Josep organiza la convención anual de ventas siempre antes de las vacaciones de verano. A mí me ha vuelto loca estas últimas semanas coordinando las agendas de todos los jefes regionales y los jefes de equipo y también la de los comerciales, pero con estos he tenido un poco de ayuda de las secretarias de delegación.
Después de muchas agencias visitadas, elegimos Tenerife para pasar tres días más de trescientas personas juntas, repasar las ventas, fijar nuevos objetivos y aunar metodologías. Por decisión del Director General de la compañía, no estarían invitados, esta vez, las parejas de los comerciales.
Me sentí aliviada hasta que recordé que Lorena trabajaba en la empresa y era muy probable que viniera a la convención. La simple idea de pasar tres días en Tenerife sola, sabiendo que Josep estaba en otra habitación con ella me ponía enferma.
Pero no sé cómo se lo montó él, y el caso es que Lorena no vino. Ya he dicho que me gusta mucho Lorena, o sea que os podéis imaginar lo culpable que me sentí cuando me dijo: “Oye, Lulu, vigila que mi marido no haga tonterías por las noches en Tenerife”.
El viaje en avión fue de lo más divertido que me ha pasado desde que llegué a España. Allí estábamos todos los de Barcelona, contando chistes, presentándonos los unos a los otros, pidiendo más vino a las azafatas, y montando todo un escándalo.
Yo no conozco a casi nadie de la empresa, a veces sólo he hablado con algunos de ellos por teléfono y es increíble que te los imagines de una manera y luego los veas y no tienen nada que ver.
El primer día fue muy cansador. Nos instalamos en nuestras habitaciones y a las doce ya estábamos en la sala que habíamos alquilado y Josep empezó a hablar y a mí me gusta mucho verle allí arriba dirigiéndose a todos porque entonces me doy cuenta de que es el hombre más guapo de la empresa y además es el jefe y eso siempre tiene un punto de morbo.
Pues luego salieron los regionales y me pareció muy simpático el de Galicia y el de Alicante, aunque la presentación que más me gustó fue la de la única directora regional que hay en la empresa que es la de Aragón.
En la cena, me senté junto a Josep y algunos regionales y cenamos muy bien, pero yo estaba ya cansada y decidí irme y no salir a tomar copas.

A las tres de la mañana Josep llamó a mi móvil. Me desperté y le abrí la puerta: estaba llamándome desde allí mismo. Entró y me desnudó aun en una duermevela calurosa. Sentía el sabor a Ginebra de sus besos pero no me importó. Deseaba tanto hacer el amor con él que en cuanto me penetró, me dejé llevar completamente hasta que tuvimos un orgasmo casi a la vez y nos quedamos dormidos.
Cuando desperté, Josep ya no estaba. Bajé a desayunar y me senté sola para tomar un té. Después salí a la terraza del hotel para fumar y me encontré con uno de los jefes de equipo, Roberto.
–¿Cansada?
–No, ¿por qué había de estarlo?
–No sé, se te notan unas ojeras bajo los ojos grises.
–Mis ojos no son grises.
–A ver, déjame ver… sí, son grises.
–Son azules.
–Azul grises.
–Grises azules.
–Azulón grisáceo.
–Podemos pasarnos así toda la mañana.
–No, no podemos, nos espera la jornadita de marras.
Y se fue. Bueno, es guapo Roberto. Es uno con los que hablo por teléfono habitualmente pero no había visto hasta ese día. Y me sorprendió, porque me lo imaginaba muy gordo y muy mayor, y Roberto es muy joven y muy delgado.
Esa noche, Josep cenó con todos los regionales y yo me senté con algunos jefes de equipo. Luego vi que Josep se marchaba y yo me fui a mi habitación.
La escena del día anterior se repitió. Sólo que esta vez sabía a vino caro.
Al día siguiente hicimos la clausura y yo me aburrí muchísimo. Aproveché para contactar con el servicio de autobuses del hotel y organizar el regreso al aeropuerto.
No estuve con Josep en todo el tiempo. Ni siquiera en el avión de regreso. Allí la gente seguía riendo y contando anécdotas de las dos noches pasadas y yo revisaba mis notas para hacer el resumen para la revista de la empresa.
Al llegar a Barcelona, vi como a Josep venían a recogerle Lorena y sus dos hijos.
Yo tomé un taxi.
Cuando estaba a punto de subir, Roberto se presentó a mi lado y me preguntó en qué dirección iba. Le dije que vivía en Sarriá. Me dijo que él vivía en Valle Hebrón, así que podíamos coger el taxi juntos.
Una vez dentro me quedé muy sorprendida porque de pronto preguntó:
–Oye, Lulu, ¿tú tienes novio?
–No.
–Ah. Yo tampoco.
–¿No tienes novio?
–Ni novia.
–Vaya.
–Ya. Bueno, entonces si un día te invito a salir a cenar no pasará nada, verdad?
–Yo creo que no, pero no sé si estará bien salir a cenar contigo.
–Estará muy bien, ya lo verás.
Me bajé en Sarriá y cuando llegué a casa dejé la maleta y me fui a ver a Jaime. Me dijo que estaba con alguien y volviera mañana.
Me sentí muy triste.
Y luego me comí un litro de helado Haagen Dasz y ya se me pasó la tristeza.
Foto: Cortesía & © by Pirat