–Estoy sola... –tu voz, apenas un susurro en el teléfono–. Creo que me voy a dormir una siesta y a dedicarte algo.
Puedo imaginarte, tendida en el sillón del living, con el aire acondicionado a plena potencia en la tarde de verano. ¿Magia? Quizás lo sea. Pero te aseguro que puedo ver cómo te despojas de toda la ropa y te recuestas sobre la suavidad de la pana que no se puede comparar a la tersura de tu piel.
Te he visto hacerlo, has interpretado antes ese maravilloso espectáculo para mí, sólo para que disfrute y me caliente. Dejas que las fantasías desplacen cualquier otro pensamiento, te concentras y comienzas con el ritual de tocarte.
Humedeces los pulgares y los índices de ambas manos y te acaricias esos pezones tan sensibles que tienes. Sólo con eso, tu sexo se moja. Casi puedo mirar –como en una película–, las fantasías que tu imaginación está reproduciendo. Buscas en tu memoria, abres cofres cerrados para ver qué nueva sorpresa te espera. En cada uno encuentras una buena razón más para acariciarte. Estamos tan consustanciados que creo adivinar lo que deseas en ese momento: que te bese toda, que mis dedos te recorran, que te acaricie. Por eso me prestas tus manos y las dejas vagar por todos los relieves y curvas de tu cuerpo.

Levantas una pierna y la apoyas en el respaldo del sillón y bajas la otra hasta que tu pie se apoya en el piso. Las abres, te franqueas a ti misma. Con una mano sigues acariciándote uno de esos hermosos y opulentos pechos que tienes, mientras la otra se desliza como la serpiente de la tentación hasta tu pubis inmaculado.
Te conoces, diablilla. Tus dedos han frecuentado tantas veces tu entrepierna, que sabes adónde guiarlos sin vacilar. Me lo has confesado. Desde la adolescencia que has aprendido a subyugar tus sensaciones y sólo un leve roce de los dedos en tu vulva, te encienden en un instante.
Tal vez en este momento, con los ojos entrecerrados, estés sintiendo que no son tus dedos sino mi lengua la que contornea tu clítoris, lo envuelve, lo circunda, lo rodea y mis labios lo apresan y sorben, desatando esas oleadas de placer que te hacen perder la cordura.
Cuando las sensaciones son tantas y tan fuertes que te aceleran los latidos del corazón y comienzas a gemir, los dedos de la otra mano ya no te obedecen y oprimen con fuerza el pezón y eso te calienta más. Abajo, entre tus muslos, el índice de la otra mano también se rebela para alcanzar impulso propio.
Jadeas, curvas los pies, levantas las caderas y reavivas la caricia porque en ese momento no son tus dedos los que abren los labios de tu sexo: son los míos; y no es tu índice el que frota el clítoris: es mi boca. Esa imagen es la que termina de encenderte, y el orgasmo te explota en el vientre y en la cabeza, se adueña de tu cuerpo y mientras dura, sientes que te inunda la luz de una estrella, y que te fundes en el fulgor de un estallido..
Una vez más, cuando no estoy, me has dedicado toda la maravillosa voluptuosidad que te despierta el procurarte placer a la hora de la siesta.
Foto: Cortesía & © by R. C. Horsch