Cuando ella respondió al torniquete de su mirada,
con el navajazo de sus ojos negros,
él se dio cuenta que la vida le regalaba
una compañera para sus juegos
“Mírame y no me toques”,
Joan Manuel Serrat
Por favor, no apartes tu mirada de mí ni un instante. Deja que vuelva a recorrer con lentitud y precisión mi cuerpo desnudo, desbordado de placer, entregado al gozo. Veme de la misma forma en que lo haces al contemplarme durante horas: abarcándome toda, sorbiéndome gota a gota sin pestañear y guardando los detalles en tus retinas. Acaricia con tus ojos voraces cada pliegue, curva y hondonada. Estudia esos gestos míos que conoces a la perfección de tanto anticiparlos y verlos. Acecha las emociones que se van sucediendo dentro de mí.

Observa atentamente la forma en que él pasa sus dedos por mi espalda, tocando una a una las vértebras, presionando los puntos precisos, despertando a la lujuriosa serpiente que allí dormita y que sólo manos sabias logran encontrar. ¿Distingues el veloz e imparable recorrido del deseo por mi cuerpo? Escudriña los poros de mi piel enfebrecida, abiertos como flores bajo el roce de sus expertos pulpejos. Quiero que me enciendas todavía más con ese calor que sé estás sintiendo, porque lo percibo desde aquí donde estoy, justo al lado tuyo. Transmíteme esa curiosa lascivia con la cual me observas.
Nota la fuerza con la cual él me atrae hacia su cuerpo tendido a tan poca distancia de ti, aferrándome como si tuviera miedo de que yo sea un producto de la imaginación y fuese a desaparecer de un momento a otro. Pero no es así. No tiene nada que temer. Soy de carne y hueso. Esos mismos huesos que ahora se arquean para acomodarse en una nueva postura, mientras me subo a horcajadas sobre él. Esa misma carne que él palpa y soba afanado, sin siquiera reparar en tu presencia, ni molestarse por la pertinaz observación a que nos tienes sometidos.
Fisgonea cómo mi sexo humedecido busca el suyo enhiesto, hasta encontrarlo y acoplarse a la perfección. Advierte los suaves movimientos que hacemos ambos al inicio, tanteando el terreno, calibrando la magnitud de nuestras ganas, estudiando la dosificación de la energía.
¿Te resulta fácil distinguir los cambios de ritmo?
Por supuesto que sí.
No en balde eres un experto del ojeo. Fíjate en el momento preciso en que inicio la galopada. Disfruta contemplando esta visión de mis caderas que suben y bajan, las manos de él agarrándolas, nuestros cuerpos sudorosos.
Y en ese instante supremo en que me transformo en vibración constante, maravillosa luminosidad, púrpura que adorna mi cuerpo, y exploto, sólo te pido: ¡Devórame con tu mirada!
Foto: Cortesía & © by Ludovic Goubert