Colección Voyeur

Viernes 19 de Enero de 2007
Novias

Me gusta ese anuncio que finaliza con el slogan “una infidelidad puede salirte bien”. Claro que el anuncio alienta a ponerle los cuernos a una tónica.

La primera vez que fui el objeto de la infidelidad de un hombre fue al poco de separarme. No, no voy a volver a contar cómo fue mi primera relación con un hombre casado. Él ni siquiera vivía en pareja.
Pero tenía novia.
La novia más inteligente que he conocido jamás.
O, en general, la mujer más inteligente que he conocido jamás.
No era guapa, no era sexy, no era interesante. Era una mujer enamorada, inteligentemente enamorada.

A él le conocí por un tema profesional. Nos unió una investigación en donde ambos incidíamos en puntos de vista dispares, pero necesarios para llevar a cabo el estudio.
Traducción: nos pasamos tantas horas trabajando juntos que nos enamoramos, nos liamos, y seguimos estándolo durante un año más.
Pero en su inocencia, él creyó que la mejor manera de evitar sospechas o problemas con su novia era la de hablarle constantemente de mí: Amanda esto, Amanda aquello, Amanda dice, Amanda piensa, deberías vestir como Amanda, peinarte como Amanda… en fin, si su intención era que su novia no se alarmara cada noche que salía conmigo a solas, no lo consiguió.

Pero ella, ya lo he dicho, estaba inteligentemente enamorada. Así que le dejaba hacer. No le montó jamás una escena de celos, nunca le preguntó más de lo que él quisiera contarle, y cuando nos cruzábamos a la salida del hospital, ella me saludaba cariñosamente y me preguntaba: “Oye, Amanda, ¿dónde compraste esa camiseta?”
Durante todo aquel año viví una relación tan intensa que no recuerdo ninguna similar, ni antes, ni después.
Reconozco que yo estaba enganchada a él, encoñada, perdida, entregada, quedada… llámese como se quiera. Tanto que admitía callada ser “la otra” o más bien ser “una de las dos.”

Porque él se comportaba tan novio conmigo como con ella. Yo era de lunes a viernes, ella lo era todos los fines de semana.
Nada de polvos en hoteles y citas a mediodía. Íbamos al cine, al teatro, paseábamos de la mano, conocía a sus padres, su familia, sus amigos. En el hospital, todos sabían que estábamos juntos y todos sabían que ellos también estaban juntos y nadie parecía escandalizado.
Pero yo no fui inteligente.
Y un día no pude más.
Íbamos a pasar juntos un fin de semana en Roma, coincidiendo con su traslado a otro hospital, para otro estudio o investigación.
Yo iba un día antes, tengo familia por allí y quería pasar al menos una noche con ellos.
Estando a punto de salir hacia el aeropuerto para encontrarme con él, me dijo que no venía. Su novia se había roto un brazo en un accidente laboral y se quedaba junto a ella.

Entonces cometí mi primer y último error de amante.
Le dije: “Si no vienes, daré por terminada esta relación. Ya va siendo hora de que le digas a ella que me quieres a mí.”
–Yo te quiero, contestó. Pero la quiero a ella también. Y no pienso elegir. Si tú me haces elegir, la elegiré a ella, porque ella nunca me obligaría a hacerlo.
La historia no acabó allí. Pasamos meses sin saber el uno del otro y después de ese tiempo volvió a aparecer en mi vida. Nos liamos unos meses más. Pero para mí ya no era lo mismo.
No lo era porque a ella la había empezado a respetar.

Se casaron, tuvieron un hijo. Sé que les va bien.
Y sé que ella nunca me odió, porque al hacer aquella demanda, al pedirle a él que eligiera, forcé, en cierta forma, que él tuviera más claro que nunca cual era la mujer de su vida.
Yo nunca hablo de “las novias” en mis ataques prepotentes ensalzando las cualidades de las Amantes.
Me molesta especialmente cuántas de ellas se ofenden o sienten atacadas. Yo hablo siempre de esposas y matrimonios rutinarios y ajados en el tiempo.

De las novias nunca digo nada. Porque la única (y última) vez que compartí un hombre con su novia, me di cuenta de que las Amantes somos eso, amantes, y no novias.

 
Publicado por Amanda a las 05:00

Respuestas
19 Enero 2007 - 19:30
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Excelente post. Me llego muy profundo. Tremenda experiencia que uno no deberá cometer.

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