Hoy hace un año que llegué a Barcelona. Y un año y tres meses que Pierre me dijo que se iba a vivir con Magalie y me dejaba plantada.
Se llevó la tele.
Y la vajilla que compramos en IKEA.
Y dos maletas Samsonite.
Tardó media hora en largarse. Se despidió desde el umbral de la puerta, mientras yo seguía en el sillón con la mirada fija en la tele que ya no estaba.

Dijo algo así como “Ben… aurevoir”. Cerró dando un portazo y se cayeron los marcos de la chimenea. Dos se rompieron, pero ese que lleva la foto en que salíamos los dos riendo en una playa de Menorca, quedó intacto. Lo rompí yo al darme cuenta de que el muy cabrón se había llevado la tele.
Luego me di cuenta de que no podía seguir pagando el alquiler del apart de Porte Maillot. Y de que mi novio me había dejado por mi mejor amiga. Llamé a mi madre que estaba en Cap d’Antibes con mi padrastro, mi segundo padrastro. Se llama Antoine. Mi segundo padrastro. Del primero no me acuerdo, porque se casó con él cuando yo tenía siete años y se divorció de él cuando yo tenía siete años. Con Antoine se casó hace tres años. Y aun están de luna de miel.
Mi madre me dijo que saliera de París volando y me fuera a Barcelona, a vivir con mi padre. A mi padre le veía todas las Navidades y gracias a él hablo bien el español. Mi padre es catalán, se llama Francesc, pero mi madre habla de él como “François”, porque mi madre afrancesa todo lo que puede, hasta el nombre de mi padre. Su mujer se llama Sandra, pero para mi madre es Sandrá. Con acento en la última “a”.
Yo le pregunté a mamá que por qué me tenía que ir a Barcelona si yo prefería irme con ella al Cap d’Antibes.
Ella me dijo que en Antibes no hay trabajo para una mujer de treinta años que no ha trabajado en su vida y cuyo novio y único sustento económico acababa de dejarla por su mejor amiga.
Pierre y yo llevábamos saliendo juntos desde que yo cumplí los diecisiete años y estudiaba en una escuela de comercio no muy conocida. Él estudió en Centrale Paris y es ingeniero. Aunque no sé exactamente de qué. Todo esto es igual, porque me dejó por mi amiga Magalie que es muy delgada y tiene los ojos verdes.
Me fui a vivir con él cuando acabó la universidad y se puso a trabajar en una multinacional de telecomunicaciones. Yo me he pasado seis años haciéndole la comida y yendo al gimnasio con Magalie. Un día Magalie dijo que se había apuntado a clases de alemán y en realidad se había apuntado al pene de mi novio, la muy zorra.
Entonces hace un año finalmente decidí que me iba a Barcelona y mi padre me consiguió trabajo porque mi padre es abogado y todo el mundo le debe muchos favores o eso me dijo. Hice dos entrevistas en dos empresas diferentes, una era muy pequeña, y la otra era una empresa de compra y venta de pisos muy grande y me cogieron en ésta y ahora soy secretaria del director comercial.
El director comercial se llama Josep pero para mí es “chou-chou”. A Josep le molesta un poco que le llame así, pero es que hace ocho meses que nos acostamos juntos. Josep está casado con Lorena que es la Directora de Expansión y está todo el día viajando. A mí Lorena me cae muy bien, y me sabe un poco mal acostarme con su marido. Pero así son las cosas.
Yo, de quien estoy enamorada es de Jaime, mi vecino. Más bien el vecino de papá y Sandra. Vive en el tercero y es el hombre más guapo que he visto en mi vida. Y también el más gay. Merde! Jaime ha tenido al menos tres novios desde que yo estoy en Barcelona y a veces me pregunto quien es más guapo, si Jaime, o alguno de sus novios.
Al menos somos amigos. Salimos a tomar café y me lleva a pasear por Barcelona, porque aquí no tengo amigas todavía. He salido dos veces con la secretaria del director financiero, y otra más salí con la hija mayor de Sandra, que se llama Andrea, pero tiene dieciocho años y me llevó a una fiesta en la que me sentí una auténtica vieja entre tanta hormona suelta.
Pues bueno, como no es plan de decir mi verdadero nombre porque yo no sé cuánta gente leerá esto, me presentaré como Lulú. Sí. Eso es. Porque Lulú, c’est moi.
Foto: Cortesía & © by sim4nee
Llegó una tarde, cuando menos la esperaba. No tenía cita previa, ni le importaba. Se sentó frente a mí, y cruzó sus largas piernas. También cruzamos no más de dos palabras antes que sin pedirme permiso y con un desenfado sorprendente depositara sobre mi escritorio una considerable pila de folios envueltos entre dos cubiertas y sujetos por una cinta con un moño. Cuando iba a decirle que lo retirara, me sonrió. Quizás debí negarme, pero ni pude ni quise. Traté de explicarle que habíamos abandonado el proyecto de publicar una novela por entregas, porque los lectores... No me dejó terminar. Me hizo una caída de ojos, luego un mohín y a continuación soltó el moño que ataba el fajo de folios, quitó la cubierta y en sus ojos leí, o creí leer que me decía: “Vamos, mon coeur... léelo... no me hagas esto. Que no voy a hablarte de Montaigne ni de Rousseau... Anda, vamos, échale una ojeada”.
O por lo menos eso interpreté yo.
Y
aquí estoy, haciendo lo que no pensaba, reactivando nuestra sección de Novelas por entregas y presentándoles a Lulú.
Por cierto, cuando se marchaba y antes de cerrar la puerta de mi oficina se volvió y con esa sonrisa aniñada y traviesa que tiene, me dijo: “Mercí, monsieur le directeur”. Acto seguido se llevó la punta de dos dedos a la boca, depositó en ellos un beso y apuntando hacia mí sopló.
No puedo dejar de pensar en ese beso soplado.
Monsieur Le Grand Cabronazó