En cada nuevo encuentro,
tu piel se perpetúa en mis dedos
con sólo apoyar mis manos.
Esos labios ávidos que tienes
me beben íntegra, sedientos.
Y en la fragua de fuego
que tengo entre las piernas,
te recibo anhelante y anegada
-afirmaste-.
La invasión de tu hombría
me estremece, me roba el habla,
te adueñas de mi cuerpo,
te apoderas de mi alma
-reclamaste-.

Hazme tu hembra, cólmame,
fertiliza esa tierra que te espera,
deja en mi crisol tu simiente,
honra tu condición de hombre
-exigiste-.
Para que después de nueve lunas
pueda ofrendarte, hombre mío,
el fruto viviente de mi amor,
gestado en mi vientre inquieto
-presagiaste-.
Foto: Cortesía © by Dominique Lefort