Llegar al amparo de la oscuridad de la noche, cuando la vida reduce al mínimo todas las expresiones de la existencia.
Esperar en la calle, paciente, hasta reconocer la señal: la luz encendida en el balcón, que es apenas un punto brillante entre tantos otros balcones en penumbras, pero que para mí tiene un significado. Es el código establecido para que sepa que puedo entrar, que tengo el camino libre de obstáculos.
Deslizarme por los pasillos vacíos del edificio como un ladrón de caricias en busca de las que esperan por mí en tus manos. No se puede acusar a quien busca una caricia allí adonde sea que la encuentre. No se me puede culpar a mi por ir en su búsqueda ni a ti por tenerlas y reservármelas.
Entrar con la llave que me has dado para allanarme el camino que me lleva hasta el lugar donde tu cuerpo espera, desnudo, a que lleguen mis manos y mi boca para rendirle tributo.
Encontrarte en el lugar habitual donde sueles esperarme: frente al ventanal, la mirada fija en los reflejos de plata que tiene el mar cuando el Sol se ha ocultado del otro lado del horizonte y la única luz es la de las estrellas.

Ni siquiera te volteas. Me presientes. Sabes que he entrado. Te limitas a darme la espalda, desnuda y expectante, sabiendo qué ocurrirá a continuación. Segura que mis manos van a recorrerte la piel. Tal vez el amor no sea más que el susurro casi inaudible de unas manos sobre otra piel, o el acelerado palpitar de un corazón en sordina.
Poseerte ahí mismo, en la oscuridad, sin pronunciar palabra, sólo el jadeo apagado en el oído y el recorrido que hace mi boca por tu nuca y tu cuello, al mismo tiempo que mi sexo te reclama entre las nalgas y una de mis manos se adueña de tu seno.
Llegar a hurtadillas, silencioso como un felino que ha esperado por su presa, paciente y atento entre las sombras, para arrancarte un grito ahogado de placer a medianoche, cuando en las habitaciones contiguas, todos duermen.
Tenerte en la oscuridad en un instante, porque quizás el amor no dure más que eso: lo que dura el asalto a tu cuerpo en las sombras, junto al ventanal, frente al mar con destellos de plata.
Foto: Cortesía & © by Patrick Jan Van Hove