escuchado, era un alto ejecutivo en una empresa de mercadeo y promociones. En esas contadas situaciones, él me miraba y me sonreía, y nada más. Ni sugerencias o insinuaciones, ni gestos cariñosos fuera de lugar. Pero nunca me insinuó algo malo ni nada extraño.
Muchas veces me sorprendía a mí misma pensando en él, porque tenía algo que, a pesar de mi edad, me subyugaba. Si he de ser sincera, el tío me ponía como loca cada vez que me lo cruzaba, y fue en ese año cuando cumplí mis quince, que comencé a fantasear con él. Stephen –tal su nombre–, irrumpía en mi mente como un vendaval y estaba presente cuando yo empezaba a aprender cómo era eso de jugar con los deditos en mi chocho. Recuerdo que la primera vez que me corrí, que me produje ese primer e inolvidable orgasmo, me lo imaginaba junto a mí, hablándome suavemente en el oído, acariciando mis muslos y besándome en los labios. Lo veía en mis fantasías quitándose la polo, dejando al descubierto su torso bronceado y luego bajando la cremallera de los tejanos... ¡Ay, Dios! ¡Cuántas veces me llevó a ponerme a cien!
Todo empezó con la cotidianeidad, como suelen ocurrir estas cosas. Sencillamente sucedió: una tarde, mi madre me envió a buscar a Jessica, que estaba con su amiga, y cuando toqué el llamador y se abrió la puerta, allí estaba él, sonriendo.
–Hola, bonita –me dijo, con esa voz melodiosa y envolvente que yo anhelaba escuchar, me sonrió y me hizo un gesto inquisitivo, porque yo me había quedado pasmada, sintiendo que una vena latía en mi cabeza y mi corazón que había empezado a hacer cabriolas.
–H-hola... –atiné a balbucear–. Vengo por mi hermana...
–Ya –asintió y volvió a sonreír, quizás por mi expresión bobalicona. El solo hecho de pensarlo me hizo enrojecer de vergüenza. –¿Piensas quedarte parada allí mucho tiempo más o quieres entrar? –preguntó, divertido y acto seguido una de sus manos se posó en mi hombro, y me obligó a dar los dos pasos necesarios para entrar al piso, porque mis piernas sencillamente no me respondían.
–Tú eres... –aventuró.
–Ni... Nicole –respondí vacilante.
–Claro. Y tu otra hermana... ¿se llama cómo?
–Brooke. La del medio –aclaré.
–Brooke, ya –aprobó–. Hermoso trío de mujercitas –agregó, y cerró la puerta del recibidor una vez que hube entrado.

Yo no podía articular dos palabras juntas. En el momento que menos me lo esperaba, mi amor imposible me había hablado, me había sonreído, había pronunciado mi nombre, me había tocado y... ¡había dicho hermosa!
Todo en menos de dos o tres minutos y sin aviso previo. ¡Joder! Creo que ese día me lo pasé flotando en la nube de mi fantasía, con la voz de Stephen repitiéndose como un eco en mi mente y el suave contacto de sus manos de hombre sobre mi piel. Desde ese día ya nada fue igual, porque me obsesioné y empecé esperar a la hora que solía llegar para salir, con cualquier motivo, para encontrármelo. Rogaba encontrármelo en el elevador cuando salía para el instituto. Soñaba con cruzármelo en la calle, como al descuido y tenía que contenerme para no ofrecerme voluntaria para ir a buscar a Jessica a su casa, porque pensé –con bastante buen tino– que a mi madre podría resultarle extraño, ya que no era muy propio de mí cooperar, muy por el contrario, como toda adolescente, me la pasaba refunfuñando por esto y por aquello a cada momento.
Ahora me doy cuenta de que en ese momento ni siquiera sabía qué quería con precisión. Como toda jovencita, mis sensaciones pasaban más por el romanticismo que por el sexo, y todo se mezclaba en las pocas oportunidades que tenía de estar sola en mi cuarto, que compartía con mis hermanas, para masturbarme cada vez más y mejor, soñando con aquello que ni siquiera conocía. Bueno, conocía por haberlo visto en una revista para adultos que había encontrado en la biblioteca de papá, bastante bien disimulada entre libros que –en opinión de mi padre y mi madre–, no deberían haber despertado mi curiosidad. Supusieron mal.
Era una revista muy bien impresa –casi un libro de lujo– con historias ilustradas con fotos de unas folladas que hasta ese día ni siquiera podía imaginar. Una mujer con dos hombres. Dos mujeres con un hombre. Dos mujeres. Tres hombres y una mujer. Todo lo que mi mente y mi cuerpo podían asimilar, estaba ahí. Y mientras la hojeaba y sentía mi raja humedecerse cada vez más, pensaba en cómo sería la polla de Stephen. Esa fue la primera vez que mis fantasías se aproximaron a mi joven sexualidad, y aunque había escuchado que la primera vez siempre era dolorosa, recuerdo haber pensado que con mi amado era capaz de aguantar todo el dolor de este mundo, si yo podía sentirme rodeada por sus brazos, tocada por sus manos, besada en la boca y en todo el cuerpo por sus labios y penetrada por su polla, que no podía ser menos que hermosa, como todo él.
Ese día como tantos otros me encerré en el baño para hacerme una paja, pero por primera vez, y con temor, metí uno de mis dedos en la entrada de mi coñito. ¡Menuda manera de correrme!

Un click aquí para comprar este libro

 
Publicado por El Gran Cabronazo a las 05:00

Respuestas
Aún sin respuestas.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces