Vamos, no hagas que me enfade, más te vale. Hoy no se te ocurra contrariarme en nada.
Anda, abre las piernas, y quita las manos de ahí. Sé obediente. Así me gusta. Buena chica: te has quitado los anillos, porque hoy tendrás que aprender algo nuevo y no quiero percibir el roce del metal. Pero tú sí. ¿te percatas?
No te voltees, no quiero que me mires. Hoy eres mi detenida. Estás a mi merced y no puedes hacer nada para resistirte, de manera que deberás ser dócil y someterte a todo aquello que te ordene, ¿comprendes lo que te digo? Mejor que así sea.
–¿Sabes qué voy a hacer ahora? –susurro en tu oreja, a tus espaldas, porque sé que mi aliento te eriza la piel cuando lo hago. A veces te me escapas. Hoy no. Hoy tendrás que aprender a sobrellevar ese deseo de escurrirte para que el escalofrío no te desespere.
–¡Ummm! ¡Ahhh! No hagas eso, por favor –pides, casi suplicando.
Es inútil que pidas, gimas o ruegues. Hoy haré lo que quiero hacer y tú te quedarás quietecita porque no puedes mover las manos. Nada evitará que hoy te enseñe qué se siente cuando el placer es tanto y las sensaciones tan fuertes, que crees que te disuelves en las oleadas de goce que te asaltan una tras otra, obstinadas e inevitables.

¿Querías jugar con las esposas? ¿Querías averiguar qué se sentía estar vulnerable entre las manos de un hombre, verdad? ¿Querías que te esposara? Pues ahí lo tienes, tú lo has pedido.
Estate quieta, sométete. No intentes resistirte, porque no puedes. Te tengo a mi merced y voy a hacer lo que debo hacer para prodigarte la más voluptuosa excitación que hayas sentido en tu vida, desde que te hiciste mujer.
Hoy pediste hacer realidad la fantasía de sentirte sujeta e indefensa, y estoy haciéndola realidad para ti.
–Shhh... no te muevas –otra vez te susurro en el oído y tú vuelves a estremecerte–. Eso, buena chica, quita las manos de allí, y prepárate.
¿No es lo que querías? Pues tu deseo se ha hecho realidad.
Estás esposada.
Entrecierra los ojos, si quieres. Pero quédate quieta, déjame hacer y dedícate a sentir...
Foto: Cortesía & © by Guenter Hagedorn