Aquí estoy: quieta, sentada sobre mis rodillas. Callada. Otra noche más... ya corre un poco de brisa del mar. Mi ventana me enseña el horizonte... ¿Y el mío? ¿Adónde está mi horizonte?
Me gusta mirarme así: callada, quieta. Me gusta sentirme tranquila. Me gusto. Me pierdo mirando mis pechos, mis pezones, me excito tocándolos, ahora más rápido, ahora más lento.
Hago círculos, me acaricio.
Y entonces... pienso en él, en ti, en ellos... y cierro los ojos, y los vuelvo a abrir, y me miro: soy yo.
Y es mi cuerpo, el mío... Y mis dedos se meten dentro de mis braguitas... y sonrío, y me gusto más que nunca.

Aprendí contigo, aprendo ahora conmigo, y recuerdo, y sonrío...
El tiempo pasa... y pasa rápido. Pero todo queda, y ayer José, mañana Pedro, pasado Jorge, y tú: Pablo, habéis limado mi cuerpo y esculpido a mi gusto. Me gusto. Me gusto.
Me tumbo, de lado, me gusta mirarme. Ensayo las miradas, abro la boca, mojo mis dedos, los lamo. Ensayo, me pruebo. Me gusto.
Estoy dulce. Tierna y caliente... muy caliente. No para él, ni para ti... Estoy caliente para mí, para devolverme la imagen de una niña que es buena, y que cuando nadie la ve se ama, se gusta... y quiere amar, gustar y dar todo. Dar el cuerpo, el alma, el corazón...
Me gusta. Lucía me gusta. Me gusta tocarla, mimarla, arrastrarla al placer.
Me gusto.