Sí.
Lo admito.
Me entrego sin temor, vulnerable,
abierta, libre y dispuesta a gozarte, a franquearte la entrada a mi cuerpo, a
regocijarme con todos los sentidos.
Empiezo por el olfato: me embelesa
percibir tu olor de macho en celo mezclado con el aroma del perfume ése, que
sólo en ti huele como huele, esa fragancia que me inunda la nariz y me evoca tu
persona.
A continuación, le doy paso al tacto: tocarte la piel, me pierde.
Sentirme tocada por esas manos tuyas, suaves y recias a la vez, me hace
estremecer. Cuando te rozo con la punta de los dedos, siento tu magnetismo
animal entrándome en el cuerpo como uno de esos invasores bárbaros que asolaban
imperios. Y si son tus dedos los que me recorren, la piel se me eriza por
completo porque sabes por dónde acariciar como una pluma, en qué lugar deslizar
tus dedos como si fuera terciopelo sobre mi carne y cuándo presionar para que
reaccione como tú quieres. Así de bien me conoces, y me consientes prodigándome
el placer, concediéndome el privilegio de ocupar lugar que más me provoca:
montarme sobre tí, me alucina

Me siento sobre tu pelvis y te recibo, te deslizas
dentro de mí. Es el momento de poner en juego el sentido de la vista. Me deleito
mirándote a los ojos cuando estoy sobre ti. No sé si me excita más lo que estoy
haciendo, o tu mirada recorriéndome y realimentando el placer mutuo. Hacer el
amor con los ojos abiertos, mirándonos, me inflama, me transporta, me enciende,
me despierta la imaginación y me alimenta todas las fantasías. Y tú, hombre, me
dejas jugar hasta ese primer estallido de pasión que no puedo reprimir, ni
aunque me lo proponga.
Sólo cuando consigo recobrar el control del cuerpo,
cuando mis jadeos amainan y mi respiración vuelve a acompasarse, en ese momento,
llega el turno al sentido del gusto. Te paladeo, te saboreo, te degusto con cada
beso; lamo, chupo, paladeo y me relamo cuanto me de la gana, y tú me dejas
porque sabes qué viene a continuación, y estás seguro de lo que provocarás en
mí.
Es entonces cuando interviene fugazmente el habla. Puede ser un dulce
susurro en el oído, o un gruñido de satisfacción; con la palabra, me acicateas,
me picas, me despiertas toda mi voluptuosidad y me provocas alucinaciones de
lujuria.
Y cuando por fin decides que ya basta, que es tu turno, que vas a
por lo tuyo y tu boca se derrama en besos por mi cuerpo y empiezas a rendirme tu
tributo, hay veces que no sé si lo que vivo es la realidad, o estoy transitando
un sueño. Si estoy en este mundo o en el paraíso.
¿Lo sabes, verdad?
¡Ah,
sí! Lo tienes bien en claro, estás seguro de ello. Eso es lo que me gusta de ti,
que me conoces, me anticipas, me adivinas, me traduces y me complaces. Lees en
mí, como en un libro abierto.
Sí.
Lo acepto.
Cuando te dedicas a mí y me haces tuya; cuando me tomas y me posees... me das vuelta .