Colección Voyeur

Jueves 22 de Febrero de 2007
El deseo calmado

Siempre ríe con las mismas escenas. Recuerdo la primera vez que vimos juntos esa película, han pasado tantos años ya. Marcello Mastroianni con su divertido tic en la boca, su esposa pacata y bigotuda, la guapa Stefanía Sandrelli... La hemos visto muchas veces, pero ella sigue riendo con los mismos gags, con las mismas frases. Sobre todo con aquellos sicilianos embrutecidos que asisten pasmados a la conferencia del Partido Comunista sobre la liberación de la mujer. Ahí su risa siempre es clara, estentórea. Con el tiempo, la memoria le juega la mala pasada de recordarle lo que va a ocurrir, y entonces noto cierto nerviosismo en su cuerpo, la risa amenazante aguardando lo tantas veces visto, se ríe porque sabe que se va a reír, el suspense absurdo ante lo que ya se conoce, que a fuerza de ser esperado multiplica por infinito su capacidad de impacto.

Son las tardes de domingo. La ropa descuidada de andar por casa. El pelo revuelto de tanto remolonear en la cama. El maquillaje decrépito aún pegado a los ojos, residuo de la noche anterior. Los párpados a medio caer y la pasión amodorrada de la sobremesa. Tomar el café, leer el diario, ver una película agradable juntos, por dejar pasar la tarde. El respiro aliviado del tiempo.

Estoy sentado, levemente recostado sobre el brazo del sofá. Ella sobre mí, la cabeza en mi hombro, su brazo rodeándome el vientre, los dedos juguetando con las costuras del pijama, a la altura de mi cadera, sus piernas encogidas,  mi mano descansando sobre sus nalgas. Noto sus pechos aplastados en mi costado, sintiendo su respiración pausada, el sonido familiar del aire silbando por su nariz, el temblor de su risa contra mi cuerpo. De vez en cuando, la cabeza que se vuelca hacia atrás, ofreciéndome los labios. El beso tranquilo, la mano que acaricia mi mejilla sin afeitar, o me pellizca la oreja, o dibuja rizos sobre mi pelo.

Nada importa en las tardes de domingo. Nunca tenemos ganas de otra cosa. Sólo los besos desvaídos, lentos y blandos, sintiendo la boca adormecida y la saliva reposada. Sólo la mano que a veces no descansa en sus nalgas y hunde los dedos en la carne. La caricia tibia que busca la erección entre mis muslos. El deseo que a fuerza de ser esperado multiplica por infinito su capacidad de impacto.

Foto: Cortesía & © by Katrin

 
Publicado por Pablo a las 05:00

Respuestas
22 Febrero 2007 - 16:20
Marta
No he podido dejar de recrear el relato en mi imaginacion, precioso
22 Febrero 2007 - 19:39
Enviar un emailLaura Aída
Realmente bello
22 Febrero 2007 - 21:37
Enviar un emailANGEL...
PLACER Y MAS PLACER ES LO QUE DESPIERTAS EN CADA LECTORA QUE TE LEE....

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