Ser la amante de un hombre casado tiene un noséqué de caótico que ninguna de mis amigas me envidia y que a mí me pone, pero “pone” de “poner”, no de “ponerse”. Vamos, que me pone cachonda (ya basta de tanta cursilería.)
Es que yo llevo regular lo de aburrirse y teniendo en cuenta mi condición de madre divorciada, apuntarme al gimnasio o a hacer macramé no me parece lo más adecuado, teniendo en cuenta que en tal caso debería dejar a mi hija sola en casa y no es plan.
Como fregar tampoco va con mi personalidad (ni la de nadie, mucho me temo), me abstengo de llegar a casa y ponerme a darle al mocho, igual que me abstengo de limpiar, hacer la colada y planchar. Me gasto una buena parte de mi sueldo en vestir a los hijos de Jessica Jennifer, la venezolana que se dedica a estos menesteres tres veces por semana.
Total, entre que no puedo encontrarme un hobbie, no me gustan las labores del hogar, la tele y yo somos incompatibles (excepto para ver a Grishom en CSI), y leer con Lili jugando a los cochecitos de ambulancias a todo trapo no es muy edificante, me queda aburrirme en casa.
Tiempo que dedico o bien a escribir o bien a aburrirme.
Así que si Cristóbal me llama de pronto, me dice que va a hacer escala en mi ciudad durante una hora escasa, y mi vecina se presta a ocuparse de Liliana (más bien el hijo de mi vecina, que me da a mí que en breve ya no va a querer jugar a las ambulancias, si no a los médicos con mi hija), derrapo todo lo que mi humilde utilitario se permite derrapar y me planto en el aeropuerto para plantarle un morreo al hombre de mi vida.
–Eres una arrastrada, –me dice Clara–. El tío te tiene cuándo quiere y cómo quiere.
Pues sí.
A veces no estoy muy segura de si yo soy la salsa de la vida aburrida de Cristóbal o si Cristóbal es la salsa de mi aburrida vida.
Lo que tengo más claro es que Nico le pone la pimienta a mis fines de semana, y eso que estoy pensándome seriamente en sustituirle por algún autóctono, que mi tarjeta echa humo.
Es curioso como Nico, pudiendo, no demanda jamás.
Él podría pedirme todos los fines de semana que fuera a verle y probablemente obtendría un sí por respuesta y mi banco un crédito más a altos intereses.

Es curioso como Cristóbal, limitado por sus viajes profesionales, su matrimonio y sus hijos, demanda constantemente.
A horas intempestivas, en fechas imposibles o en momentos inoportunos.
También obtiene un sí por respuesta, no vaya a ser que yo pierda la oportunidad de olvidarme un rato de mi trabajo-niña-trabajo para estar entre sus brazos, a veces incluso para estar frente a él sin poder siquiera tocarle, porque hay tráfico en el aeropuerto y no hay que arriesgarse demasiado.
Todo eso no me importa en absoluto: lo hago egoísta y plenamente consciente del beneficio que obtengo a cambio.
Ni sacrificios ni leches.
Salgo derrapando de mi monotonía y me hundo en mi fantasía, cultivando así mis emociones.
Con Nico me cuesta más.
Primero, ya lo he dicho, porque él no lo pide.
Así que soy yo la que siempre acabo llamándole y diciéndole que me muero por tomar un avión.
Segundo, porque en esas idas y venidas sí hay un punto de sacrificio que no me acaba de convencer: esa sensación de pesadez que da hacer maletas, empaquetar ilusiones y enfrentarse a la duda de si va o no salir todo perfecto.
Luego, cuando regreso de los dos, me queda esa sensación de volver a trabajo-niña-trabajo y a todas mis limitaciones económicas, sociales y maternales.
Adoro a mi hija, no nos confundamos: ella es la única capaz de hacerme sentir completamente acompañada.
Pero odio ser tan burdamente normal.
Podría, como dice Clara, enamorarme de un hombre de aquí, soltero y dispuesto a compartir conmigo todos mis días.
–Sí, Clara, ya lo sé. Pero es que entonces, ¿no volvería a derrapar jamás? Pues no sé, pero mi coche lo necesita y yo, honestamente, me alimento de esas locuras que para ti no tienen sentido y para mí, lo son todo.
Foto: Cortesía & © by Janet Layher