A veces el deseo se esconde en un retrato de novia.
Te he visto en la fotografía que nunca quise que te hicieras conmigo. El pelo uniéndose en la nuca no ya para derramarse sobre tu espalda en ondas negras como en mis recuerdos, sin el velo blanco que posiblemente abandonaste al empezar la fiesta. Es muy apropiado que sea precisamente esa foto, sin velo, la que pueda contemplar yo, que tampoco te conocí inocente. Veo tu cara de perfil, la cabeza erguida, la sonrisa que busca a ése que te abraza y que no soy yo, tal vez antes de quebrarse en un beso que se le escapó al fotógrafo. Tu barbilla se esconde en su hombro, junto a una mano que abandonaste allí mientras él se disponía a estrecharte la cintura. Veo también un ojo luminoso, enrojecido por el flash, que se clava en su cara y sonríe más que tu boca. Y el cuello largo donde perdí tantos besos, el sendero que mi lengua soñó recorrer camino del infierno. Eres la novia más bella que vieron los siglos. Y yo no soy el que se casó contigo.

Es posible que se trate de una fotografía descartada, y quizá por eso he podido verla. Demasiadas imperfecciones: el fotógrafo que se adelantó al beso, el brazo de él que no ha terminado de abarcarte, con esa mano suspendida a medio camino entre tu cintura y la nada, el ojo coloreado de fuego, tu perfil y su espalda, la palabra muda que pareces beber de su aliento o tal vez fuera sólo una risa... No es la foto que cualquier matrimonio pondría en un marco, en el lugar preferente que mirarían todas las visitas. Pero está viva, como mi rabia. Por eso también es muy apropiado que yo la haya visto, yo que te conocí viva, latiendo como un deseo que no quise cumplir. Fuiste una botella que lancé mar adentro, un mensaje destinado a perderse entre las corrientes oceánicas. Lo sabía y no hice nada por evitarlo. Y es ahora, cuando te veo casada con otro, que me muerdo los labios que no te besaron y aprieto los puños, y llamo a mi madre para que venga a verte vestida de nube de verano, mordiéndome de nuevo para no decirle mira mamá, la chica con la que nunca quise casarme, el paso adelante que jamás di, el deseo que no quise confesar y ahora otro se lo ha llevado.
Me había olvidado de ti y, sin embargo, ahora te quiero arrasar con mis manos, quiero probar tus sabores de sueño en los que tantas veces pensé, ahogar tus labios con los míos, lamerte el aliento y la vida, perder las uñas en tus caderas y el corazón en la caricia de tus muslos, sudarte entre gemidos y mirarte sin verte escondida en mi pecho, enterrarme en ti respirando tu pelo, sintiendo el quejido dulce de tu garganta, tenerte hasta hacerte daño, fuera del tiempo y siendo tu único espacio, arrancarte la piel blanca de tu vestido y convertirte en la novia del mundo, del mundo que aún no tengo.
Pero sólo son deseos despechados. Una aceptación de la derrota apretando los dientes, queriendo morir matando, sabiendo que nunca te tendré porque te alejaste de mi reino de rencores, vestida de novia, y al final caeré y tú seguirás adelante. Pero reza. Reza para que el recuerdo no te llame. Reza para que el universo no se hunda a tu espalda. Reza para que el viento no te llene los ojos de tierra y te haga volver la cabeza. Porque si miras atrás, aunque sólo sea un instante, te morderé el alma.