El mejor sexo tiene lugar alcohol mediante. Hace tiempo que dejé de creerme eso de que el colmo de la sexualidad se sitúa justo en el punto en que se cruzan un hombre y una mujer y un amor sincero. Mis mejores orgasmos los he tenido con tipos que no me interesaban en absoluto, pero que habían puesto la cantidad exacta de vodka en mi cubata, el morbo ocurrente y nunca ordinario necesario, y una extrema capacidad para dejarse llevar.
La relación que mantuve hace ya un tiempo con mi vecino del segundo “A” escalera derecha, tuvo poco de amor, y demasiado de sexo. Nos conocimos como se conocen todos los vecinos: en el ascensor. Yo acababa de separarme y llevaba apenas unos días instalada en mi actual morada, un pisito correctito en el cuarto rellano de un edificio correctito en un barrio correctito. Estando casada, había tenido una breve aventura con otro vecino, así que eso del vecindario para mí tiene un sentido mucho más allá de la reunión anual de la comunidad de propietarios.
Con cualquier excusa, el vecino del segundo y yo empezamos a tomar café juntos, a salir con su hijo de siete años y mi hija de tres al parque, a cenar ya sin niños y, esta vez sin excusas, a compartir cama. Tenía catorce años más que yo, llevaba divorciado dos años, y era un hombre cuyas experiencias sexuales dejarían sin aliento a Catherine Millet o a Nacho Vidal (por poner un par de ejemplos antagónicos). Sin embargo, yo no acababa de conectar con él. Era violento, amante de las palabras obscenas en pleno acto, tremendamente machista y poco dado al sexo oral.
Tras cuatro meses en que yo empezaba a echarle indirectas acerca de la necesidad de tener otras experiencias y no centrarnos únicamente el uno en el otro, mi vecino debió captar algo de mi insatisfacción y decidió motivarme de otra manera.
Un sábado por la noche, tras una opípara cena, una botella de Marqués de Riscal a medias, dos cubatas cada uno, un par de chupitos, y dos Cardhu con hielo, me arrastró hasta casa diciéndome que tenía una sorpresa para mí. Con absoluta ingenuidad, creí que iba a encontrarme con un ramo de rosas o una gargantilla de oro, pero lo que me encontré fue a Chelo, metro setenta y cinco, rubia, esbelta como una modelo, ojos pardos achinados, minifalda roja y tacones de aguja negros.
–¿Y esta quién es?
–Es tu regalo, cielito. Me ha costado mucho más que una gargantilla de oro.
Y yo, que iba borracha como una cuba, me eché a reír nerviosamente, mientras Chelo se presentó amablemente y me plantó un beso en cada mejilla. Seguí riendo cuando pasó su mano joven y fina sobre mis pechos bajo un top de lycra negro. Dejé de reír cuando sus movimientos suaves, tan diferentes a los embistes a que me había acostumbrado mi vecino, empezaron a excitarme.
Él se sentó al borde de la cama, mirando, mientras Chelo seguía acariciando mis pechos hasta tomar mi mano y posarla sobre los suyos, tersos y perfectos, pequeños pero duros como rocas, que tímidamente empecé a tocar, primero con la mano abierta rodeándolos, luego centrándome en sus pezones.
Me tumbó en la cama, sin dejar de acariciarme, esta vez ya por debajo del top, poniéndome a cien, mientras bajaba otras de sus manos hasta mi sexo, húmedo como no lo había estado en meses, recreándose en los labios de mi vagina, hasta que, de golpe, introdujo sus dedos en ella. Sentí como si me penetraran, y me abordó la extraña sensación de ver la rubia melena de una mujercita bajando hasta mi clítoris, iniciando con su lengua suaves movimientos en él, chupándomelo todo, tomando todo el flujo que estaba ya expulsando para ayudarse en la más increíble comida de coño que me habían hecho jamás. Se desnudó rápida, se colocó sobre mí, pechos contra pechos, sin dejar de acariciarme y me besó metiéndome su lengua hasta el fondo de la garganta. Estaba tan excitada, que ni siquiera tuve tiempo de darme cuenta que su lengua cambiaba y volvía otra vez a mi clítoris, encontrándome en la boca con la polla de mi vecino, que no dejaba de jadear "Cómeselo, cómeselo".
Con la mano, tomé su polla mientras él la movía en ella, masturbándose a la vez con la punta de mi lengua que, ansiosa, no dejaba de moverse al mismo ritmo que la lengua prodigiosa de Chelo sobre mi coñito hirviendo. Noté la otra mano de Chelo colocarse en su propio clítoris y estuvimos un par de minutos en esa masturbación a tres, cada uno gimiendo a su ritmo. Mi vecino se levantó entonces y me pidió que yo la comiera a ella. Chelo se estiró en la cama abriendo sus piernas perfectas de par en par y yo, que en mi vida había comido otra cosa que no fueran pollas duras, me perdí en aquel sexo rosado totalmente depilado, sorbiendo sus sabores como si lo hubiese hecho de toda la vida, hasta que mi vecino me penetró desde atrás, tomando mis caderas y ayudándome con su movimiento a seguir en mi cometido de provocar un orgasmo en una mujer hermosa.
Pero ella, insaciable, dobló su torso para poder masturbarme mientras me penetraban por el culo sin dejar de sentir mi lengua. Y entonces la escuché avisar:
–Me voy a correr, jodida, qué bien me lo estás haciendo.
Esa sensación de estar dando placer a una mujer y a un hombre a la vez provocó un orgasmo en mí increíble, unos segundos más tarde de notar como el coñito de Chelo se contorsionaba en mil contracciones sobre mi boca y medio segundo antes de que mi vecino me regalara una fenomenal corrida sobre mi espalda.
Nos quedamos unos minutos estirados los tres sobre los tres, hasta que mi vecino dijo:
–Gracias, Chelo, ha estado muy bien.
–De nada, un placer. Y cuando queráis
repetir, ya sabéis dónde llamar.
Se vistió. La miré de arriba abajo. Imaginé
que sería una de esas estudiantes de las que se dice se dedican a la
prostitución de lujo después de clase y viéndola salir de casa, los tacones en la mano, sentí cierta ternura hacia ella.
Mi vecino y yo pegamos un polvo salvaje después de que se fuera. Sólo se me ocurrió decirle:
–Era mi regalo... ¿o era el tuyo?
Después de aquello, la relación con mi vecino se volvió perversa. Se empeñó en llevarme a Clubs de Intercambio, a Peep Shows, a clubs de gays para probar la experiencia a tres pero cambiando los roles, incluso a probar algo de sado-maso ligth o a jugar roles de amo y esclava, también llamado Bondage . Y ya no me sentí cómoda con todo aquello.
No diré que no lo pasé bien esa noche. Fue fantástica en términos de sexo, sensualidad y placer. Pero traspasé la línea una vez, y por mucho que Cristóbal insista en hacer eso de un trío y yo le conteste “¿Pero cómo puedes ser tan vulgar?”, creo curiosamente, que sólo pude hacerlo aquella vez porque no estaba enamorada de mi vecino y porque realmente necesitaba algo de sexo femenino entre tanto “Putita, cómo me gusta verte gozar”.