Te percibo. Sé que estás llegando. Te avizoro. Te presiento, que es el sentir antes del sentir.
Presiento tu piel de seda, el calor de tu cuerpo, la ansiedad de tu boca, la impaciencia de tus manos.
Pero hoy no.
Hoy, no dejaré lugar a tu ansiedad ni a tu impaciencia.
Es mi momento, es mi turno, es mi ocasión.
Vamos, deja que te quite la ropa. Te prometo que sólo te dejaré una prenda. La que vela lo obvio y da lugar a la imaginación.
Y al juego.
Anda, sé buena, siéntate en tu sillón. Relájate, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos y déjate llevar por las fantasías, dale lugar al deseo, permítete ser objeto de la pasión.

Cuando sientas que una mano está tirando de tu lencería, para arrancártela del cuerpo, sabrás que es mi mano.
Del mismo modo, cuando percibas el aliento cálido sobre tu piel, bajando de tu cuello por el medio de ese valle que forman las colinas de tus pechos generosos, sabrás que es mi aliento.
Y cuando sientas que unos labios se adueñan de tu sexo y te transportan a la dimensión en la que todo es posible, no tendrás dudas que es mi boca.
Hoy, mujer, quiero obsequiarte, regalarte, halagarte, agasajarte, mimarte. Quiero ser tu fantasía y tu deseo.
Porque te gusta.
Porque me gusta.
Porque lo deseas.
Porque lo deseo.
Porque lo estás esperando.
Porque lo estoy esperando.
Entonces no pronuncies ni una palabra, no pienses. Sólo cierra los ojos y acepta este tributo y no hagas nada. Sólo... relájate y goza.
Foto: Cortesía & © by Martín Kovalik