En esos momentos en que la lujuria se apodera de mí, suelo acercarme a ti sigilosamente tratando de sorprenderte. Me despojo tanto de la ropa como del calzado. Camino de puntillas y me paro detrás de ti, completamente en silencio, estremeciéndome por la excitación.
Sé que sientes mi presencia, pero disimulas porque también te gusta esta especie de trampa que te tiendo. Así que te quedas quieto, dejándome hacer lo que se me antoje.
Rodeo tu torso con mis brazos, acercándote a mí para que sientas mi piel ardiendo por el deseo que me embarga. Mis pezones erectos rozan tu espalda desnuda, mientras me muevo con movimientos sinuosos. Con mis manos acaricio tu pecho, tu cuello, tu nuez de Adán. Busco tu boca. Giras la cabeza y, generoso, me la ofreces.

Desciendo y desabrocho uno, dos, tres botones de tu pantalón. Meto mi mano dentro, buscando ese tesoro que tanto me atrae. Me apodero de él como la más codiciosa de las aventureras. Palpo cuanto me place. Toco. Sobo. Meneo. Te oigo suspirar a medida que tu hombría se endurece y crece con mis toqueteos.
Me pides que no me detenga, que continúe, que no aparte mi mano de ti. Y eso hago…