Laura erguida tanteando a ciegas la estantería.
La observo de perfil, el brazo derecho estirado, el izquierdo apoyado sobre la encimera apenas con las yemas de los dedos. La cabeza hacia detrás, con la frente apuntando al techo y la marea de rizos castaños lamiendo su espalda. La lengua asomando por la comisura de los labios a causa del esfuerzo. El cuello levemente abombado, la cima de la barbilla suave y redondeada escapándose hacia las nubes de humedad de la pared. La oigo emitir un sonido casi imperceptible, apenas un gemido, mientras el temblor del brazo anuncia la dificultad de alcanzar lo que quiera que ande buscando. Me detengo a observar la camiseta tensa, pegada a su torso, y veo el pecho abullonado, sobresaliendo de la línea de su cuerpo, la media esfera de sus tetas vistas casi desde abajo, ese lugar en el que siempre apetece posar las manos suavemente, sin apenas presión, por sentir sobre ellas el peso blando de su feminidad. Me imagino sorprendiéndola por detrás, apretándome contra su retaguardia, las manos a los pechos, los besos a su cuello rígido y estirado, oliéndola y registrando con la lengua los latidos de sus arterias. La camiseta se tensa aún más en el costado derecho, dibujando líneas curvas que la rodean hacia la espalda. La fina tela insinuando el tacto irregular de sus costillas. El vientre ha quedado descubierto y la mirada se me pierde en su carne blanca.

Me imagino tumbándola para recorrer con mi aliento el volcán del ombligo, la hendidura que sube hasta el esternón, la llanura que baja hasta su pelvis, el sitio en el que van a morir las fantasías. La falda demasiado corta que sólo usa para ir a la playa, ligeramente subida por detrás a causa de la postura, por donde asoman brevemente, sin compromismo, las sonrisas de sus nalgas. Imagino apretarlas con las manos hasta borrarlas por un instante, mientras mi lengua se adentra en su boca y sus ojos cerrados me ven tan cerca. Imagino mis orejas adentrándose por la cara interior de sus muslos, mis dedos apretándolos y arañándolos, la caricia desde la cadera a la bola de los gemelos, que se distingue tan clara por estar de puntillas. Los talones separados de las sandalias. Todo el cuerpo un pellizco de hermosura en un momento de comprometedora imperfección, en busca de algo que está demasiado alto para ella. Uno de esos momentos en que es más nítida la belleza.
Laura se ha girado y ha sorprendido mi contemplación. Sonríe entornando los ojos y sonrojando a mi deseo, con el esfuerzo aún grabado en el rostro.
–¿Me ayudas...?
Foto: Cortesía & © by R.C. Hoersch