Nieve y carbón, en blanco y negro.
En technicolor, pero en blanco y negro.
Dos colores, Jorge Drexler
Con él me gustaba hacer el amor de pie frente al espejo. De esa manera podía admirar a mis anchas el atractivo contraste que brindaban nuestras epidermis y el maravilloso complemento que se producía entre nosotros dos, encajados perfectamente uno en el otro como si hubiésemos sido hechos a la medida.
Su piel era oscura como una noche cerrada en la que no brillaban ni siquiera las estrellas y de un sabor parecido al café retinto, con un leve toque amargo que me encantaba. La mía tan dulce que podía compararse con el azúcar para endulzar ese café y pálida como la luna que iluminó muchas de las inolvidables noches que pasamos juntos.
Recuerdo que apoyaba mi cabeza en su hombro para tener un mejor ángulo de visión y él inmediatamente buscaba mi cuello con su boca. Mientras él besaba, lamía o chupaba, yo disfrutaba entrelazando una de mis manos con una de las suyas para observar cómo se alternaban ambos colores en armoniosa sucesión. La imagen me hacía pensar en la figura del yin y el yang: luz y oscuridad, femenino y masculino, positivo y negativo, él y yo.

Luego me detenía largos minutos a contemplar la forma a un mismo tiempo decidida y delicada en que sus brazos fuertes y bien tornados rodeaban mi cuerpo de mujer de carnes turgentes y formas generosas.
Él acariciaba mis pechos hasta que mis pezones se convertían en un par de botones endurecidos entre sus dedos. Entonces ponía una mano en mi vientre y me atraía hacia él, haciéndome sentir cómo esa dureza se replicaba en su sexo.
Era mi amante trinitario y aún recuerdo el ritmo de calipso al cual se movían sus excepcionales caderas.
Foto: Cortesía & © by Dominique Lafort