Colección Voyeur

Viernes 30 de Marzo de 2007
Hormonas de verano

No siempre he sido "La Amante". Hubo un largo y obviable tiempo en que fui "La Esposa" y un tierno momento en que fui "La Novia". Enrique era paciente de mi compañera Teresa. Acudía a consulta cada quince días, no más de treinta minutos. Teresa no habla mucho acerca de sus casos. Practica psicoterapia de orientación dinámica, casi opuesta a la que practico yo, y que se basa en la confidencialidad extrema en las conversaciones entre paciente y terapeuta. Todos en la Unidad estamos sujetos al secreto profesional, pero algunos de nosotros, con el consentimiento del paciente, podemos exponer su caso en las sesiones clínicas, en congresos o en artículos científicos. Teresa no. Ella se limita a decir: "hoy viene Enrique". Todos sabemos quien es Enrique, pero nadie sabe qué le sucede a Enrique.
Pero el mundo es un pañuelo, eso lo sabemos todos. Así que hace seis años, me presento en la fiesta de cumpleaños de mi amiga Laura, cuyo hermano Armando tiene un amigo llamado Juan que resulta ser el primo de Enrique. La situación es incómoda al principio. Le noto cohibido y molesto con mi presencia, especialmente cuando Juan, dos cervezas y tres cubatas dando vueltas en su cabeza, se empeña en que su tímido primo Enrique me saque a bailar una salsa de Gloria Stefan. Consigo que Juan desista, pero me las ingenio para hacerme con un rincón y arrastrar discretamente a Enrique:
–Puedes estar tranquilo –le digo mientras le invito a un Chesterfield.
–No te preocupes, no tengo nada que ocultar.
Y desde luego no lo tenía. A las ocho de la mañana, Enrique aun seguía contándome, ya en la puerta de mi casa, como arrancó su depresión hace dos años. Algo agobiada (nada me molesta más que ejercer fuera de horas de consulta), trato de hallar la manera de colar un "bueno, pues gracias por acompañarme" entre relatos de la infancia, traumas y represiones.
Al final él mismo se despide y cuando me dispongo a darle un beso en la mejilla me encuentro morro con morro y pronto lengua con lengua y me sucede algo que no he vuelto a vivir: a pesar de que el tío es un auténtico coñazo, me pongo cachonda como una moto con su manera de besar y le arrastro a mi cama para culminar la "terapia nocturna" en dos polvos gloriosos en que grito, casi sin darme cuenta "¡Qué vivaaaaa la depresión!".

Me engancho sexualmente a Enrique. Tiene una curiosa técnica en que es capaz de lamerte el clítoris mientras te hunde dos dedos en lo más profundo de la vagina y otros dos en el culo con pasmosa habilidad. Y supongo que después de pasarme tres meses follando en posturas imposibles, teniendo orgasmos que nunca antes había tenido y probando juguetitos sexuales, vestiditos de colegiala y hasta unas esposas atadas al hierro de la cama, me enamoro de Enrique, su depresión y todos y cada uno de sus dedos.
Aunque pueda parecer frívola: no he amado nunca tanto a nadie como a Enrique. Mantenemos una convencional relación en que nos entendemos a la perfección en la cama, de marcha, en la convivencia, en las ilusiones y hasta en la posibilidad de volver a ser madre.
¡Qué bonito! Hasta que, jódete Amanda, Enrique me llama un día, once meses después de haber decidido apostar por el rol de "novia", me dice que ya no me quiere (¡Jodido! Ayer mientras me metías el vibrador por el culo no decías eso precisamente), y hete aquí que Enrique se larga con su depresión y sus dedos a lamer otros clítoris.
Lo que más dolió fue el llanto inocente de Lili, mi hija, entonces con tres años, cuando le dije que Enrique ya no volvería a casa.
Pues bien, cada verano, puntualmente desde hace cinco años, Enrique llama de nuevo. Cada vez con una excusa diferente. ¿Cómo estás? ¿Cómo está la niña? ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo llevas el pelo ahora? ¿Cómo has pintado la pared de la habitación?
Y después de una aburrida conversación (Enrique no ha dejado de ser un coñazo excepto el tiempo en que estuve enamorada de él: entonces sus lamentaciones vitales me parecían hermosos cantos a la vida) me pregunta si recuerdo la vez en que me puso helado de cookies de Häggen Dasz en los pezones, o aquella en que nos fuimos a un peep show y acabamos masturbándonos en el parking porque la calentura no nos permitió esperar hasta llegar a casa o la noche en que nos pegamos una sesión de cine porno imitando todas las posturas. Entonces me suben las hormonas, a él le sube el enorme aparato hasta tocarle el ombligo y nos damos un homenaje de sexo telefónico con muchos "Sí, sí" y "Ay, ay" y "Ya, ya".
Antes de colgar, Enrique me dice:
–Te echo de menos. Te quiero, lo sabes, ¿verdad?
–Yo también te echo de menos.
–Un beso, preciosa.

Y así hasta el próximo verano. Le cuento a Cristóbal que Enrique me ha llamado. Quizás lo hago para provocar sus celos. Pero Cristóbal conoce muy bien a los hombres, por algo él es uno de ellos, y cada verano, tras la conversación "Enrique-me-ha-llamado", Cristóbal siempre pregunta lo mismo:
–Qué... ¿ya tiene el depresivo las hormonas revueltas por el verano?
Supongo que el día que Enrique me llame en pleno invierno no se lo contaré a Cristóbal, porque lo más probable es que no conteste a su llamada.

Foto: Cortesía & © by Knut Hoftun Knudsen

 
Publicado por Amanda a las 05:00

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