Como ya he contado un poco, estoy loca por mi vecino, Jaime. A mí una de las cosas que más me impresionaron cuando llegué a Barcelona, es la costumbre de hablar con todo el mundo aunque no lo conozcas.
En Paris no se hace eso. Tú hablas con quien conoces, y con el resto sólo si son camareros, porque ni siquiera hablas con la pastelera o la panadera o la de la lavandería. Pero con quien menos hablas es con los vecinos. Yo vivía en un apart de 40 metros cuadrados, pero en el 17ème, que para Barcelona sería como vivir en el barrio del Eixample: cerca del centro.
Para entrar en Paris a tu propio apart tienes que componer un código en la entrada de la puerta del edificio, que sólo sabes tú. No hay porteros automáticos en la mayoría de los edificios porque todos funcionan con ese código de entrada. Por lo que si te olvidas las llaves o tienes un problema, ni siquiera puedes llamar a tus vecinos desde abajo.
Aquí me quedé sin llaves la primera semana y entonces llamé al piso de abajo desde el portero automático y así fue como conocí a Jaime.
Jaime tiene un apartamento que es justo la mitad del de papá y Sandra. En la otra mitad viven sus abuelos, que él vigila y cuida, porque están muy mayores los dos. Aunque la abuela de Jaime está bastante bien y a veces la veo salir sola a comprar el pan. Pero el abuelo está en silla de ruedas y no sé bien lo que le pasa, Jaime no me lo cuenta, pero yo creo que tiene Alzheimer.
Pues el día que conocí a Jaime, me dijo que me quedara en su casa a esperar a que viniera papá o Sandra o Andrea o el hijo pequeño de los dos, o sea, mi demi-frère, que no sé si se dice medio-hermano, que se llama Sergi y tiene nueve años.
Mientras esperaba, Jaime me ofreció un té y me contó que es un experto en tés. Dijo que el té es la bebida más completa del mundo, porque tiene tal cantidad de elementos buenos para la salud que ni siquiera la química ha sido aun capaz de igualar los beneficios de esta planta.
Desde entonces, tomo té en lugar de café.
Me hizo compañía. Me contó muchas cosas de su vida y me preguntó de la mía. Yo le expliqué más o menos lo de Pierre y él me dijo que él también había tenido un novio llamado Pierre y entonces supe que era gay y pensé “vaya mierda!”

Jaime tiene treinta y siete años y es auditor o algo así. Es de Málaga y tiene un acento un poco curioso. Su madre es de Barcelona, aunque se casó y se fue a Málaga y entonces nacieron Jaime, Manuel y Belén. Cuando hace unos años los abuelos de Jaime empeoraron, su madre pensó en llevárselos de Barcelona a Málaga, pero la abuela no quiso, y propuso a Jaime regalarle la mitad del piso si venía a vivir cerca de ellos.
Buscó trabajo aquí y pasó dos años haciendo obras. Me reí mucho cuando me contó lo de las obras, ¡parece ser que aquí en España es una aventura meterse en obras!
Desde aquel día, Jaime venía a buscarme a mi apartamento para invitarme a tomar té en su casa y luego ya empezamos a compartir películas de DVD y algún que otro desayuno cuando hacía sol en su terraza y después a salir juntos por Barcelona y total, que paso más horas con Jaime de las que pasaba incluso con Pierre.
Y así me fui enamorando.
Porque Jaime es la persona más honesta que he conocido, y es bueno, y es dulce, y se interesa todo el rato por mí, y además me da morbo, porque un día me dijo que él nunca había estado con una mujer y entonces es como si yo tuviera que ser la primera, pero él está muy convencido de ser gay.
Le pregunté una vez: “y si no has estado con una mujer, cómo sabes que no te gusta?” y entonces él me hizo exactamente la misma pregunta a mí y ya lo entendí todo.
Claro que viendo los novios que ha tenido Jaime, puedo entenderle, porque es tan guapo que sale con tíos guapísimos y Sandra se ríe porque dice que esto parece el tópico de los gays, que en este edificio sólo son guapos ellos y los hetero son un asco.
Eso a papá no le hace mucha gracia, pero Sandra es así y la verdad es que yo me alegro de que estén juntos, ahora sobre todo, porque la conozco más y mejor, y porque fue ella quien eligió el apartamento de Sarrià y gracias a eso yo conozco a Jaime.
Foto: Cortesía & © by Gabriele Rigon